La mentira aprendida V

Luis no apareció en las dos siguientes semanas y el tiempo, confirmó que estaba esperando un hijo.

Los rayos del sol naciente se filtraban por los vidrios de la galería confiriendo a su pelo un maravilloso color cobrizo, ella descansaba relajada sobre uno de los sillones después de un episodio de terribles nauseas matutinas.

– Pareces una diosa

Amelia abrió los ojos.

Estaba sucio del camino, se había dejado crecer la barba y parecía más musculado. Todo ello, le confería un aspecto más varonil y le provocó un gran deseo.

Luís la cogió en brazos y la depositó suavemente sobre la colcha de la cama, acto seguido, la fue desnudando.

Ella le pasó las manos por sus brazos, acarició cada surco que marcaban los músculos y después, descendió hacía su amplío pecho, disfrutando de sus pectorales. Al coger una de las manos de Luís, se dio cuenta que tenía los nudillos destrozados.

– He tenido que calmar mi frustración en el boxeo. Mejor, no hablemos ahora. Te he echado mucho de menos.

Le acarició los pechos y sorbió de cada pezón, Amelia gimió y se aferró fuerte a él. No esperó más para introducirse dentro de ella.

 Decidió ir lentamente subiendo el ritmo de sus embestidas, viendo como ella alcanzaba el clímax antes que él y disfrutando de cada faceta de su cara. Cuando no pudo más, se derramó en su interior y sin salir de ella, continuaron abrazados.

Amelia se quedó dormida y él, aunque no tenía sueño, se dedicó a mirarla y peinarle su suave cabello.

Tenían que arreglar sus diferencias, la amaba por encima de su vida. Desde que se casaron, ya no sabía estar solo.  

Su orgullo le había impedido venir antes, era cierto que su vecina poseía una gran belleza y que claramente, antes que volviera Amelia, le había dado indicios de querer una aventura con él. Pero, le había dejado claro que quería a su mujer.

– Has tardado en venir de Florencia -dijo ella en voz muy bajita-.

– He estado ocupado comprando semillas y nueva maquinaria para la vid -mintió-.

Ella se levantó de la cama y llamó a la doncella para darse un baño. Luís, viendo el montón de misivas sin responder de su escritorio, decidió ir a atenderlas.

Amelia se sumergió en la tina, pensando que, aunque hubieran hecho el amor, nada había cambiado. Estaba cansada de la situación y como tantos otros días antes de su vuelta, empezó a llorar.

Luís la oyó y se acercó.

– Creo que deberíamos hablar -dijo él apoyado en la puerta-.

– Estoy de acuerdo.

Salió de la tina y se puso una fina camisola sobre el cuerpo mojado que hizo que se le transparentaran todas sus formas. Acto seguido, tomó asiento en el butacón.

Él se sentó en el reposapiés y la cogió de las manos.

– Estas semanas sólo han servido para reafirmar lo que te necesito.

– ¿Necesitarme? ¿Cómo un cuerpo que te da placer?

– Como mi compañera y mi mujer de vida.

– Mientes. Si no, no me dejarías arrinconada a la mínima oportunidad.

Enfadado, se levantó y tiró un jarrón que se partió en pedazos sobre el suelo.

– No siento nada por nuestra vecina, sólo quiero estar contigo.

– Ella no es la única que me preocupa, si no, todas las que pueden aparecer en nuestro camino.

– ¿Y tú? ¿Me puedes explicar qué hacías besándote con tu compañero de la academia?

No sabía cómo se había enterado de la visita de Flavio, pero, la hizo enfurecer.

Se quedó callada, hubiera sido demasiado fácil mostrarle que su amigo prefería otro tipo de compañía.

– Si esto es todo, me iré. No tengo por qué darte explicaciones, cuando claramente no pasó nada.

– El que se va, soy yo.

Luís salió de la habitación y pudo oír el caballo alejándose de la casa.

No pensaba quedarse esperándolo esta vez. Así que, ordenó que le preparasen el carruaje y puso toda la ropa que pudo en un baúl. Pensó en dejarle una nota escrita, pero, si él realmente la quería encontrar, sabría dónde buscarla.

En un principio, había ideado ir a casa de su hermano, sin embargo, sabía que Felipe era capaz de enviarla de vuelta. Así que, fue a casa de Flavio.

Era una pequeña villa comparada con su palacete, tenía los ladrillos color tostado a la vista y arcos de media punta en la entrada, todo esto, le conferían un aspecto íntimo y precioso.

