La barricada invisible IX

Ada paseaba nerviosa por su habitación; llevaba tres semanas esperando una maldita carta, algo, que le dijera que Mario estaba vivo.

Vio bajando a todas sus compañeras con Esperanza y las siguió al vestíbulo. Allí se encontraba el resto de personal.

El gobierno republicano había empezado la ofensiva sobre Zaragoza y se decía por la calle que habían enfrentamientos entorno al pueblo de Belchite. Todas las noticias iban de boca en boca dado que la prensa ya no llegaba al hospital, la provincia estaba cercada.

– Señores, ahora es cuando más nos necesitan -dijo Esperanza en el vestíbulo- a partir de hoy mismo, habilitaremos los sótanos y parte del patio trasero para que quepan todos los heridos que nos van a llegar -señaló un montón de telas- la ciudad ha sido muy amable y nos ha dado ropa para vendas y para el montaje de parapetes en el exterior -se puso las gafas y empezó a leer sus hojas de papel- Señoritas Martínez, Ruíz y González ustedes harán las tiras para las vendas y las desinfectarán; yo me quedaré en el pabellón para hacer el seguimiento de los pacientes y el resto irán al patio bajo el mando del doctor Idelfonso.

Las tres bajaron a la zona de lavanderas con los montones de telas. Allí, las cortaron en tiras, las pusieron en remojo con lejía y aclararon. Estaban tendiéndolas a lo largo del jardín cuando empezaron a sonar las sirenas.

Fueron corriendo al patio delantero y los camiones comenzaron a llegar; sin que le dijeran nada, Ada fue haciendo el triaje junto sus compañeros. Sin embargo, esta vez, no dejaron de llegar heridos.

Todo se convirtió en un caos, sus manos no daban abasto para todo lo que tenía que realizar. Los medicamentos se estaban terminando y tuvieron que decir quienes tenían posibilidad de vivir y quienes no. Era el peor día que recordaba en el hospital.

Cuando cayó la noche, estaba agotada. Aún así, continuó en su puesto; se imaginaba que cada soldado era Mario.

En ese momento, Esperanza entró con dos soldados nacionales que lo observaban todo. La enfermera jefe se situó en el centro del pabellón y empezó a hablar:

– La ciudad ha sido conquistada por el ejército nacional -le temblaba la voz- no puede salir nadie de nuestras instalaciones sin su aprobación. Prosigan con su trabajo.

La situación pareció estar medio controlada a la madrugada, se asomó por el patio de la entrada y vio a los dos soldados, que habían llegado con Esperanza, montando guardia.

No dejaba de pensar en Mario, había oído de varios soldados que Belchite estaba quedando desbastada. Debía ir a buscarle y huir juntos. ¿Pero, cómo?

Fue a su habitación e hizo su petate. Tuvo que dejar sus cuadernos, pesaban demasiado y Mario ya las había leído.

Miró por la ventana y no vio a nadie en el patio trasero, suponía que habían pensando que cómo daba al río y había mucha corriente, nadie escaparía por allí.

Se puso un vestido y bajó sin zapatos hasta llegar a la puerta del jardín. Allí se despidió del hospital. Pero, algo en su interior, le dijo que algún día volvería.

Cruzaba el patio, cuando, oyó unas pisadas fuertes y corrió a ocultarse entre los matorrales.

Apareció uno de los guardas de la entrada fumando.

– ¿Está todo bien? -preguntó otro que ella no podía ver-.

– Me parece haber oído a alguien.

Él miró hacía los setos; ella bajó la cabeza y dejó de respirar. Las botas se acercaron casi rozando su cabeza.

– No hay nadie, Juan -dijo la voz- el alférez nos pondrá un consejo de guerra si no cumplimos su orden y nos quedamos en la puerta principal.

– Habrá sido algún animal.

Los dos soldados se alejaron.

Atravesó el río con ayuda de la cuerda que habían instalado para poder flotar y después, se guió a través de los bosques con un mapa que había rasgado de un libro, estaba mojado, pero, se leían las carreteras próximas y municipios.

Estuvo andando durante días; parecía una pueblerina, así que nadie la paró. Cuando llegó cerca de Belchite, empezó a oír los cañonazos y las bombas. ¿Cómo iba a encontrar a Mario en medio de todo eso?

Decidió ponerse el uniforme de enfermera. Sólo llegar al campamento republicano, un militar la paró.

– ¿Viene usted a ayudar al comandante? -la miró de arriba a abajo- ¿Y su maletín?

Mejor seguir la farsa, no era momento para decir la verdad.

– Sí, vengo a visitarle -puso cara inocente- me han robado el maletín cuando he parado a beber agua en el pueblo vecino.

– Pues, ya veremos cómo lo va a hacer, aunque, creo que aún quedan algunas cosas en el armario del hospital de campaña – la cogió del brazo- venga conmigo. Supongo, que sabe que al comandante le han pegado un tiro en la pierna.

Ella disimuló.

– No me habían dicho que era en la pierna, pero, miraré qué puedo hacer -suspiró- sin embargo, debería verle un médico.

– El doctor murió ayer, no hay nadie que lleve el hospital. Por eso, enviamos una brigada a buscar sanitarios. Por cierto, me llamo Alfredo.

– Yo soy Ada.

Siguió al soldado a través de las tiendas, miraba a todos lados por si veía a Mario, pero, no consiguió ver más que soldados heridos y algunos que preparaban sus armas. Llegaron a la tienda hospital, los heridos chillaban y el olor a podrido era muy intenso. Ada fue a ayudar a uno de ellos, pero, el militar la paró.

