La mentira aprendida III

– Señora -la doncella le zarandeó un poco el hombro- debe vestirse, ya han preparado el carruaje para su viaje.

Se desperezó y notó que estaba desnuda debajo las sábanas. Sólo se acordaba que Luís la había subido a la habitación, pero, nada más. ¿Habían consumado el matrimonio?

Al levantarse, examinó la sábana y no vio sangre, tampoco le dolía nada. Respiró tranquila, pero, aún así, tendría que preguntarle a su esposo. Por cierto ¿Dónde estaba?

– ¿Has visto a mi marido? -la doncella soltó una risita y le puso la camisola para incorporar el corsé-.

– El marqués está desayunando, se ha despertado hace unas horas. Pero, nos dijo que estaría cansada y la dejáramos dormir un rato.

Le dolía cabeza, así que, cuando empezó a peinarla y tirarle del pelo, le pidió que sólo le pusiera una cinta dejando la cabellera suelta.

El corazón le palpitaba sólo con la idea de volver a verlo.

Luís parecía tranquilo, estaba sentado en el comedor fumando un cigarrillo y leyendo el periódico. En un lado de la mesa, ya le habían servido el desayuno, pero, no tenía hambre. Así que picoteó un poco de pan tostado y sorbió té caliente.

– Luís -él bajó la página del diario para mirarla- siento lo que pasó ayer. Bebí demasiado y no sé si dije o hice algo que te pudiera ofender.

– No, te dormiste enseguida -pasó la página- si lo que te preocupa es si pasó algo entre los dos, te dejará tranquila saber que sólo dormimos juntos.

– Parece que me conoces demasiado -desvió la mirada avergonzada-.

– Amelia, hemos sido amigos durante años y quiero que lo continuemos siendo -carraspeó- ahora, al ser un matrimonio pactado, aunque, no lo hemos hablado antes, tendrás que aceptar que mantenga una amante. Seré discreto, pero, obviamente, tengo mis necesidades.

La enfurecía pensar que estuviera con otra mujer. Sin embargo, no podía reprocharle nada.

– Claro, no hay problema. Yo también haré lo propio cuando quiera.

Luís dejó el periódico encima la mesa y la miró fijamente.

– No criaré bastardos de otro hombre -sacó el humo del cigarro- si quieres tener hijos, tendrá que ser conmigo, tu esposo.

– He leído de nuevos métodos que los evitan.

Se levantó de la silla violentado, tiró de su mano y la atrajo para besarla.

El beso fue salvaje, diferente a los que le había dado anteriormente, ella no se resistió y le acarició la cara mientras permitía que le palpara todo el cuerpo encima del vestido.

Luís la apartó de golpe; dejándola con todo el deseo retenido.

– Ya tenemos el carruaje preparado, debemos partir lo antes posible.

Salió de la estancia antes que Amelia recuperara el aliento.

Empezaba a odiarlo; parecía que no habían servido de nada tantos años de amistad ya que no conocía su esencia. No sabía cuánto más podría detenerlo, sólo el hecho que la besara ya la dejaba rendida.



Fueron días extraños, casi no hablaban en el carruaje y cuando paraban en las posadas para descansar, cada uno lo hacía en una alcoba diferente.

Luís dormitaba en su asiento la mayor parte del tiempo y ella leía a pesar de marearse. Había oído de una academia cerca donde iban a instalarse para aprender a pintar. Sonrió, estaba deseosa de aprender nuevas técnicas y cuando llevaran un tiempo instalados, viajar a conocer la grandiosa Roma.

– ¿En qué piensas? -vio que él se había despertado-.

– En planes de futuro -dijo Amelia sin entrar en detalles-.

– ¿Puedo saber cuáles son?

Seguía enfadado. Pero, ella también estaba furiosa.

– No todo gira entorno a ti ¿Sabes? – le tiró el libro y casi le da en la cabeza- quiero aprender a pintar y cuando pueda, iré a Roma y te dejaré un tiempo en paz para que puedas visitar a tu amante.

– Cuando quieras viajar a Roma, iré contigo -le dejó el libro sobre su regazo- hay muchos salteadores en los caminos y es muy peligroso para una mujer sola.

El carruaje paró y les abrieron las puertecillas.

– Marqueses, hemos llegado.

Cuando descendió del coche, apareció ante ella un magnífico palacete. Era de planta rectangular con un ala a cada lado, la fachada estaba pintada de color tostado y los arcos de medio punto enmarcaban toda su estructura, cosa que, le hacía destacar sobre el verde de los jardines. Tras él, se extendían campos llenos de vid.

Luis la cogió del brazo y subieron las escalinatas juntos. Cuando entraron en el recibidor, se fijó en la gran cantidad de retratos que colgaban de las paredes.

Le señaló los dos cuadros más grandes.

– Son mis abuelos maternos, construyeron este palacio.

