La mentira aprendida X

EL FINAL

– Nunca pensé que tendría que obligarte -le recorrió el abdomen con el filo del cuchillo- parecías tan solícita conmigo mientras flirteábamos en las fiestas. Pensaba que, si nos casábamos, te unirías a las sesiones de sexo con mis chicas -le cortó uno de los cordones del corsé- no como Belinda ¿Me descubrió, sabes? Mientras me follaba a una puta y le cortaba en los brazos. En vez de disfrutarlo, chilló y tuve que pegarle para que callara, por eso, se le adelantó el parto.

Amelia respiró entrecortadamente, sentía el frio metal contra su piel y estaba muy asustada. Se negó a darle lo que a él más le gustaba, el miedo de sus víctimas.

– ¿Así que también causaste la muerte de Belinda?

La miró con enfado.

– Qué más da, estaba inconsciente cuando el médico llegó, no pudo decirle nada y yo le conté que se había caído por las escaleras -se encendió un cigarro- nos llevaremos este secreto a la tumba.

Con el meñique de la mano derecha, notó una pequeña rebaba de metal en el cabecero. Si pudiera subir las cuerdas, igual las podría cortar sin que la viera. Decidió entretenerlo.

– ¿Cuántas más has asesinado? -hizo ver que le gustaba oír sus historias-.

– Sabía que acertaba contigo -cambió el cuchillo por la mano y le acarició las caderas- he matado demasiado, no llevo la cuenta, pero, a partir de ahora, lo haremos juntos -le besó el interior del muslo- me estoy resistiendo, no quiero que esto acabe demasiado pronto.

– Yo tampoco -le miró con deseo- desátame, quiero tocarte como tú lo haces.

– No, preciosa -le pasó la lengua por el ombligo- el único que toca soy yo. Tú sólo disfrutas de lo que te deje.

Tenía que cambiar de táctica, vio la jaula dorada.

– Gabriel, seré tu esclava en esa jaula.

Se levantó de su lado y le cortó la cuerda de la mano derecha, mientras, se entretuvo mordiéndole los pechos por encima del corsé. Parecía que había funcionado. Por lo que, cogió una pequeña escultura de encima la mesita y le asestó un buen golpe detrás de la cabeza.

Gabriel quedó inconsciente encima suyo, así que, lo tiró a un lado y con el cuchillo cortó el resto de cuerdas. Sólo pensaba en salir de allí; corrió hacía la puerta del dormitorio, pero, al intentar abrirla, vio que estaba cerrada.

Le pegó una patada, aunque, no funcionó. Fue a la ventana y al correr las cortinas, se encontró con barrotes.

– Mi pequeña gatita salvaje no tiene salida -se quedó clavada al oírle- yo te domaré y así no podrás huir. Has sido muy mala hiriéndome.

Asió una lamparita de aceite, pero, él fue más rápido y la cogió por la espalda poniéndole el cuchillo delante del cuello.

– Vamos a jugar.


Los cocheros de Gabriel estaban vigilando la entrada. Así que Luís miró como podía despistarles.

– Quiero ayudarle -dijo María-.

– No, tú te quedas dentro del coche que no te vean. Es muy peligroso.

– Tenemos que salvar a su esposa, el marqués es un monstruo -le cogió del brazo, pero, él se resistió- por favor, sígame. Hay una entrada que es la que me hacía usar cuando la familia estaba en casa para que no me vieran.

Se arrastraron a través de la hierba alta para que no los vieran, María le guío detrás de unos setos altos que escondían una puerta de hierro forjado. Probó de abrirla, aunque, estaba cerrada con llave, así que la pateó, pero, tampoco cedió.

María le cogió el brazo indicando que parara y levantó una roca que estaba al lado, debajo había la llave.

La puerta los llevó a un corredor excavado en la tierra totalmente oscuro, consiguieron guiarse porque al fondo, vislumbraron una antorcha que iluminaba una entrada. Tras otro pasillo lleno de paneles de madera, llegaron a una puerta blanca.

Oyeron los gritos de una mujer.

María le hizo la señal de silencio con el dedo y fue moviendo el picaporte lentamente, él sacó el puñal. Detrás de un espeso cortinaje de terciopelo, se encontraron con que Gabriel había atado a Amelia a una especie de jaula y empezaba a hacerle un corte en el brazo mientras le bajaba las enaguas.

