La mentira aprendida VIII

– Gabriel, por favor, toma asiento.

El marqués Guzmán no había tardado mucho en aparecer por su casa.

– ¿Cómo te encuentras mi querida Amelia?

– Como un barril lleno a punto de estallar, la verdad -miró su vientre- tengo un poco de miedo.

– No ayudó que te contara lo que le pasó a mi esposa, lo siento.

– Por favor, no te disculpes -bebió un poco de té- la culpa es mía, tendría que haberme enterado de lo ocurrido. Pero, he estado arreglando el porvenir de mi sobrino y acabando los asuntos pendientes de mi hermano.

– Me pareces demasiado bondadosa, otra persona en tu lugar, se hubiera quedado el ducado para sus vástagos.

– Le prometí a Felipe en su lecho de muerte que Guillermo sería su heredero, no podría ser tan ruin como para no cumplirlo.

– Renunciar a las riquezas y beneficios que el título conlleva, no es tan fácil, aunque, al estar casada con Luís, ya lo tienes por matrimonio. Por cierto ¿Sigue en la Toscana?

Amelia inspiró profundamente, siempre se ponía tensa cuando le preguntaban sobre su marido.

– Sí, está poniendo en marcha las bodegas del palacete y eso requiere amplías reformas en la finca.

– ¿Hasta cuándo vas a mentirme?

Abrió los ojos sorprendida.

– ¿A qué te refieres?

– Las habladurías dicen que Luís sólo vino a aparentar en el funeral de tu hermano y que os oyeron discutiendo, se especula que estáis separados.

– La gente parece tener mucho tiempo libre para malgastar hablando de los problemas de los demás -suspiró y se levantó para mirar por la ventana- pero, los rumores son ciertos.

– ¿Os habéis separado?

– No veo a mi esposo desde la muerte de Felipe -se le escapó una lágrima por la mejilla- aún no hemos hecho ningún papeleo legal, pero, los dos queremos poner fin a nuestra desdichada vida conjunta.

Gabriel se situó a su lado y le cogió las manos.

– Amelia, no he podido olvidarme de ti -dijo con ardor- cuando insinué que quería pedir tu mano, tu hermano me dijo que mientras estuviera vivo, nunca daría su consentimiento -ella se apartó un poco- he tenido problemas con el juego que ya he solventado y podemos ser felices cuando consigas la nulidad.

– Yo no te amo -bufó- me doy cuenta de lo ingenua que era cuando creí que lo que sentía por ti, era amor.

– No me rechazarás, estamos hechos el uno para el otro.

Ella rio con sorna.

– Imposible, somos demasiado diferentes y como te he dicho, ya no siento nada por ti.

Él la atrajo hacía sí, pero, se resistió.

– Voy a poseerte – le cogió las manos- eso te lo demostrará todo.

Se retorció para liberarse de él, pero, Gabriel se arrimó aún más a ella para besarla. Amelia aprovechó para darle un pellizco en la mano y consiguió que le soltara un brazo, con el que, le propinó una bofetada. Él le puso ambos brazos contra su espalda y le pasó boca por sus pechos intentando desabrocharle el corsé.

Al ver que no se iba a detener, le dio una patada en la entrepierna. Quedó tirado en el suelo chillando.

Corrió hacía la puerta principal para pedir ayuda y justo, cuando abrió para salir fuera, se topó con Luís.

Se quedó muy sorprendida, pero, a la vez, estaba tan asustada, que, sin mediar palabra, se aferró a él y escondió el rostro en su pecho.

En ese momento, Gabriel apareció y se quedó blanco al verlo.

– Esto tiene una explicación, Luis. Amelia quiere seducirme.

– Dirás que es al revés, sucio mentiroso -dijo ella-.

Gabriel intentó cogerla, pero, Luís se interpuso y le propinó varios puñetazos mientras la gente que pasaba por la calle miraba sorprendida.

Quedó en el suelo hecho un ovillo y llorando de dolor. Luís lo asió por la camisa manchada de sangre y lo levantó.

– Sal de nuestras propiedades -ladró cerca de su cara- por respeto a tu padre, no pienso matarte, pero, que sepas que, si no fuera así, ya te habría retado a un duelo.

– Mala puta -dijo Gabriel mirando a Amelia- lograré que seas mía. Nadie le dice que no al marqués de Guzmán y más con todo lo que hecho para que así sea.

Antes que ella pudiera preguntar a qué se refería, Luís volvió a pegarle y lo dejó inconsciente en el suelo.

Amelia sintió una contracción y se tuvo que coger del brazo de su marido.

– Luís, llama a la partera -él la miró asustado- rápido, ya viene.

