La mentira aprendida IX

– Luís ¿Por qué me lo preguntas? -se levantó del sofá- siempre nos hemos querido como amigos. Últimamente, parece que nos estamos confundiendo bastante.

– ¿Confundiendo? -Luís de incorporó y quedó delante de ella- ¿Llamas confundirnos a lo que compartimos en la Toscana y a tener una hija?

Se quedó mirándolo a los ojos. Estaba claro que lo amaba profundamente, pero, no quería arriesgarse a que un día, el enamoramiento terminara y él volviera a dudar de ella. Tenía que pensar en la pequeña, debía estar serena y tranquila para criarla.

– Ahora es tu hija -dijo ella con enfado- hace unos días, era de mi amante.

– Hablé con Flavio -explicó- me hizo ver lo equivocado que estaba y lo mezquino que había sido.

Le acarició la cara con el dorso de la mano.

– Amelia, te amo.

La rodeó con los brazos y tiernamente la besó, ella se dejó ir con su pasión.

Le había echado de menos cada día que habían estado separados. Entre sus brazos, se sentía protegida, pero, aún no estaba preparada para confiar en él ciegamente.

Lo apartó, aunque, retuvo las manos de Luís entre las suyas.

– Necesito que pruebes que puedo confiar en ti.

– ¿Cómo quieres que lo haga?

– He pensado que nos podemos quedar aquí un mes para ver que tal nos va y también, para que pueda buscar a un ama de llaves que cuide de la casa. Luego, si vemos que todo va bien, volveremos a la Toscana y empezaremos desde cero.

– Entendido -dijo- me parece un trato razonable.

Volvió a estrecharla en sus brazos.

– ¿Entonces, me quieres?

– No pienso confesar hasta que vea que puedo confiar en ti -rio Amelia-.

– Vaya, pues pienso torturarte hasta que me lo digas.


Tras dos semanas de convivencia, se sentía en el paraíso. Luís se había esmerado al máximo en su afán de conquistarla y aunque, ella no lo había vuelto a admitir en su cama aún, iban en buen camino para reconstruir una vida en común.

Había hecho varias entrevistas para poder seleccionar alguien que se quedara al cuidado de la casa, pero, aún no había dado con la persona adecuada.

– Marquesa ¿Qué le parece esta tela azul para su vestido de noche?

Después de tener a Inés, su pecho y cuerpo se habían ensanchado y había tenido que ir a ver a la modista para confeccionar un nuevo guardarropa.

Tocó la suave seda azul y quedó maravillada.

– Es perfecta -señaló otra de raso rosa- esa, también. La quiero para un vestido de entretiempo.

– Muy buena elección, señora.

Salió de la tienda feliz y radiante, nunca antes se había sentido así, parecía que todo en su vida se iba solucionando poco a poco. Como Luís se había llevado a Guillermo a dar una vuelta en caballo por el parque, pensó en ir a la confitería a buscar unos bombones para la cena.

La pastelería estaba cerca y hacía buen tiempo, así que, decidió ir andando e indicó al cochero que la esperara en la salida.

Cuando torció por la calle que daba a la dulcería, alguien la cogió por la espalda poniéndole un pañuelo en la cara. Al intentar respirar, inspiró un olor fuerte y se desmayó.

– Despierta zorra

Sintió como le tiraban agua helada por encima de la cabeza y abrió los ojos de golpe. Se encontró con la cara sonriente de Gabriel.

Estaba atada de pies y manos en una cama, la había desnudado dejándole sólo puesto el corsé con la camisola y las medias. Observó que se encontraba en un dormitorio muy bien decorado, estaba lleno de retratos de los antiguos marqueses de Guzmán y en el centro, había una jaula dorada.

– Te dije que serías mía para siempre.

Le dolía mucho la cabeza y del mareo, inclinó la cabeza a un lado y vomitó.

– El cloroformo nunca falla.

– Gabriel -dijo con la poca voz que puedo reunir- suéltame y no diré nada. Si no, cuando Luís me encuentre, eres hombre muerto.

– Querida, estamos lejos de la ciudad y no te buscará. Ya lo he preparado todo.

– ¿Qué quieres decir?

– No me tomes por estúpido -se sentó en un sillón delante de ella- he dejado una nota diciendo que te has ido con otro y he enviado a alguien para que vacíe tu armario.

– Luís no lo va a creer.

– Lo hará y después de un tiempo prudencial, te repudiará. Así podrá pedir la nulidad -le acarició la cara y sintió repugnancia- luego nos casaremos.

– No lo hará, nos queremos.

– Si no lo hace, lo mataré junto al mocoso -río con sorna- así, por fin, seré duque.

– Estás loco. Nunca me casaré contigo.

– No te lo preguntaré, lo harás. Si no, la siguiente, será tu hija -cogió un cuchillo de la mesa y empezó a jugar con él entre los dedos- tengo práctica, ya maté a tu hermano.

– ¿Qué hiciste qué? -dijo horrorizada-.

– Le pedí tu mano a Felipe para evitar casarme con la idiota de Belinda -dijo tranquilamente- Desde que te vi en la fiesta de los condes, donde llevabas ese vestido rosa que te marcaba los pechos y tus curvas, no había podido apartarte de mi cabeza y sabía que serías una fierecilla en la cama. Pero, Felipe conocía de mis deudas en el casino y dijo que nunca daría su consentimiento. Así que, le fui envenenando sus copas en el club hasta que murió.