Cuando paró el carruaje, llamó a la puerta y apareció un criado que le indicó que esperara en el salón.

Estaba lleno de pinturas de Flavio y había un caballete de madera labrada junto a la chimenea. Parecía que usaba esa estancia para pintar más que para recibir visitas.

– Querida -vio que estaba a medio vestir- no te esperaba. Perdona por mi aspecto, pero, estaba durmiendo.

La abrazó y pudo ver como en la entrada del salón aparecía un joven rubio de pelo largo y gruesos labios que la miraba con curiosidad, llevaba la camisa medio desabrochada y mal metida en los pantalones.

– Es mi amigo Fabrizio -el chico inclinó la cabeza- Amelia, la marquesa de Santamaría.

– Siento haberte interrumpido -dijo ella dirigiéndose a Flavio- pero, necesito cobijo. ¿Te importa si me quedo una temporada contigo?

– Por supuesto que no, mandaré que te preparen la habitación de invitados.

Amelia empezó a llorar y la sentó en el sillón.

– También, pediré que te traigan un té.

La criada trajo la bebida y dio pequeños sorbos, el calor hizo que se sintiera revigorizada.

Fabrizio se despidió de los dos y una vez a solas, se quedaron en silencio un rato.

– ¿Me vas a contar qué ha pasado o tengo que adivinarlo mediante el tarot?

– Luís volvió, esperaba solucionar la situación y contarle que esperamos un hijo, pero, me reprochó que nos habían visto besándonos. Me enfurecí, él se volvió a marchar y yo no me iba a quedar sola en casa esperándolo otra vez.

– Amiga, es muy fácil demostrar que entre nosotros no hay más que una bella amistad.

– Lo sé, pero, no puede presuponerme infiel después de la noche que pasé ignorada mientras se divertía con nuestra vecina -comió una de las pastas que habían servido con el té- gracias por dejar que me quede, estaré poco tiempo. Tarde o temprano tendré que regresar a casa.

– Quédate el tiempo que gustes -se encendió un cigarro- llevo tanto tiempo viviendo solo que tener a mi amiga en el hogar, será una alegría.

Los días pasaron con celeridad, por las mañanas continuó yendo a la academia y el resto del día, Flavio le enseñaba la campiña italiana; hacían largos paseos por los prados, visitaban tiendas, iban a restaurantes y disfrutaban de la cultura.

Al cabo de cuatro meses sin noticias de Luís, recibió una carta de su tía Julia indicándole que Felipe había caído muy enfermo y requerían su presencia de inmediato.

Llegó a su ciudad natal después de seis días de viaje, los médicos le informaron que su hermano tenía mucha fiebre, tos y delirios, con lo que, no sabían si pasaría de esa noche. Al notar su estado, le dijeron que era mejor que no se acercara ya que quizás, fuera contagioso.

Ella les contestó abriendo las puertas de la cámara de Felipe.

Cuando se acercó a su cama, vio que estaba empapado en sudor.

– Dora -la criada acudió enseguida- trae agua fresca y ayúdame a cambiarle las sábanas y el camisón, date prisa.

Pasó toda la noche refrescándolo, al despuntar el alba, parecía que su hermano respiraba más sosegado y se durmió sentada en una silla junto a él.

– ¿Amelia?

Despertó y vio que Felipe había abierto los ojos.

– Hermano -lo cogió de la mano- qué susto nos has dado.

– Voy a morir -tosió fuerte y escupió un poco de sangre, ella lo limpió con uno de los paños- tienes que cuidar de Guillermo, mi hijo.

– ¿Tienes un hijo? -dijo sorprendida- no vas a morir, todo va a ir bien, ya lo verás.

– Tiene tres años, vive con su madre Alexandra, es cantante -le miró el vientre- sé que no te lo puedo pedir cuando tú esperas uno, pero, quiero que lo críes y mires que no les falte de nada.

– Lo haré tu heredero, tienes mi palabra y no te preocupes, me ocuparé de la madre.

– Sabía que dirías eso -volvió a toser- Luís vino a buscarte hace unos meses, pensaba que estabas aquí.

– Estaba en casa de un amigo.

– Me debes prometer que os perdonaréis, sé que te quiere.

– Felipe, la situación es complicada.

Pero, su hermano ya no contestó, los ojos se le cerraron y expiró su último aliento.

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