Llevaba varias horas de parto, el bebé no quería salir y empezó a llorar de miedo y cansancio.

La comadrona estaba en un pueblo vecino visitando a otra parturienta. En su lugar, había venido su hija, pero, parecía demasiado joven para saber lo que tenía que hacer cuando habían dificultades.

La chica metió la mano en el canal y se asustó, el bebé venía de nalgas. No paraba de rezar para que su madre apareciera.

– Tranquila, señora -dijo con voz chillona- llegará pronto, su marido ha ido a buscarla.

La partera apareció al cabo de media hora y cuando comprobó el estado de la madre, se puso al frente de la situación.

– Calentad agua y traed paños limpios -dijo a las criadas- hija, tráeme el maletín y coge a la marquesa del brazo.

– Señora, el niño viene de nalgas, será complicado, pero, lo conseguiremos. Necesitamos que se ponga de cuclillas.

Amelia lo hizo. Entonces, la comadrona metió la mano en el canal, cosa que le hizo chillar de dolor.

– Venga, empuje.

Se cogió a la sábana y apretó lo que pudo.

– Necesitamos que empuje más fuerte.

– No puedo, estoy muy cansada.

– Si puedes -Luís apareció y se situó junto a ella cogiéndole una de las manos- amor, hazlo por nuestro hijo.

Había dicho “amor” y “nuestro” en la misma frase o lo había soñado.

– Señor, no puede estar aquí, es asunto de mujeres.

– Calle y haga su trabajo -dejó una bolsa de monedas en la mesita-.

Amelia con las palabras de Luís recuperó fuerzas y empujó muy fuerte.

– Ya sale, un poco más señora.

Volvió a apretar y sintió como salía.

– Aquí está, es una niña.

La comadrona cortó el cordón, pero, la niña estaba azul y no se la oía llorar. Se la llevó a un lado y la puso boca abajo mientras le hacía masajes en el pecho.

Amelia se tumbó en la cama exhausta y abrazó a Luís llorando.

Por fin, tras unos tensos minutos, un llanto flojo y constante se apropió de la habitación.

La partera se acercó a ellos con la niña envuelta en una toalla y la depositó en sus brazos. Era muy morena y tenía el hoyuelo de Luís en la barbilla.

– Es un bebé muy fuerte, ha sobrevivido a un parto que tenía muy mal augurio.

– Señor, salga mientras arreglamos a la marquesa. Voy a llamar a la criada para que se lleve a la niña y la laven.

– No, la lavaré yo -las dos comadronas abrieron mucho los ojos- es mi hija.

Acabaron de sacar la placenta a Amelia y la asearon, en cuanto se fueron, se quedó dormida.


Despertó al oír el llanto de su hija.

– La nena debe comer -dijo la criada-.

Nunca lo había hecho, pero, le pareció lo más natural del mundo. Bajó el camisón y se la acercó al pecho, la pequeña empezó a succionar.

Se quedó mirándola mientras se alimentaba, era preciosa.

Aún le dolía pensar que Luís hubiera dudado tanto de ella.

– No tiene nombre aún.

Levantó la cabeza y lo vio a contemplándola.

– Había pensado en Inés, como mi abuela.

– Sea -dijo él sonriendo- es precioso.

Ambos se miraron con ternura.

Cuando acabó de dar de mamar, la criada volvió a llevarse a Inés.

Amelia se vistió y al llegar a la sala de la planta baja, se encontró a Luís jugando con Guillermo en el suelo.

En cuanto el niño la vio, corrió hacía ella para abrazarla.

– Mi primita es muy bonita y pequeñita -le dijo- tito Luís me la enseñó ayer.

– Crecerá como tú.

– Quiero ir al colegio, tita.

Le miró sorprendida y luego, al observar a Luís, entendió que era él quien había convencido a Guillermo.

– ¿Por qué no vas a jugar arriba? -le dijo Luís al niño- necesito hablar con tu tía. Después, acabamos la batalla entre caballos.

En cuanto se hubo ido, Amelia se sentó haciendo una mueca de dolor, aún le dolía del parto.

– ¿Estás bien? ¿Llamo al médico? -dijo él preocupado-.

– No, no hace falta. Son molestias normales.

Luís se puso de rodillas delante de ella y apoyó la cabeza en su regazo.

– Por favor, perdóname. Fui un necio al creer que eras la amante de Flavio y que la niña era suya.

Ella le acarició el pelo.

– Los dos fuimos tontos al pensar que esto podría funcionar.

– ¿Cómo? -dijo él sorprendido-.

– Digo que, si no nos amamos, lo mejor es continuar cada uno por su lado.

– ¿Amelia, no me amas?

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