La rueda del destino VI

Sólo entrar en su habitación del ala de psiquiatría, ve a un hombre de mediana edad agazapado detrás de una de las camas.

-Alfredo, no asustes a tu nuevo compañero -el enfermero señala la cama contraria- esta es la tuya.

Cierra la puerta y se va.

-Elfos -chilla Alfredo- cuidado que muerden y te convierten.

Madre mía, le había tocado un paranoico que seguro no le dejaría ni pensar.

No le hace caso y se sienta en la cama. El hombre se cubre la cara con las manos.

-¡Vienen a por ti! Agáchate.

Opta por seguirle el juego y se escurre debajo del colchón. Más vale que se lleven bien.

Quedan cara a cara.

-Soy Álex -le tiende la mano, pero, él no la coge- tú eres Alfredo ¿No?

Asiente.

-Eres el primero que me hace caso, podremos estar sin ellos por la noche, no les gusta la oscuridad.

-¿Quieres decir que, si bajamos la persiana, desaparecen?

-No podrás llegar a la ventana sin que te atrapen y si lo hacen, estarás infectado.

-Puedo cubrirme con la sábana y así, como estaré oculto en la penumbra, no podrán verme.

La cara de Alfredo se ilumina.

-Entonces, seguro que funciona.

Coge la sábana y va serpeando hasta bajar la persiana.

-Ya estamos a salvo.

Alfredo sale de detrás de la cama y enciende la lamparita de la mesita.

-Los elfos sólo salen con la luz natural -lo mira a los ojos- tú no estás loco.

-¿Cómo lo sabes?

Encoge los hombros.

-Eres mi sexto compañero, pero, no estarás mucho por aquí, perteneces a otra realidad.

Justo cuando va a preguntarle, la puerta se abre.

-Venga chicos, hora del taller. Hoy tocan juegos de mesa.

Alfredo vuelve a esconderse.

-Los elfos estarán por la sala. No puedo ir a jugar.

El enfermero gira hacía él.

-Te he explicado millones de veces que somos muchos y si vienen, podemos con ellos.

-Pueden convertirse -chilla desconsolado- no los cogeréis.

Álex tira la sábana que ha usado antes encima de él.

-Esta sábana es un escudo -le explica- llévala encima y te protegerá como a mí.

Alfredo deja de hiperventilar.  

-No puedo ver con ella.

El enfermero coge unas tijeras y le corta dos agujeros para los ojos.

Todos miran el extraño panorama cuando pasan por la puerta del salón.

Alfredo se integra en la mesa donde juegan al parchís, mientras que, Álex se dirige al patio.

-Felicidades -dice una voz femenina a sus espaldas- ni los loqueros han conseguido sacarlo del cuarto antes del anochecer.

Se gira y ve a una chica de unos diecisiete años que está fumando. Cuando levanta el cigarrillo, observa múltiples cortes en su muñeca.

-Soy Maya, otro estilo de suicida.

-Álex – se dan la mano- ¿Cómo sabes que soy un suicida?

-Las enfermeras hablan.

-No tienes pinta de loco. Supongo que todos tenemos nuestras razones.

Álex bufa y se sienta en uno de los bancos.

-Eres la segunda persona que me lo dice hoy.

Ella se pone a su lado y le ofrece un cigarro, pero, él declina su oferta.

-Entonces, pírate lo antes que puedas -exhala el humo- en este sitio, si no estás loco, te convencen de que realmente lo estás.

-Créeme que es lo que más deseo, pero, necesito pastillas y alcohol. Difícil de conseguir estando encerrado.

-No tanto -señala a Alfredo- lunático debe de hacer tela que no se toma sus pastillas. Puede que las haya tirado, pero, vale la pena preguntarle -se levanta y apaga el cigarro con el pie- en cuanto al alcohol, el doctor Mendoza tiene una botella de bourbon escondida en su despacho. Sólo tenemos que distraerlo.

-¿Por qué me ayudas? -la mira intrigado- ¿Qué quieres a cambio?

-Joder a estos capullos que creen que pueden curarnos, con eso me basta.


Sofía oye los vecinos chillando mientras mira por la ventana. Aún quedan tres días para el día del asesinato.

Lo más seguro será llamar a la policía y entretenerlo para que no la mate. 

-Últimamente, estás muy distraída -nota como la abraza por la espalda- ¿Va todo bien?

-Sí -le pasa la mano por el pelo- Es que tengo un montón de proyectos de la universidad y no sé por dónde empezar.

-Puedo ayudarte si quieres -le da un beso en el cuello-.

-No, quiero conseguirlo sola.

Se suelta del abrazo y sigue pelando las cebollas para la cena.

-Sofía ¿Puedes pasarme las zanahorias? Así colaboro un poco.