Suerte que su hermano no había cedido, porque, seguramente, en ese entonces, se habría casado con él, cometiendo así, el mayor error de su vida.

– Después de la negativa de tu hermano, mi padre me obligó a casarme con esa tonta y me enteré que te habías casado con Luís -suspiró- parecía que todos mis planes se habían ido al traste, hasta que Belinda falleció y te volví a encontrar en el parque.

Amelia pensó que estaba ante el mayor trastornado que jamás había conocido. Había matado a su hermano y pensaba asesinar al resto de su familia. No tenía más opción que hacerle creer que estaba de su parte para poder escapar cuando pudiera.

– Gabriel, Belinda no caía bien a nadie -le miró sonriendo- si me desatas, podré darte la vida que siempre has querido.

Él se acercó y se sentó a su vera, sin decir nada, le propinó una bofetada.

– Querida, como te he dicho, no soy estúpido.


Luís interrogó al chofer, quien le indicó haber perdido a Amelia en la calle de las Gardenias ya que ella le había dicho que la esperara a la salida de la pastelería.

Ella nunca les hubiera abandonado, menos a su hija, con lo que, junto al armario vacío y la nota que no tenía su letra, no estaba para nada convencido de la fuga.

Se sentó en el tocador de Amelia, allí estaba el peine y las joyas de la familia, si se hubiera querido ir, se lo habría llevado.

Empezó a pensar que podía estar retenida contra su voluntad. ¿Quién la querría secuestrar? En seguida, le vino a la mente, el marqués de Guzmán.

Miró la alfombra y observó unas pisadas grandes que habían chafado los pelos de la alfombra dejando la señal.

Las siguió y vio que iban hacía el armario. Lo abrió y en el fondo, encontró una caja de cerillas de un club nocturno. Esto era prueba suficiente para ver que todo era un cuento mal montado.

Había ido a casa de Gabriel, pero, le indicaron que el marqués estaba fuera de la ciudad y no sabían cuando volvería, por lo que, le dijo al cochero que fuera club que aparecía en la caja de las cerillas.

Resultó ser un tugurio lleno de prostitutas muy jóvenes; la mayoría de ellas, presentaban moratones o cortes, por lo que, intuyó que se realizaban actos de masoquismo.

Se sentó en uno de los sofás y fue atendido por la madame.

– ¿Qué es lo que desea, señor? Tenemos lo mejor de la ciudad para que cumpla sus más oscuros deseos.

Decidió fingir, si hablaba con la mujer que visitaba Gabriel, quizás descubriría donde estaba.

– Este sitio me lo ha recomendado mi gran amigo, el marqués de Guzmán; me habló de una mujer muy complaciente, pero, no recuerdo el nombre que me dijo.

La madame al oír el nombre del marqués, se relajó y dejo ir la lengua.

– Es un gran cliente nuestro -giró la cabeza y señaló una chica muy delgada que no debía tener más de catorce años- María, es su favorita.

Sintió repulsión hacía Gabriel, cómo podía usar a esa pequeña.

– De acuerdo -depositó unas monedas de oro en la mano de la madame- me la llevo.

La chica avanzó hacía él y le guío a través de un pasillo decorado con paneles lilas y rojos. De las habitaciones, salían chillidos de dolor y placer. Pensó que cuando encontrara Amelia, vería la manera de desmantelar ese sitio.

Llegaron a una habitación con muebles negros y paredes rojas, la chica se situó en el centro y empezó a acariciarle la entrepierna, pero, él la paro.

– No -la chica abrió los ojos sorprendida y él le puso en la mano una bolsa llena de dinero- necesito saber si sabes dónde puedo encontrar al Marqués de Guzmán.

– Señor, es complicado. Normalmente, él viene a visitarme, pero, hay veces…

Se fijó en los cortes de sus brazos y la cara de horror que ponía al nombrarle.

– Prometo protegerte y darte más dinero para que puedas salir de aquí, pero, necesito encontrarle.

– Hay veces que me llevan a una casa muy grande en el campo donde tiene una jaula, le encanta encadenarme y hacerme cortes mientras me monta sin que nos vea su familia.

– ¿Sabrías llegar?

Ella asintió, por lo que, tenía que ver la manera de sacarla de ahí sin que la vieran.

Abrió una de las ventanas, pero, tenía barrotes. Fue al baño y se fijó en la claraboya redonda que daba luz al aseo, como la chica era muy delgada, pensó que podía caber por ahí. Rompió el cristal usando una toalla y asomó la cabeza, era un primer piso, así que tendría que saltar.

– Salta por la ventana y espérame escondida entre los setos, silbaré cuando puedas salir para acompañarme.

Ella asintió.

Luis salió de la habitación metiéndose la camisa en los pantalones como si hubiera ya acabado con los servicios de la muchacha.

Se topó con la madame en el salón.

– Ha tardado muy poco milord. Espero le haya complacido.

– Así es, señora. Ha sido muy placentero.

Depositó más dinero en su mano para que no sospechara y le sonrió.

Cuando salió por la puerta principal, subió a su carruaje dejando la puertecilla sin cerrar y pidió al chofer que avanzara a la siguiente esquina del edificio.

Silbó y la chica corrió hasta el coche, entró y les indicó por dónde debían ir.

Esperaba llegar a tiempo antes que a Amelia le pasara algo en manos de semejante psicópata.

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