– No, primero el comandante. Después, puede venir.

– Todos son iguales para mi -gritó ella enfadada- dígale a su comandante que iré después de atender estos cuatro soldados y que si quiere venga aquí y vea el desastre que hay montado.

Alfredo se fue.

Comenzó a explorar uno a uno a los soldados y miró el armario de las medicinas, no quedaba casi nada. Pudo apañar unos vendajes y desinfectar algunas heridas. Parecía que dos de ellos no tenían remedio, por lo que, intentó que estuvieran lo más cómodos posibles.

Le estaba quitando el sudor con agua fresca a uno de los moribundos cuando volvió a entrar Alfredo por la puerta.

– El comandante me ha dicho que si tiene todo bajo control, por favor, vaya a verle. Le duele la pierna a rabiar.

– Ahora voy.

Hizo que la esperara hasta que acabó de refrescar al herido, luego, cogió un poco de morfina que encontró escondida y desinfectante con vendas.

Fue detrás de Alfredo hasta llegar a una tienda grande flanqueada por dos soldados que les abrieron las telas para que pudiera pasar.

– Aquí está mi comandante.

Un hombre mayor estaba sentado en una silla, tenía una herida en la pierna y sangraba bastante. Sin decir nada se acercó a él y con las tijeras le cortó parte del pantalón. Chilló cuando despegó parte de la tela que había quedado adherida a la piel.

El agujero de la bala era limpio y tenía orificio de salida, no había tocado ningún vaso sanguíneo importante, así que, vertió agua con desinfectante encima la herida. Después, volvió a limpiar la zona y aplicó un vendaje fuerte.

– Debe intentar no moverla en unos días. Use un bastón si tiene que caminar. Mañana por la mañana volveré y veré como está -se incorporó y con la manga se limpió el sudor de la frente- ahora tengo que ir con los demás heridos.

– Muchas gracias por su asistencia -dijo el comandante- ¿Me puede decir su nombre, por favor?

– Soy Ada Martínez.

Retornó a la tienda hospital y continuó ayudando a los soldados que agonizaban. Esa noche murieron los dos que ella había predicho; no sabía porqué, pero, empezó a llorar como una niña pequeña.

Alfredo no le dijo nada, llegó con dos soldados y se llevaron los cadáveres.

– ¿Sabes si nos van a traer suministros? -le dijo cuando se sentó a su lado- si mañana prosigue el ataque a la ciudad, sólo tengo agua para atender a los heridos.

– La brigada tiene orden de traer medicamentos. Esperemos que vuelvan pronto. Aunque, muchos pueblos están tomados por los nacionales y no pueden entrar, esperemos liberarlos pronto.

Al amanecer, la cuadrilla regresó; trajo algunos medicamentos y suministros, pero, ningún médico o enfermera.

– Conseguimos ésto de un hospital bombardeado que estaba abandonado cerca de aquí, no había nadie.

Ada fue a buscar agua fresca a un pozo cercano. Estaba subiendo el cubo, cuando unas manos empezaron a acariciarle la espalda. Cogió la navaja que llevaba oculta en el bolsillo y se giró.

Era Mario.

Soltó la navaja, por poco, no le había cortado las manos.

– ¡Vaya recibimiento! -dijo abrazándola- me quedo más tranquilo al ver que te puedes proteger sola. ¿Qué haces aquí, Ada?

– Tenía que venir a verte -rompió a llorar- tomaron el pueblo donde está el hospital y no sabía nada de ti. Me estaba volviendo loca.

Él no dijo palabra, continuó rodeándola con sus brazos y calmándola.

– ¿Has venido sola?

Ella levantó la cabeza y asintió. Se besaron.

– ¿Cómo me has encontrado Mario? -preguntó ella extrañada-.

– El comandante me ha dicho que le había curado una enfermera llamada Ada y que había aparecido de la nada. Sabía que sólo podías ser tú, te he visto saliendo de la tienda de enfermería y te he seguido.

– ¿Crees que vais a ganar este asedio?

– Sí, somos más – sentó a Ada sobre la hierba- ya estamos yendo casa a casa a reducir los nacionalistas que quedan, sólo nos queda tomar la iglesia y el ayuntamiento.

– Mario, por favor, vayámonos juntos. Ya hemos hecho todo lo que hemos podido. Sé que es egoísta, pero, no puedo más.

– Sí que puedes -se sentó al lado de ella y la miró a los ojos- ¿Dónde querrás ir?

– Podríamos ir a Portugal con mis padres. Necesito verles antes de desaparecer.

Él la besó, pero, Ada no le dejó levantarse. Guió las manos de Mario hacía sus pechos, él le abrió el vestido y succionó los pezones. Luego, apartó la falda y se abrió el pantalón. En un momento, estaba dentro de ella.

Las primeras acometidas fueron duras, no podía dejar de mirarle a los ojos, mientras, penetraba una y otra vez en su cuerpo; Ada se adaptó rápido al ritmo de él y juntos culminaron en un clímax rápido y satisfactorio.

Mario se tumbó a su lado y apoyó la cabeza en su hombro.

– No podemos irnos, Ada. Nos debemos a esta lucha.

Ella suspiró y se abrazó a él.

– Al menos, intentemos no separarnos.

– Te juro que haré lo posible para que eso no suceda.

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