La barricada invisible VIII

– Cuánto te he echado de menos…

Ella sonrió y volvió a besarle.

Alguien carraspeó y se separaron, pero, él siguió agarrándola de la cintura.

– Disculpe señora Ceballos, hace semanas que no veía a mi novia.

Ada se puso roja. Hasta ahora, nunca la había nombrado “novia”.

– Le entiendo señor Tormes, pero, la señorita Martínez empieza su turno en quince minutos.

– Entonces, la entretendré lo menos posible.

– Eso espero.

Esperanza entró por el vestíbulo y con una sola mirada consiguió que el resto volviera a su trabajo.

Los dos se miraron sonriendo.

– Iré a la fonda del pueblo, a ver si tienen una habitación y puedo asearme un poco. Lo siento, llevo semanas por los montes sin parar.

– No te disculpes, me da igual tu olor -Ada le apartó el pelo de la cara- para mi siempre estás bien.

– Intentaré que me den cama de matrimonio para que puedas escaparte. Supongo ¿Qué tienes turno de noche?

– Sí, acabo a las seis.

– Cuando termines ven, te estaré esperando.

– ¿Tendré que dormir algo, no?

– Bueno, prometo dejarte dormir un poco.

La besó profundamente y salió por la puerta del patio.

Las horas parecían no avanzar, miró el reloj de la pared que marcaba las tres y suspiró. Siguió anotando las curas que había realizado y chequeando las próximas medicaciones.

– Si me estuviera esperando el amor de mi vida -le dijo Judith por la espalda- yo también estaría como tú.

– Nunca sé cuándo será la última vez que le vea- se pasó las manos por el pelo- no me concentro, sólo pienso en… -no terminó la frase-.

Judith rió sonoramente y ella le pidió que bajara el volumen.

– Sexo -Ada se puso colorada- ni lo recuerdo ya.

– ¿Y tu oso ruso?

– Estábamos en preliminares cuando la fiesta acabó de golpe -sonrió- ¿sabes? Me has dado una idea -se puso el dedo índice en el labio- a ver si luego, consigo que se escape conmigo al río.

Cuando, por fin, sonó la campana para el cambio de turno, ni se lo creyó.

Cogió su bolso y fue hacía la fonda. Parecía cerrada, pero, cuando llegó a la terraza, vio a Mario asomándose por una de las ventanas del piso superior. Le dijo que esperara.

Bajó en pocos minutos a buscarla, llegaron a la habitación y ella dejó el bolso encima de la cómoda.

Giró hacía él y Mario la besó apasionadamente, ella puso sus manos sobre su torso desnudo y vio que estaba húmedo, acababa de bañarse.

– ¿Quieres bañarte conmigo? -se apartó un poco de ella -He preparado la tina, el agua está fría, pero, con este calor es más que apetecible.

– Habitación con baño propio, habrás pagado una fortuna.

– Valdrá la pena si lo amortizamos.

Mario la desvistió completamente, luego, la cargó en sus brazos y la sumergió en la bañera. Él se tumbó detrás suyo; sentía su erección palpitante en la espalda, pero, estaba muy cansada, así que, se relajó un poco mientras él la enjabonaba.

– Estás preciosa -abrazó a Ada y dejó que se adormilara un poco- ya no recordaba el suave tacto de tu piel ni el aroma de tu cabello.

Ella se restregó un poco contra él y sintió ganas de montarle.

– Yo tampoco me acordaba de ésto.

– Como sigas, no podré esperar más.

Ella sin girarse le cogió el pene con las manos.

– No quiero que esperes.

Ada se sentó encima de él y se introdujo el miembro, pero, no se movió ni un ápice.

– Como no te muevas, me volveré más loco aún -Mario le cogió los pechos y empujó un poco- ésto tampoco lo recordaba, es el paraíso.

Ella rió y procedió a cabalgar a su ritmo, mientras las manos de Mario seguían acariciándola y jugando con sus pezones. Pronto, la cima se acercó y aumentó el ritmo de las embestidas, justo cuando creía que no podría más, oyó el grito de placer de él y se precipitaron juntos al abismo.

Quedó tumbada encima de Mario y sin saber cómo, se quedó dormida.

Notaba una colcha áspera encima de su cuerpo. Cuando abrió los ojos, vio que la estaba observando tumbado a su lado.

– ¿Qué hora es?¿Te has pasado toda la mañana observándome? -dijo estirándose-.

– Creo que el campanario de la iglesia acaba de dar las doce y no, he ido a comprarte el desayuno.

Ella se incorporó y él trajo unas hogazas de pan con queso.

– Me hubiera encantado poder hacerte una tortilla o pasta italiana, pero, no tengo cocina y con la guerra no hay de nada.

– No te preocupes, esto es un festín -le besó- siento que no hayamos podido amortizar tu habitación toda la mañana.