Amelia miró alrededor

– Es precioso y muy grande, parece que no tendremos que coincidir mucho.

– Exacto. Tus habitaciones están en el ala sur -miró a una de las criadas- Francesca será tu doncella y te acompañará a instalarte.

Asintió y siguió a la criada.

La chica no dejaba de parlotear, pasaron por pasillos decorados con costosos paneles de madera y llegaron a una sala con chimenea que estaba rodeada por decenas de estanterías repletas de libros. Estaba claro que ésta sería su sala favorita.

– El Marqués pensó que le encantaría tener a su completa disposición esta biblioteca, por eso, él se ha quedado con las estancias en la otra ala del edificio.

Le sorprendió mucho que Luís hubiera pensado en ella antes de venir, continuó por una puerta enmarcada con cortinas y se encontró con su habitación. Las paredes eran de color rosado y tenía una amplía cama con doseles.

Despidió a la doncella alegando que estaba cansada del viaje y se derrumbó llorando encima de la colcha. Tenía que ordenar la mente.

Luís la deseaba, aunque no la amara. Pero, ¿Desde cuándo quería que la amase? Como una tonta, se había enamorado de él. No cabía duda.

Lloró más fuerte y se acercó a la ventana, parecía que iba a llover, sin embargo, necesitaba dar un paseo para despejarse.

A lo lejos, vio un bosquecillo con un estanque y decidió ir a explorarlo.



Francesca entró en la alcoba de Amelia, pero, no la encontró, tampoco estaba en el resto de estancias, así que, preocupada, se dirigió al salón donde estaba el marqués.

– Señor, no encuentro a la señora en la casa y fuera está cayendo una buena tormenta.

Luís dejó la carta que estaba escribiendo.

– ¿Has revisado bien todas las estancias?

– Sí, no está -dijo la criada asustada-.

Luís se asomó por la puerta que daba a la galería posterior y en la lejanía, le pareció ver una capa roja. Así que, salió corriendo por el campo y cuando llegó donde estaba la capa, la sostuvo entre sus manos, era de Amelia.

Había pisadas frescas sobre el fango del camino, fue siguiendo el rastro hasta que llegó al estanque. Allí, las pisadas se perdían, por lo que, lo rodeó. Sin embargo, con la lluvia no pudo ver nada.

De pronto, oyó un pequeño sollozo que provenía de un terraplén inferior.

La encontró tumbada llorando sobre la hierba.

Bajó resbalando hasta quedar a su altura y la abrazó.

– Me he caído y no puedo mover el tobillo -dijo con voz entrecortada por el frío-.

La cogió en brazos y Amelia se aferró a su pecho.

Luís la llevo a su habitación, cerró la puerta y encendió la chimenea. Empezó a quitarle la ropa húmeda, pero, en seguida, protestó.

– Si no te la quito, vas a coger una pulmonía. Quédate quieta.

Paró de forcejear. Cuando le hubo quitado toda la ropa, él también se desnudó y los cubrió con una manta para que entrara en calor. Amelia lloró más fuerte.

– ¿Qué te pasa, cariño?

Se quedó muy sorprendida. Nunca la había llamado así.

– Este matrimonio es un desastre. Nos odiamos desde su inicio y es mejor que lo anulemos.

– No te odio -la besó suavemente- no quiero tirarlo por la borda. Eres increíble, única y te deseo con todo mi ser.

– Yo también a ti- estas palabras salieron de su corazón sin que pudiera frenarlas-.

El beso se convirtió en un hambre feroz que arrasó cualquier atisbo de racionalidad. Luís empezó a recorrerle el cuerpo con las manos, mientras con la boca le cogía uno de los pezones y lo succionaba con deleite.

Amelia gimió y pidió más. Él no la decepcionó, puso la mano en su sexo y lo frotó suavemente en círculos. Luego, poco a poco, introdujo dos dedos dentro y ella se agitó fervientemente mientras chillaba su nombre.

Antes que pudiera reaccionar, cambió los dedos por su miembro y empujó hasta quedar totalmente dentro de ella.

Se quedó quieta asimilándolo, él tampoco se movió. Unas lágrimas recorrieron las mejillas de ella y Luís se asustó.

– ¿Te he hecho daño?

– No -le cogió la cara entre las manos- no sabía que esto, era tan mágico.

Luís río sonoramente.

– Pues aún te queda por aprender.

Comenzó a moverse dentro de ella, mientras le tocaba el clítoris con la mano. Amelia volvió a chillar de éxtasis y lo mordió en el labio inferior.

Cada embestida, la acercaba a unas cotas de placer que nunca había conocido.

Cuando creyó que no podría más, juntos se precipitaron por el abismo.

Luís cayó derrumbado y la atrajo hacía si para ponerla encima de su pecho.

– Creo que podemos hacer una tregua para esto -susurra Amelia-.

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