La mentira aprendida IV

El pacto tácito del que no hablaban, parecía funcionar.

Cada noche, Luís entraba en su alcoba y sin decir nada, se dejaba llevar a cumbres nunca sospechadas de éxtasi, después, dormían abrazados sin moverse ni un centímetro.

Si antes lo quería, ahora ardía de amor por él. Pero, las jornadas transcurrían y ninguna promesa de amor salía de sus labios. Por lo que, decidió intentar no pensar en ello.

La academia de pintura era una nueva ventana al conocimiento que le abría a otras formas de pensar y nuevos contactos. En ella, conoció a Flavio, segundo hijo de un marqués, que con su asignación decidió vivir la vida sin preocupaciones. Hablaba perfecto castellano dado que pasó su infancia junto a una tía materna en Madrid.

Miró el perfecto boceto que estaba trazando, era impensable que no quisiera ser famoso, pero, decía que le gustaba el tranquilo desasosiego de la campiña italiana.

– Es una obra de arte -apoyó suavemente la mano en su hombro-.

– Sólo es un esbozo, le aplicaré color y sombra en casa.

– ¿Cómo conseguirás acordarte de la luz? -dijo ella intrigada-.

– Olvidas que lo único que me ha dado Dios es un cerebro privilegiado para el arte.

– Creo que te ha dado más cosas -dejó el carboncillo a un lado- has tenido suerte en la vida, yo tuve que sacrificarme en matrimonio para ser libre.

– Querida, viendo a tu marido, no creo que tus noches sean un suplicio.

Los dos rieron, aunque, se quedó pensativa ante tal afirmación.

Cuando acabó la clase, fueron a tomar un refrigerio en el café de la ciudad y tuvo que preguntarle porqué pensaba que Luís era atractivo.

– Amelia, eres de lo más inteligente que conozco, sin embargo, en algunos temas, estás muy pez. A ver, como te lo explico -sorbió un poco de té- digamos que, en mis noches, prefiero la compañía de un buen mozo al de una mujer.

Se puso roja como un tomate, pero, tenía mucha curiosidad. Sólo había conocido un hombre al que tildaban de afeminado cerca de dónde vivía de niña, aunque, nunca había hablado con él, sólo le había visto de lejos.

– ¿Siempre has sentido eso?

– Sí -dijo Flavio tranquilamente- cuando volví a casa, después de mi infancia en Madrid, Mi padre me descubrió con un chico del pueblo y me envió lejos, tenía catorce años -dio un bocado al pastelito que tenía entre los dedos- desde entonces, no he vuelto a casa. Pensaba que me quitaría mi asignación, pero, ha continuado pagando religiosamente. Algún remordimiento debe tener.

– Eres su hijo, por mucho que no sigas el modo de vida tradicional.

– Puede ser -quedó pensativo- ahora me toca preguntar a mí. A ver, confiesa. ¿Qué te pasa con tu marido?

– No sé por dónde empezar.

– Sé clara y directa, es como mejor se habla.

– Nos casamos por conveniencia mutua -Flavio abrió los ojos sorprendido- yo quería venir a estudiar y él deshacerse de su madre -bebió un poco de la taza- teníamos claro que continuaríamos como los grandes amigos que eramos desde nuestra adolescencia. Pero, desde que planeamos la boda, mis sentimientos y la situación han ido variado. Actualmente, tenemos un nuevo pacto, él entra en mi habitación cada noche y yo me derrito. El problema es que nunca me ha dicho que me quiere.

– ¿Por qué no se lo dices tú?

Amelia se atragantó, la verdad es que no había pensado en llevar la iniciativa.

– Ahora estamos muy bien. No discutimos y disfrutamos juntos, tampoco quiero estropearlo.

– ¿Sabes? Con los años, he aprendido que, si tiene que pasar, pasará. Pero, que está bien, de vez en cuando, aclarar los sentimientos y no tener miedo. En esta vida todo se arregla menos la muerte.

Las palabras de Flavio no dejaron de darle vueltas en la cabeza durante todo el camino a casa. La verdad, es que ésta era una de las pocas situaciones en la vida que le había dado miedo. No sabía si Luís sentía lo mismo o si lo único que le gustaba era su cuerpo.

