La mentira aprendida VI

Luís dejó caer la carta de su esposa.

Felipe había muerto.

Era una noticia sorprendente, dado que cuando lo vio recientemente al ir a buscar a Amelia, estaba bien.

Desde que Amelia se había ido, su vida se había hundido. Por mucho que faenara de sol a sol junto a sus trabajadores o pasara las cuentas hasta la madrugada, el amor que sentía por ella, no se iba.

Pidió que le ensillaran el caballo y partió sin demora.

Su mente no paraba de darle vueltas a todo lo sucedido.

Una mañana, al ir a comprar a la ciudad, la había visto saliendo de la academia cogida del brazo de Flavio Conti y observó como reían mientras paseaban por las tiendas. Luego, al mencionarlo con la doncella, le confirmó que vivían juntos.

Después de eso, se había propuesto olvidarla y quizás con el tiempo, proponerle disolver el matrimonio, pero, justo cuando iba a armarse del valor para hablar con ella, había llegado la misiva.

Tampoco debía ser injusto, si Amelia se había enamorado de otro, era lógico, dado que se habían casado por conveniencia y no tenía porque sentir lo mismo que él sentía por ella. De hecho, era estúpido haberse enamorado cuando todo era pactado.

Sin embargo, en su teoría fallaba todo el tiempo de amistad y pasión que habían compartido. ¿A caso no contaba para ella?

Después de varias noches cabalgando y sólo parando en posadas para cambiar el caballo, llegó a la casa ducal.

Tenía las puertas con un gran crespón negro abiertas y estaba lleno de la mejor sociedad de la zona.

No pudo ni alcanzar el salón donde se hallaba el féretro, así que, esperó en el vestíbulo a que se vaciara un poco.

En las escaleras, había un pequeño niño llorando.

– Pequeño -se acercó a él- ¿Has perdido a tu madre en el gentío?

– No, he perdido a papá.

– ¿Quieres que lo busquemos? -le acarició la cabeza- dime cómo es e intentaré encontrarlo.

– No, no volverá -dijo sollozando y salió corriendo hacía la planta superior antes que pudiera alcanzarlo-.

– ¿Luís?

Era Amelia.

Se giró para enfrentarla, pero, vio su vientre abultado y un sentimiento de alegría invadió su cuerpo, sin embargo, duró poco. Mil dudas acudieron a su mente.

¿Se había atrevido a irse de casa sin decirle nada? ¿Ese bebé era suyo o de Flavio?

– He venido a darte el pésame -dijo con voz fría- Siento mucho la muerte de Felipe.

– Era tu mejor amigo, también.

Empezó a llorar y no pudo resistirse a abrazarla.

El aroma que desprendía, era el mismo que tantas veces recordaba y que ya no emanaba de su almohada. Se moría de ganas de decirle que lo olvidaran todo, que la había extrañado profundamente y que la amaba con toda su alma, pero, sin embargo, calló. Amelia apoyó la cabeza en su pecho, él le levantó el rostro con el dedo y la besó tiernamente. Ella no se resistió y dejó que la saboreara.

Oyeron un carraspeo y se separaron.

 Amelia sacó un pañuelo de la manga para secarse las lágrimas.

– Sé que no puedo pedirte nada -dijo- por favor, quédate y espera, cuando se vayan todos, podremos hablar.

Luís asintió y la cogió de la mano llevándola al salón.

Ver el cuerpo presente, lo afectó bastante. Pensó en la fragilidad de la vida y que Felipe era demasiado joven para estar en ese ataúd.

Tuvieron un desfile incesante de personas dando el pésame durante toda la tarde. Por fin, a la hora de la cena, pudieron sentarse solos en la mesa.

– Mi hermano tuvo un hijo ilegítimo con una cantante -abrió los ojos sorprendido- se llama Guillermo. Voy a criarlo y convertirlo en duque. Ha sido una de las últimas voluntades de mi hermano.

Luís no dijo nada.

– He hablado con la madre del niño para que se quedara también con nosotros, pero, parecía gustosa de quitárselo de en medio -dio un bocado al plato- según me ha dicho, así podía ir de gira por Europa sin preocupaciones. Cuando le he dado dinero, le ha faltado tiempo para escaparse por la puerta sin despedirse ni de su hijo.

– ¿Vas a quedarte a vivir aquí?

– Sí. Felipe dejó en testamento que, si le pasaba algo, fuese la tutora de su hijo y nuestra situación en la Toscana es demasiado complicada para embrollarla aún más con un niño.

– Pues imagina con dos -dijo mirando su vientre-.

– De momento, si te parece bien, podemos separarnos y con el tiempo, veremos la forma de pedir la anulación o divorcio con nuestros abogados.

– Estoy de acuerdo.

