La mentira aprendida I

No puede ser.

Amelia miró una y otra vez la hoja del periódico donde anunciaban el compromiso del marques de Guzmán con la insoportable Belinda de la Torre.

Cómo un hombre tan increíblemente inteligente se había dejado engatusar así por esa cría tonta que no sabía hacer más que sonreír y decir que sí a todo sin ningún tipo de criterio.

Amelia había conocido a Gabriel, el marqués de Guzmán, hacía dos años. Desde entonces, soñaba con que le pediría matrimonio, pero, nunca pasaba. Se habían visto multitud de veces, habían reído otras tantas y cuando había salido el tema, siempre le había dicho que era su ideal de mujer, pero, no iba más allá.

¿Qué quería decir con eso? ¿Quería que le dijera amén a todo como Belinda?

Las puertas del saloncillo se abrieron y se sobresaltó. Apareció Luís sin ser anunciado.

-Amelia-dijo- no te lo vas a creer.

– Si es lo del compromiso de Gabriel, ya lo sé.

– No. Es Carlota -hizo cara de enfado y puso los brazos en jarras- me ha dicho que no se casará conmigo.

Otra sorpresa más.

– ¿Te ha dicho el motivo? -Amelia dejó el diario encima de la mesita- ¿Quieres un té?

– Dice que en breve le pedirá matrimonio el vizconde de Plasencia – agitó la campanilla para llamar al servicio- necesito algo más fuerte que un té.

Pidió brandi y cuando le sirvieron la copa, la bebió de un trago.

Se conocían desde que nacieron, Luís siempre había sido un buen amigo para ella y su hermano, el Duque de Villaverde.

– No sabía que Gabriel se había comprometido -suspiró- supongo que a juzgar por tu cara, ha sido con Belinda -ella asintió- no me sorprende, físicamente es la idealización griega y cuenta con una cuantiosa dote.

– La mía también es cuantiosa, contra la escultura griega no puedo competir -dijo Amelia mirándose en el reflejo de la tetera- ¿Cómo podías saberlo y yo no?

– Eres preciosa y tienes inteligencia, de lo cual, Belinda carece totalmente-le cogió la mano- Pero, me temo que en la última fiesta, estabas más entretenida escuchando los sonetos que salían de la boca de Gabriel y no viendo a quien los dirigía -sorbió otro poco de licor- estamos bien fastidiados los dos.

De pronto, una idea absurda y sorprendente cruzó su mente.

-¿Y si nos casamos?

Luís se atragantó con la galleta que estaba comiendo y empezó a toser y escupir.

– Eres como una hermana para mi, sería raro verte de otro modo.

– No decía un matrimonio verdadero, me refería a uno pactado -se la quedó mirando con los ojos abiertos- nuestros respectivos amores se van a casar con otros -se levantó del sofá y empezó a dar vueltas por la habitación- deseo cambiar de aires, quizá viajar o estudiar. Pero, mi hermano no concibe todo eso sin que me case y con esta última derrota, me quedo con veintidós años y sin expectativas de ningún tipo.

– Aún no estás para vestir santos. Marta del Hierro se casó la pasada temporada con veinticinco.

Amelia no lo escuchaba

– No más decepciones ni esperar más- se acercó a él- no necesitas mi dote, así que, me podrás dar el dinero para que sea libre. Tú ganarás no tener a tu madre molestando y poderte venir lejos conmigo sin condiciones.

– ¿Qué pasa si nos enamoramos de otros?

– Podríamos anular el matrimonio -se puso roja- no pensamos consumarlo ¿no?

– No, desde luego que no.

Se quedó mirando sus profundos ojos verdes y la cabellera larga color azabache que asomaba detrás de su tocado. Realmente, lo atraía.

Amelia era de las mujeres más hermosas que conocía y en más de una ocasión, había pensado en intentar cortejarla, pero, llevaban tantos años como amigos, que esa idea se había ido diluyendo- está bien, lo haremos. Hablaré con tu hermano esta noche después de la cena. No creo que tenga ninguna objeción, pero, debes asegurarme que serás buena actriz.