Cuando abre la nevera, se encuentra una caja con sus iniciales en uno de los estantes.

-¿Qué es esto?

-Un pequeño obsequio hecho por mí.

La destapa y dentro hay un marco trasparente con forma de corazón que contiene una foto de los dos.

Ya no se acordaba, desgraciadamente, en cuanto él se fue de casa, lo rompió contra la pared.

Álex lo coge y separa las dos partes del corazón.

-Va con un imán -explica- así también se puede usar para sujetar los libros.

-Es muy bonito -ve la estantería vacía del comedor y lo coloca encima- no tendrías que haberte molestado.

-Este piso necesita detalles de los dos. Quería regalarte el primero.

Las lágrimas le brotan sin que pueda pararlas, la culpa sigue pesando en su corazón, por suerte, están las cebollas. Se limpia con el delantal.

-¿Puedes continuar tú?

Antes de oír la respuesta, va al baño.

Sentada en el suelo, da rienda suelta a sus sentimientos.

Esta fantasía le ha hecho recordar que la ilusión evaporada en cada discusión, no se irá. Por mucho que trate de cambiar la historia, los dos nunca volverán a ser así.

Si algún día vuelven a estar juntos, deberá recordar lo que fueron y conjuntarlo con lo que quieren ser.


Álex espera junto a Maya delante de la consulta del psiquiatra. Le ha contado toda la historia durante el almuerzo y ella le ha creído sin pestañear.

Si conseguía volver al 2021 con Sofía, tendría que buscarla para ayudarla.

-Maya, pasa -dice el doctor desde el escritorio-.

Entra dejando la puerta ajustada sin acabar de cerrarla.

Álex se sienta donde ella estaba y mira a través de la rendija.

-Estoy muy enfadada, Mendoza -dice sentándose sobre el escritorio y mostrando sus largas piernas mientras se enciende un cigarro- todos creéis que soy una psicópata.

El médico babea y aprovecha para pasarle la mano por el muslo.

-Siéntate en la silla, ya sabes que aquí no se puede fumar.

-No me lo dijiste el otro día -exhala el humo y apaga el cigarrillo sobre la madera- sólo quiero un poco de polla dura, en este sitio con tanto tratamiento, es muy difícil de conseguir.

Tira de ella y la coloca sobre su regazo mientras le soba las tetas.

-Doctor, es usted un travieso al que le gusta lo prohibido.

Álex entra gateando y consigue llegar al armario. Coge la botella, la pone bajo su chaqueta y vuelve a la habitación sin ser visto.

No puede dejar a Maya con ese degenerado, así que, esconde rápidamente la botella bajo la almohada y vuelve a la sala de espera.

Para a una de las enfermeras cuando pasa.

-El médico me ha dicho que necesita un expediente urgentemente.

Ella no se lo piensa dos veces e irrumpe en la consulta.

-¿Qué está pasando aquí?

Maya se escurre fuera y va vistiéndose.

-Muchas gracias -dice Álex- pero, si hubiera sabido lo que tenías pensado, no te hubiera dejado.

-Era la única manera de entretenerlo para que no te viera -los chillidos de la enfermera atraen al resto de la cuadrilla- tranquilo, estaba a punto de meterle un puntapié -respira hondo- ahora sólo te queda hablar con lunático. Que vaya bien.


Cuando apagan las luces y quedan solos en la habitación, Álex se gira hacía Alfredo que lee una revista a la luz de la luna.

-¿Cuánto llevas aquí?

-Mucho tiempo. Los elfos me secuestraron en el trabajo.

-¿Por qué crees que son malos?

-Te dan pastillas y te vuelven cruel – contesta sin mirarlo- no hablemos de ellos, que aparecen.

-Alfredo, necesito las pastillas.

-Lo sé. Quieres mi tesoro, pero, no te lo puedo dar. Si me quedo sin, me matarán.

-Si no me das algunas y entro en coma, mi mujer morirá.

-¿Los elfos la tienen retenida?

-No lo sé -una idea pasa por su mente- como eres el único que los ve ¿Me podrías decir cómo son?

-Van cambiando de forman según quieran convencerte. A veces, tienen forma de Mendoza, otras de la enfermera Sara…

Es increíble que ningún psiquiatra haya caído en que los elfos son los propios facultativos y por eso, tiene miedo al día, que es cuando más pendientes están de él.

Decide no presionarlo más y se gira para dormir, pero, Alfredo rodea la cama y le pone un vaso lleno de pastillas sobre la mesilla.

-Puedes vencerlos y liberarnos. Hazlo ahora. Si no haces ruido, no vendrán hasta las siete de la mañana.

Álex se levanta para abrazarlo, pero, él se aparta.

-Que tengas suerte.

No se lo piensa dos veces, se traga el vaso entero y bebe la mitad de la botella.

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