La barricada invisible VII

Susana no soltaba el cuerpo de su hermano.

Habían pasado horas desde que llegó en uno de los camiones y sólo habían conseguido trasladarla a una habitación con el cadáver.

– Ada debes ir tú y convencerla que hay que enterrarlo -le dijo Judith- si no, Esperanza entrará y será peor -le cogió las manos- la conoces, lleváis juntas desde la Escuela de Enfermeras, por favor, a ver si consigues que te haga caso.

Ada suspiró y tocó la puerta.

– Soy Ada, ábreme -carraspeó- quiero ver como está tu hermano.

– Lárgate, quiero estar sola -dijo una voz rota al otro lado-.

– Sólo quiero mirarle. Por favor, déjame pasar.

Al cabo de unos segundos, le abrió la puerta.

Susana había colocado todo de velas alrededor del cuerpo. También, lo había limpiado y vestido con un pijama del hospital.

– Seguro que despierta, Ada -dijo cogiendo la mano a su hermano- es muy fuerte.

Ella se acercó a Susana y la abrazó, después se apartó e hizo que la mirara a sus ojos.

– Cariño, su vida está más allá de nosotras. Míralo, necesita descansar eternamente. Esté dónde esté, te esperará y sabe que has hecho lo que has podido por él -se levantó y le puso una mano en el hombro- mañana debemos enterrarlo, pero, hoy le velaremos toda la noche, yo me quedaré contigo -le besó la mejilla- por favor, dime que podremos despedirlo.

Susana lloró y después asintió con la cabeza.

Ada salió de la estancia y cerró la puerta para que no la oyera.

– Susana ha consentido que mañana le enterremos -se dirigió a Azucena- esta noche me quedaré con ella velándolo, por lo que necesito que me cambies el turno.

– No te preocupes, Ada. Lo que haga falta.

Los miró a todos y suspiró.

– Ahora, por favor, id a trabajar e intentad que Esperanza no se entere. Si se da cuenta, decidle que venga a hablar conmigo.

Todos afirmaron con la cabeza y se fueron.

Volvió a entrar y se sentó cerca de Susana sin decir nada. Al cabo de una hora, vio que se había quedado dormida, por lo que, ella también se durmió.

Se levantó con la campana del desayuno a las cinco de la mañana. Susana aún dormía.

El olor a putrefacción se empezaba a notar en el ambiente debido a que el calor había acelerado el proceso de descomposición; era imperativo enterrar al pobre chico.

Intentó despertarla lo más suavemente posible.

– Susi, debemos despertarnos -le movió los brazos y ella abrió los ojos- buenos días.

– Buenos días Ada -miró a su hermano y se percató del olor- ¿debemos enterrarlo, no?

– Sí – le dio un beso en la mejilla- me lo prometiste ayer.

Ada salió de la habitación, fue hacía dos camilleros y les pidió que ayudaran a llevar el cuerpo a la fosa que había en el camposanto del pueblo.

Susana se puso el velo negro de luto sobre el uniforme y se dejó guiar por ella. Cuando llegaron a la fosa, Ada que se había mantenido fuerte, empezó a llorar y apartó la mirada.

El ser humano había originado esa masacre y algo dentro de ella, le decía que esto sólo era el comienzo.

¿Cuántos padres y madres no sabían que su hijo estaba en ese agujero sin nombre ni memoria? ¿Cuántos hermanos morirían en manos de su otro hermano sólo por sus ideas? ¿Lograrían algún día enterrar dignamente a todos aquellos cuerpos? ¿Llegarían a una verdadera paz después de todo esto?

Quizás, ahora mismo, alguien estuviera enterrando a Mario en una tumba sin nombre.

Se limpió las lágrimas, debía ser más fuerte aún.

Cogió un ramillete de flores silvestres y se lo dio a Susana, ella lo puso encima del cuerpo de su hermano, después, los camilleros bajaron el cadáver a la fosa.