Cuando entró en el salón, lo encontró riendo con una mujer muy bella. Era de ojos turquesa y pelo cobrizo, bastante alta y vestía con un vestido hecho a medida.

Carraspeó para que notaran su presencia.

– Amelia, ya has vuelto -Él se levantó del sillón y le cogió la mano- espero que lo hayas pasado muy bien en clase.

– Veo que no tan bien como tú.

– Disculpa, no te he presentado -la mujer se acercó a ella- es Beatrice, hija del barón de Arezzo y vecina nuestra. Mientras iba a ver los trabajos en el viñedo, me la he encontrado con su padre y los he invitado a cenar. Por desgracia, el barón es bastante mayor y ha preferido quedarse en casa.

– Encantada, Beatrice -dijo ella inclinando la cabeza- Soy Amelia, marquesa de Santamaría.

– El placer es mío, señora -devolvió la inclinación de cabeza- su esposo me ha hablado maravillas de usted.

La cena fue llena de bromas entre ellos y Amelia se sintió excluida.

Su enfado fue en aumento a medida que Luís la iba ignorando durante toda la noche. Tal fue así, que, sin mediar palabra, se retiró a su habitación y en vez de ponerse la fina lencería que tanto le gustaba a él, se puso un camisón ancho y trenzó su pelo. Después, ocupó un lado en la cama y fingió dormir.

Cuando él se acostó en el lecho más tarde, se acercó a ella y le besó el cuello con pasión, pero, Amelia se levantó y fue hacía la puerta.

Luís la interceptó cogiéndola del brazo.

– Se puede saber ¿A qué viene todo esto?

– Tú sabrás -enfurecida se encaró con él- prefieres estar con Beatrice que conmigo, me has arrinconado durante toda la noche.

– No es verdad -la sentó encima la cama- estaba haciendo de buen anfitrión con nuestros vecinos. Si que he visto que no hablabas en toda velada, pero, he pensado que no te encontrabas bien ¿Es así?

– ¿Cómo? Me encuentro perfectamente -dijo ella extrañada-.

– ¿Estás segura? Ya llevamos tiempo acostándonos y pensaba que quizás…

Las palabras de él cobraron sentido para ella. Cierto era que hacía una semana que debía haber menstruado, sin embargo, no le había dado importancia, pensaba que era un atraso con el ajetreo de la boda y el viaje.

Miró a Luís, después de lo que había pasado esa noche, no le iba a dar la satisfacción de dudar.

– No estoy embarazada.

La cara de él entristeció ¿En serio quería que tuvieran un hijo sin quererse?

– Me voy a dormir a mi habitación. Si prefieres a Beatrice, ya puedes hacerla tu amante, a mi no me volverás a tocar.

Salió antes que Luís pudiera decir nada.

En su estancia fría y solitaria, se puso a llorar. Probablemente estaba embarazada y para él, sólo era una más en su lista de conquistas.

Por la mañana, cuando bajó al comedor, se encontró una nota dónde Luís le explicaba que iba a Florencia por negocios y que no sabía cuándo volvería. Se sentía muy cansada, así que decidió no ir a la academia.

Por la tarde, Flavio fue a visitarla.

– Creo que estoy embarazada.

– Qué buena noticia, mi querida amiga.

– No, no lo es. Ayer trajo a una vecina a cenar y me estuvo ignorando toda la noche. Creo que acabaré volviendo a casa. No puedo soportarlo.

– ¿Le has dicho que lo amas?

– Si me quisiera, no la preferiría a ella -se tumbó en el diván- ahora que está solo por Florencia, vete a saber con quién más compartirá su noche.

– Querida, creo que estás exagerando mucho -dijo mientras ella le fulminaba con la mirada- pienso que te quiere profundamente, lo vi en su mirada cuando te acompañó a matricularte en la academia.

Ella se echó a llorar y Flavio la abrazó.

– Desahógate -le dio un pañuelo- lo necesitas. Pero, mañana, te quiero en la escuela con ojos limpios y brillantes. Después de clase, saldremos un poco y te distraerás. Así, cuando vuelva, podrás hablar con él tranquilamente.

– Gracias.

Amelia le dio un beso en la mejilla y él le limpió las lágrimas.

En ese momento, entró Francesca en la habitación y creyendo ver algo indecoroso, salió sin ser vista.

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