Felizmente, lo rodea con los brazos.

– Seré la novia más enamorada que hayas conocido.

Amelia le da un pequeño beso en los labios, sin embargo, el cuerpo de Luís responde salvajemente y lo profundiza.

Los dos se percatan del arranque de deseo que han vivido y Amelia se aparta ruborizada, mientras que él, sin decir nada, sale de la casa.


La cena estaba siendo más silenciosa que de costumbre, parecía que el beso de la tarde había enturbiado la atmósfera de amistad y alegría que siempre reinaba en sus reuniones.

– Estáis demasiado callados -dice Felipe, el duque de Villaverde- ¿Se ha muerto alguien y no me he enterado?

Luís mira a Amelia y dice:

– No. Es que nos hemos visto antes y ya nos hemos contado los chismorreos -corta un trozo del filete que estaba comiendo- ¿Sabes que Gabriel se casa con Belinda?

– Sí. Lo he visto en el club, no hacía muy buena cara. Se nota que su padre lo ha obligado.

Amelia levanta la cabeza de golpe.

– ¿Cómo que lo ha obligado?

– Pensaba que no te interesaban los cotilleos – mira a su hermana a los ojos- está hasta arriba de deudas de juego y la familia de Belinda se ha ofrecido a saldarlas si se casa con ella -viendo el interés de Amelia, añade- si hubiera pedido tu mano, no lo habría permitido. Mereces a alguien que te trate bien y no se deje tu dote en las mesas del casino.

– Nunca he estado interesada por él -dice ella bajando la voz-.

El duque empieza a reír sonoramente.

– Sí, claro, y yo soy monja.

Felipe se retira a su despacho después de la cena y tras mirar a Amelia, Luis golpea suavemente la puerta.

– Pasa. Ni que tuvieras que pedirme permiso para entrar.

Luís entra y cierra las puertas.

Pasan veinte minutos y Amelia no puede oir nada. Los nervios la carcomen.

Desde el incidente de la tarde, se sentía muy extraña; había pensando que sólo sería un beso de amigos, pero, las ráfagas de deseo que experimentó, estaban haciéndola dudar de todo.

Cierto era, que cuando Luís volvió del internado hecho un hombre, se sintió muy atraída y pensó en que podrían estar juntos. De hecho, los dos pasaban muchas horas hablando sobre política, avances en la ciencia y otros temas de interés. Le gustaba mucho tenerlo al lado, la escuchaba con admiración y siempre la animaba a leer nuevos tratados o libros de los cuales pudiera aprender más.

Tuvo mucho miedo de estropearlo si le proponía algo más que amistad. Es por eso, que con el tiempo, se acostumbró a la idea que siempre sería su mejor amigo. Pero, ahora, volvía a percibir ese temor y se sentía en la cuerda floja. Tendría que fingir que no pasaba nada.

Las puertas del estudio se abren de golpe y su hermano sale sonriendo, se acerca a ella y hace que se levante del sofá para abrazarla.

– Ahora, ya sé por qué estabais tan silenciosos durante la cena -le da un beso en la mejilla- felicidades hermanita, tienes mi más sincera aprobación -apreta el hombro de Luís- habéis tardado años, pero, sabía que acabaríais juntos. ¿Cuándo queréis realizar la boda?

– Había pensado en algo íntimo a finales de mes -dijo Amelia- una pequeña ceremonia en la ermita donde se casaron nuestros padres y hacer la recepción aquí.

– Me parece perfecto -Felipe mira el reloj- ahora os dejo, tengo que ir al club.

Cuando sale por la puerta, los dos se miran sin saber qué decir.

– ¿Te parece bien lo que he dicho de la boda? -dice Amelia rompiendo el hielo- .

– Sí, algo íntimo es lo adecuado -Luís carraspea- mañana deberías acompañarme a mi casa, hay que explicarselo a mi madre.

– De acuerdo.

– Bien, es tarde y debo irme -sonríe y a ella se le para el corazón por un segundo- tranquila, todo saldrà bien.

– Esperemos -susurra Amelia, pero él ya ha salido por la puerta-.

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