Cuando volvieron al hospital, Susana se fue a descansar, pero, Ada no podía. Salió a la terraza y bebió un jugo de naranjas que le había preparado la cocinera.

– Es usted muy valiente, señorita Martínez -miró por encima de su hombro y vio como Esperanza se sentaba en una silla a su lado- Si creía que no me enteraría de lo sucedido con el hermano de la Señorita Ruíz, se equivoca. Sé todo lo que ocurre aquí.

– Señora Ceballos, sabía que se enteraría -encendió un cigarro y le ofreció otro- pero debía pensar en el bienestar de Susana, sé que he vuelto a quebrantar las normas, así que si quiere mandarme de vuelta a Barcelona, está en su derecho y no voy a negarme.

– ¿Quiere saber un secreto? -sacó el humo del cigarro- en esta condenada guerra no existen normas y aunque debería expulsarla del cuerpo, vuelvo a repetirle que es la mejor enfermera que hay en este lugar y no puedo quedarme sin usted.

– Ver esa fosa repleta de cadáveres, me ha hecho sentir que no sirvo para esto, pero, luego, he pensado en una persona que es importante para mi y he vuelto a tener fuerzas para continuar adelante.

Esperanza se levantó y apagó el cigarro, luego, le puso la mano en el hombro.

– Debe creer en si misma -quitó la mano del hombro y la introdujo en el bolsillo de su uniforme- por cierto, ha llegado esta carta para usted.

Le dio la carta y se fue hacía el pabellón.

Miró el remitente…era de Mario, rasgó el sobre de un golpe.

5 de agosto de 1937

Mi amada Ada, 

No puedo dejar de escribirte ni un día, porque no sé cuales de las cartas que te envío, llegarán a tus manos. 

La pierna me duele horrores, hay veces que pienso en pegarme un tiro para no seguir soportando el dolor. Pero, después, me acuerdo de ti y desaparece todo pensamiento que no sea volver a tu lado. 

Estamos aún haciendo incursiones, sin embargo, nos han dicho que desde Brunete, los sublevados miran hacía Santander, ésto nos dará algún tiempo para intentar recuperar territorio en el frente de Aragón.

Cada día somos más, pero, miro a mi alrededor y veo abogados, campesinos, comerciantes y economistas como yo. Sólo hemos cogido el rifle en la mili o para ir de caza, lo cual, nos deja en franca desventaja frente al ejército regular.

Me han dicho que pronto podré venir a verte, aunque sean unas horas. Lo único que deseo es tenerte en mis brazos y que seamos uno solo. 

Tuve una inmensa suerte en encontrarte. No te mientas a ti misma pensando que no nos merecemos el uno al otro ni que no podemos estar juntos; nadie ni nada nos va a separar nunca porque somos dos partes de un mismo espejo.

Prometo irme a la cama contigo sonriendo cada día por mucho que nos hayamos discutido y decirte siempre te quiero antes de dormirnos. Prometo que nunca te volveré a hacer daño ni que volveré a irme. Seré el más fiel amigo y el más ardiente amante.

Sinceramente tuyo,

Mario

Las lágrimas habían brotado solas de sus ojos, pero, decidió no llorar más. Se levantó y guardó la carta cerca del corazón, necesitaba sentirle.

Vislumbró en la lejanía varios camiones que venían hacía el hospital, era extraño que no hubieran sonado las sirenas. Bajó corriendo al vestíbulo y salió al patio delantero.

Toda la población estaba parada en ambos lados de la carretera y aplaudieron cuando pasó la caravana. Debía llevar algún general republicano.

Iba a volverse al pabellón, cuando uno de los camiones paró y de él descendió un soldado harapiento y sucio que no pudo reconocer. El hombre fue hacía la entrada del hospital, había algo en su cojera que le era familiar…

Era Mario.

Corrió chillando su nombre, se abrazaron con una fuerza desmedida y él la besó apasionadamente.

No existía nada a su alrededor, había vuelto vivo y era lo único que importaba.

 

 

 

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