Salió de la penumbra cogiendo a Gabriel por la espalda. Éste se resistió y lo empujó contra la pared volviendo un espejo en mil pedazos.

Se volvió a levantar, pero, había perdido el cuchillo, así que, fue esquivando el de su oponente hasta que éste le hizo un tajo en el antebrazo que le hizo caer al suelo.

– Luís, siempre has sido un débil -miró a María que estaba paralizada temblando- vaya, te has encariñado de mi puta, igualmente, ya me había cansado de ella. Ahora tendré a Amelia.

– Nunca la tendrás, cerdo -replicó Luís- es mi esposa.

– Entonces, tendré que matarte.

Avanzó hacía él, pero, Luís consiguió darle una patada en la espinilla y Gabriel perdió el equilibrio.

Aprovechó para ponerse en pie y cogerlo del cuello, lo estranguló y Gabriel tiró el cuchillo al suelo.

Antes que pudiera hacer nada, María lo recogió y asestó una puñalada al Marqués de Guzmán en el estómago.

Luís fue hacía Amelia que estaba pálida y desmayada, rasgó la camisa para taponarle la herida, cortó las ataduras y la cogió en brazos.

Cuando llegaron al carruaje, la acunó sobre su regazo, parecía que estaban a salvo.

María tiritaba en el asiento delantero.

– ¿Tienes dónde quedarte?

Ella negó con la cabeza.

– Te vienes a casa con nosotros, tengo trabajo para ti.


Despertó llorando.

Tenía pesadillas desde el incidente con Gabriel. Soñaba que, la miraba como un sádico mientras se desangraba.

Vio como la luz del amanecer se colaba a través de los ventanales de su habitación, por lo que, respiró profundamente.

Se incorporó de la cama, pero, Luís la rodeo con sus brazos.

– Estamos en nuestro hogar, estás a salvo.

– Lo sé -se enjaguó las lágrimas con un pañuelo- Sin embargo, sigo teniendo pesadillas.

– El paso del tiempo lo diluirá un poco, aunque, no se irá.

La besó y ella se resiguió la cicatriz del brazo con el dedo.

– Las heridas de guerra nunca se van, debes ser fuerte mi amor.

Amelia sonrió.

Luís la atrajo hacía si y la empujó dentro de la cama. Quedó tumbada debajo de él mientras reían.

Aún no le había dicho que lo quería.

Habían vuelto a la Toscana hacía tres meses y María se había quedado junto a la ama de llaves cuidando de la casa de la ciudad.

Cuando la muerte del marqués salió en la premsa, pensaron que la policía iría a por ella, pero, Luís pagó por la libertad de la chica y sobornó a la madame para que le dijera al inspector, si preguntaba, que él pasó toda la noche con ella en la habitación del club.

Sin embargo, la policía encontró varios cadáveres de mujeres jóvenes en el patio de la casa de campo y dejaron de buscar con esmero a quien había matado al “Asesino del cuchillo”, apodo por el que los periódicos se referían al marqués.

Su vida transcurría entre las visitas a la academia, la tranquilidad del campo e ir viendo como crecían Inés y Guillermo. Flavio se había convertido en un tío y cuando venía de visita, los llenaba de regalos.

Acarició el hoyuelo de Luís y descendió con la mano a su pecho. Muchas mujeres no lo veían atractivo, sin embargo, para ella, era el hombre más guapo y maravilloso que había conocido.

– He tenido mucha suerte.

– ¿Sí? -dijo él besándola en el cuello-.

– Hemos detenido un asesino y nuestra farsa se ha convertido en amor.

Continuó besuqueándola hasta que la hizo gemir profundamente.

– Te amo, Luís.

Él levantó la cabeza y se quedó observándola seriamente.

– ¿Me has dicho que me quieres?

– Sí.

– ¿Desde cuándo lo sabes?

– Siempre lo he sabido, pero, mi orgullo ganaba la batalla -le peinó el pelo con las manos- Perdóname, con todo esto, he aprendido que he perdido demasiado el tiempo sin poder disfrutar de ti.

– No hay nada que disculpar, yo también he aprendido de mis errores -Luís se apoyó sobre un codo y le sonrió- así que nos queremos.

– Sí, no sigas repitiéndolo, anda -puso los ojos en blanco- a veces, eres muy cansino.

– Haré algo mejor -bajó su camisón- voy a mostrártelo.

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