– Bueno, podemos hacerlo toda la tarde y noche. Mañana me tengo que ir al alba.

– Tengo turno de noche -dijo ella deglutiendo-.

– No, ya no, he hablado con Judith, te cubrirá Azucena.

– ¿Otra vez? le debo bastante.

– Valdrá la pena, créeme.

Ada apartó la bandeja y empezó a besarle, pero, él la paró.

– Tengo otra sorpresa, espera -le puso las manos en los ojos- no los abras, por favor.

Notó como él le dejaba algo sobre la falda.

– Ábrelos.

Se encontró una pequeña caja irregular de madera, parecía que la había estado tallado él con la navaja; la cogió con sus manos y observó los pequeños dibujos geométricos. La abrió despacio y en su interior, había un sencillo anillo plateado con bordes desiguales y sus iniciales toscamente grabadas.

Se giró para mirarlo y él estaba de rodillas en el suelo.

– Ada Martínez, cuando termine esta condenada guerra ¿Querrás casarte conmigo?

– Sí, claro que sí.

Le besó mientras Mario le ponía el anillo en el dedo, se lo quedó mirando con detenimiento.

– Lo ha hecho mi compañero Eduardo -dijo él- es herrero y me costó el reloj, pero, no podía esperar a que finalizara todo para dártelo. Ahora, tienes un compromiso conmigo.

– Ya lo tenía antes del anillo -abrazó a Mario- es precioso, gracias.

– Qué gracias más soso, ven aquí.

Pasaron la tarde dándose todo lo que habían perdido estando separados.

Cuando el sol se puso, bajaron andando a la plaza del pueblo cogidos de la mano y hablaron de sus planes cuando terminara la guerra.

– Iré donde tú vayas -dijo Ada-.

– Depende de quién gane; si al final los nacionales nos derrotan, tendremos que ir a México.

– ¿Crees que es posible?

– Si Alemania e Italia siguen ayudándolos, tal vez -ella puso cara de preocupación- esperemos que nos llegue más ayuda americana.

– Dejemos de hablar de la guerra -le acarició la cara- por favor.

– Tienes razón, cariño. Hoy sólo existimos los dos.

Cenaron tranquilamente unas anchoas de lata con pan y bebieron bastante vino, cuando regresaron a la fonda estaban riendo. En vez de ir a la habitación, Mario la llevó a la azotea del edificio.

Llegaron a una pequeña terraza donde en la oscuridad de la noche, se veían todas las estrellas. Él colocó una pequeña sábana y se sentaron a observar el cielo.

En ese instante, pudieron apreciar varias estrelleras cayendo.

– Lluvia de estrellas -le miró a los ojos- es precioso.

Él le cogió la mano.

– ¿Y el anillo? Pensaba que te lo pondrías.

– Me va grande y tengo miedo de perderlo. En mi habitación, tengo una cadena, se la pondré y me lo colgaré del cuello.

– No hará falta -él sacó una cadena de su bolsillo- es de cuando era pequeño, no me la pongo, por si al verla, me la roban -se la dio y ella pasó el anillo- estaré más tranquilo si te la quedas tú.

– Gracias.

Ella se tumbó encima de la sábana y él la cubrió con su cuerpo. Le fue desabrochando el uniforme y cuando llegó a sus bragas, las retiró y comenzó a juguetear con los dedos en la zona. Ada empezó a gemir y se dejó arrastrar por el placer.

Notó como el miembro de él se abría paso, Mario se incorporó y se puso entre sus rodillas mientras le masajeaba el clítoris con la mano; fueron subiendo de ritmo conjuntamente mientras él observaba el acto. Cuando llegó al clímax, Ada gritó salvajemente y él eyaculó encima de su vientre.

Quedaron tendidos exhaustos.

– ¿Quién hay ahí? – dijo una voz desde una de las ventanas-.

– Vamos a la habitación antes que nos vean -le susurró Mario al oído-.

Se fue al alba. La despedida fue breve porque no quería ponerse a llorar delante de él.

– Volveré, te lo juro -dijo antes de emprender el camino-.

Cuando entró al puesto de enfermeras, Judith, Susana y Azucena se la quedaron mirando.

– ¡Madre mía! -dijo Judith- alguien ha hecho maratón de polvos, estás más que radiante.

– No seas ruda, Judith -intervino Azucena- están enamorados y se llama hacer el amor.

– No sé si hacer el amor es adecuado – declaró Ada- creo que ciertas cosas que hemos hecho son ilegales en muchos países.

Todas rieron y ella fue a realizar la ronda por las camas.

Últimamente, llegaban más soldados porque el ejército nacional estaba penetrando en el territorio. Se decía que vendría una gran batalla a finales de agosto, pero, no sabían dónde sería.

Sólo quedaba esperar y desear que las predicciones no se cumplieran.

Un comentario sobre “La barricada invisible VIII

Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: