La rueda del destino II

La mañana siguiente despertó abrazada a él.

Miró el despertador y se levantó de golpe, llegaba tarde a la oficina.

-¿Qué haces?

-Llego tarde al trabajo.

Él se incorporó sorprendido.

-¿Has conseguido un trabajo por las mañanas y no me has dicho nada? ¿Cómo lo vas a combinar con las clases?

Se quedó parada con el pantalón a medio poner.

Estaban en el 2016, por lo que, aún estaba realizando el máster en la universidad y no empezaría a ejercer como agente aduanero hasta un año más tarde. También, significaba que, en esos momentos, trabajaba como camarera en el restaurante Bon Appetit de su ciudad y empezaba el turno por la noche.

-Me he equivocado, pensaba que eran las siete de la tarde.

-Últimamente, estás muy rara ¿Te encuentras bien?

Sofía volvió a tumbarse en la cama.

-Sí -rio para restarle importancia- siempre he sido rara, no es algo nuevo.

Álex empezó a recorrerle sus pechos con las manos y ella le besó, se quitaron las camisetas mutuamente y él apartó su tanga e introdujo los dedos en su sexo mientras la hacía gemir de placer.

Al cabo de unos minutos de deleite, cambió los dedos por su miembro.

Cada embestida, los llevaba más cerca de la cúspide, pero, él no aumentó la velocidad, mantuvo a Sofía en una tortura sofocante hasta que ella movió las caderas para implorarle más. Entonces, los dos juntos se precipitaron al abismo.

Quedaron exhaustos mirándose el uno al otro.

No podía ser, que todo lo que acaba de pasar, fuera una paranoia por las pastillas y el alcohol. De hecho, notaba el líquido caliente de él en su interior.

Fue a la cocina y se subió a la encimera.

Era demasiado extraño ¿Realmente había vuelto atrás en el tiempo? ¿Era una segunda oportunidad para hacer mejor las cosas?

Tantas preguntas y tan pocas respuestas, aún así, vio que Álex se vestía.

-¿Te vas?

-Claro ¿No te acuerdas de mis prácticas?

Es cierto, debía estar haciendo las prácticas en la empresa que después lo cogerá para trabajar.

-Tú también deberías vestirte e ir a la universidad -cogió las llaves y le dio un beso- tienes clase a las diez.

Era muy extraño para ella ir en metro, pero, hasta que no tuviera un trabajo mejor, no podría ahorrar y sacarse el carnet. Miró el vagón apestado de gente y le pareció demasiado real, incluso los olores y detalles de la ropa de los pasajeros la hacían dudar que lo que estaba viviendo.


Cuando llegó a la facultad, tuvo que mirar en el plano para localizar las clases.

-Sofía

Se giró y vio a Yolanda.

Por desgracia, las dos perderían el contacto después del máster. Su amiga se iría a Noruega con un chico al que faltaba poco que conociera.

Mil veces había querido volver a hablarle, pero, se retenía porque ella tampoco había mostrado signos de querer mantener la amistad.

-¿Qué te pasa? ¿No sabes dónde está la clase de economía después de cinco años?

-La verdad es que acabo de tener un lapsus y no lo recuerdo.

Ella le miró extrañada.

-¡Madre mía! ¿Te has fumado algo?

Siguió a Yolanda hacía la clase.

Hasta ahora, no se había dado cuenta de lo aburrido que era tener que volver a estudiar algo que ya sabía.

-Mañana me traerán un caso práctico sobre la problemática de los códigos arancelarios -dijo el profesor al terminar-.

-Nos quiere matar -le susurró Yolanda al oído- otra noche que dormiré la mitad de horas por su culpa.

Esa frase hizo que se le apareciera una idea en la mente.

¿Qué podría pasar si intentaba matarse?

Este sueño parecía empujarla a volver a vivir los cinco años previos a su rotura con Álex y eso, podía ser una bendición o una maldición, dependiendo de cómo fuera todo.

Iría a comprar un diario, necesitaba escribir todo lo que pasaba e intentaba cambiar para poder evaluar los resultados.

Después de las clases, compró el cuaderno y fue a trabajar.

No recordaba del dolor de piernas después de años de despacho. Acabó el turno con agujetas, pero, consiguió salir con una gran sonrisa, ya que había vuelto a contactar con la gente que se había quedado en su pasado.

Al llegar a casa, Álex no estaba.

Pensó en llamarle, sin embargo, le vino a la mente que era martes y debía estar en la partida semanal de póquer con sus amigos.

Se puso ropa ancha y se tumbó en el sofá.

La idea de matarse no se le iba de la cabeza; si lo hacía, quizás, despertaría. ¿Qué podía perder? Podía ser la solución a todo.

Decidió no pensar más y subir a la azotea a intentarlo.

Trepó sobre el murete de ladrillos, sin embargo, una vecina la vio y empezó a chillar mientras corría a coger el teléfono para llamar a la policía.

No le hizo caso y saltó los diez pisos de altura que la separaban del suelo.

Al abrir los ojos, estaba en la cama con Álex durmiendo a su lado.

¿Qué había pasado? ¿En qué día estaban?

Se incorporó y miró su móvil.

Indicaba que eran las 7.00h del martes 2 de febrero del 2016.

-¿Qué haces? -dijo él adormilado-.

-Nada, tengo sed.

Se sentó encima de la mesa del comedor, estaba muy confundida.

Pero, se dio cuenta que su maniobra le había otorgado otra trampa a toda esta situación.

Si se quitaba la vida, volvía a revivir el día que acaba de pasar. Por lo que, si intentaba arreglar algo y no le salía bien, siempre cabía la posibilidad de matarse para volver a intentarlo.

Debía anotarlo todo.

Fue a la mochila y la libreta, obviamente, no estaba. Así que rebuscó por casa hasta encontrar un viejo cuaderno de flores que nunca había usado y empezó a escribir.


Cada día después de trabajar, Álex iba al hospital y se sentaba al lado de Sofía.

Habían pasado dos meses desde el intento de suicidio y la idea de que despertase, poco a poco parecía diluirse.

Le leía mucho, aunque, a veces, ponía el televisor y comentaba con ella las noticias o los últimos episodios de sus series favoritas.

No iba a rendirse, sabía que Sofía no lo habría hecho con él.

Cuando dieron las diez de la noche, la enfermera le dijo que se habían acabado la hora de las visitas, así que le dio un beso y se fue.

De camino a casa, lo llamó su compañero de piso para que pasara a recoger las últimas cajas que se le habían quedado en la habitación. Al estar ella en coma, había vuelto a vivir al primer piso que compartieron y había puesto la casa en alquiler.

En su mente, siempre se repetía una y otra vez la última discusión que tuvieron.

Aun no quería ser padre y aunque, no descartaba la idea, lo único que le pedía a Sofía era un poco más de tiempo para disfrutar juntos de la vida que tenían.

Quizás tendría que haber sido más flexible, pero, si ella despertaba, juraba volver a empezar.

Parecía mentira que el odio y el orgullo le habían empujado a tirar a la basura lo que más felicidad le había dado en esta vida, mientras, que el destino jugaba con la paradoja de que sólo sabes lo que quieres cuando lo pierdes.

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