Había mentido, no lo deseaba. Pero, si era lo que ella quería, no iba a declararle sus sentimientos y quedar en ridículo.

Se levantó de la silla sin acabar el plato.

– ¿Te vas?

– Creo que lo hemos hablado todo. Iré a casa de mi madre a pasar la noche.

El calor húmedo de la calle, lo invitó a pasear y decidió ir al club, así podría distraerse con alguna mujer y olvidarse un rato de Amelia.

– Mi señor, estás demasiado tenso -dijo Luci, una de las prostitutas- déjame que te relaje.

Introdujo su mano por debajo las sábanas y le acarició el miembro con esmero. Pero, lo único que consiguió es que le doliera. Nunca le había pasado, Luci era altamente apetecible y durante los años previos al matrimonio con Amelia, la había visitado frecuentemente.

– Sal -le apartó la mano- ya ves que no estoy de ánimo.

– Lo que estás, es enamorado.

Luci salió de la cama y empezó a vestirse.

– Mi esposa quiere a otro.

– No la conozco, pero, malo sería querer a otro cuando puede tenerte a ti, que eres tan buen mozo.

– Nos casamos por conveniencia -dijo rudamente- no puedo culparla de todo tampoco.

– ¿Le has dicho que la amas?

Esta pregunta rondó por su cabeza durante toda la noche y se dio cuenta que, realmente, nunca se lo había dicho. Pero, ahora ¿de qué serviría? Esperaba el hijo de otro hombre. Justo, lo que le había indicado que no toleraría.

Durante el funeral, se situó al lado de Amelia y Guillermo que le daban ls mano sin parar de llorar.

Vislumbró a Flavio en el fondo de la Iglesia y cuando pasaron a su lado, le dio un sonoro abrazo a Amelia y a él le inclinó la cabeza. Si no estuvieran en templo sagrado, ya lo hubiera retado a un duelo. No entendía porqué se mantenía tan alejado de su amada si llevaba un hijo suyo en el vientre.

Cuando acabó todo, fue al despacho de Felipe, se sentó en la silla del escritorio y abrió la caja de puros. Se encendió uno en honor a su amigo.

– El abogado dice que debes quedarte porque una mujer no puede heredar propiedades y al ser tu esposa, debes firmar conforme estás de acuerdo con que me las quede hasta que Guillermo sea mayor de edad -dijo Amelia desde la puerta-.

– ¿Eres mi esposa? Ahora me entero.

– Siento lo que ha pasado entre los dos -se sentó en una de las sillas delante de él- el pacto nos ha salido mal. Pero, buscaremos la manera que cada uno continúe su vida.

Estas palabras le partieron el alma y lo enfadaron sobremanera.

– ¿Por qué no me dijiste que estabas viviendo con Flavio? -golpeó la mesa y ella se asustó- tuve que veros con mis propios ojos para enterarme.

– No habría cambiado nada -dijo ella intentando mantener la tranquilidad- nosotros ya estábamos mal antes; decidiste que nuestra vecina es más interesante que yo -bufó- supongo, que la habrás visitado con asiduidad desde mi partida.

– Desde la noche que cenamos con ella, no sé nada más, creo que su padre la ha enviado a estudiar a Turín.

– Si no es ella, será otra, no te preocupes.

– ¡Maldita sea! A pesar de todo, no quiero otra, te quiero a ti en mi vida.

Amelia abrió mucho los ojos y se encaró con él.

– ¿A pesar de todo? ¿De qué me acusas a parte de irme de casa y vivir con un amigo que me ofreció cobijo? -gritó ella- no me he acostado con ningún otro hombre.

– ¿Pretendes que me crea que el hijo que esperas no es de Flavio?

– Es tuyo. Flavio sólo es un amigo, no tenemos nada.

– Quieres que también me crea eso ¿no?

Ella parecía querer decirle algo, pero, calló.

Luís se levantó de la silla y apagó el puro.

– No te preocupes, mañana firmaré y me volveré a la Toscana. No tendremos que volver a vernos hasta que ideemos la manera de salir de esta situación.

Amelia no podía creerse que Luís pensara que el bebé era de Flavio, podría haberlo corregido como la última vez, pero, después que firmara los papeles con el abogado, lo dejó ir.

Era imposible estar con alguien que consideraba lo peor de ella sin tener prueba de nada.

– ¿Volverá el tío Luís? – dijo Guillermo mientras movía uno de los caballos de madera que le había comprado-.

– Espero que sí -se tocó el vientre y notó una patadita-.

– No estés triste tita, yo cuidaré de ti.

Le dio un beso al niño y le tocó la cabeza.

– ¿Qué te parece si esta tarde vamos al parque y te compro unos confites?

Guillermo asintió feliz.

Su prioridad sería su familia. Luís podría aparecer o no, pero, ella se había convertido en el nuevo pilar del ducado.

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