La barricada invisible VI

30 de julio de 1937

Te quiero Mario,

Odio empezar tus cartas con “querido”, cuando para mi, eres mucho más que eso. No sé, si esta misiva te va a llegar a las señas que me dejaste.

Me han dicho que estáis combatiendo por Belchite y que la batalla de Brunete ha quedado en tablas, nadie sabe quién ha ganado, pero, han habido miles de muertos y heridos. 

La situación es desconcertante, todos pensábamos que esta contienda no se alargaría más de un año y ahora ya no sabemos cuando acabará ni el coste de vidas humanas que tendrá.

Tengo miedo por ti, porque, aunque no me lo digas, tu pierna no es la de antes y esto puede afectarte profundamente.

Por favor, no corras riesgos innecesarios. Cada día, espero volver a verte entrar por el hospital a buscarme y que podamos irnos juntos a Francia o dónde quieras. Mientras estés tú, el destino me da igual. 

Te amo con todo mi corazón

Ada

Dejó la pluma encima la mesa y suspiró; hacía una semana que se había ido, pero, esperaba volver a verlo y rezaba cada día para que así fuera. Sin embargo, se sentía egoísta por desear que dejara de combatir.

La soledad había vuelto de nuevo y aunque, antes estaba acostumbrada a ella, desde que Mario retornó a su vida, la odiaba con toda el alma.

Se limpió las lágrimas, bajó al vestíbulo y dejó la carta en el cajón de correo.

Vivían días de relativa calma en el hospital. Llegaban camiones, pero, no tantos como hacía unas semanas. Rogaba en silencio para que Mario no estuviera en ninguno de ellos cuando hacía el triaje.

Paseó entre las camas y todas las caras le parecían la de él.

Susana la saludó al entrar en el puesto de enfermeras para el cambio de turno.

– Eres un alma en pena, pero, te entiendo -la abrazó- seguro que vuelve bien.

Ella se derrumbó en la silla.

– No lo sé Susana. Su pierna no estaba del todo bien y están perdiendo terreno. Ahora que lo volvía a tener, esta puta guerra me lo quita.

– Esta guerra nos va a matar a todos -le limpió las lágrimas con un pañuelo- dicen que los franceses y americanos han empezado a enviar brigadas de ayuda. Igual equilibran la balanza para acabar con todo esto.

– Quizás…-murmuró Ada-.

– Sólo nos queda ser fuertes y esperar -volvió a abrazarla- mi hermano también debe estar por Belchite combatiendo, si es que no lo han matado aún.

Susana salió por la puerta antes que pudiera decirle nada.

Esta última frase le había sentado como una bofetada. Por primera vez, se había dado cuenta que esta guerra no iba sólo con ella y que debía luchar hasta que Mario volviera, no podía hundirse ahora.

Tres días después, estando en la guardia de la mañana, Esperanza entró en el pabellón repartiendo el correo.

– Señorita Martínez, para usted.

Le entregó dos cartas, una de su madre y otra de Mario.

Tuvo que esperar a acabar el turno. En vez de ir al comedor, cogió una manzana y se fue a su habitación.

Las manos le temblaban mientras abría el sobre tumbada en la cama.

26 de Julio de 1937

Mi amada Ada,

Estamos cerca de Belchite, hacemos pequeñas incursiones sobre el terreno, pero, desde que falló Brunete, estamos esperando los refuerzos que nos dicen cada día que van a llegar del extranjero para dar la ofensiva definitiva.

Aún no he recibido ninguna carta tuya. Como nos vamos moviendo por las montañas, es normal que no me lleguen tus misivas. Sígueme escribiendo y anótalo en tus cuadernos, así si se pierden las cartas, podré leerlas cuando vuelva.

Te echo de menos a cada minuto del día y aunque esté luchando, tu imagen siempre está en mi y es la que me guía para volver a tus brazos.

Recuerdo a cada instante nuestra despedida…

Cómo nuestros labios unidos y el tacto de tus manos me erizaba la piel. Aún siento tu cálida humedad y oigo tus gritos insistentes de placer mientras incurría dentro de ti.

Vivo únicamente para poder repetir una y otra vez esos momentos contigo y a pesar, que debamos esperar, te prometo salir vivo de ésta para que podamos tener el resto de nuestras vidas para nosotros. 

Te quiero,

Mario

Ada respiró tranquila. Estaba vivo y era lo que importaba.

Sus párpados se cerraban; apoyó la cabeza en la almohada y aspiró profundamente, pero, ya no olía a él. Se durmió con lágrimas en los ojos y agarrando su carta.

Cuando despertó, quería sentirle con todo su ser, por eso, bajó la mano a su sexo y se acarició pensando la última vez…revivió las embestidas salvajes, sus brazos fuertes rodeándola y el pecho de Mario encima de ella. Llegó al clímax en unos pocos minutos y se sintió mal por no poder haberlo compartido con él.

Se arregló el pelo y el uniforme y fue hacía el jardín.

No tenía turno hasta las diez, pero, necesitaba airearse un poco. Caminó entre los rosales y se sentó en un banco de piedra.

– ¿En serio merece que le esperes?

Levantó la cabeza y vio a Pablo.

– Le quiero, esperaré lo que haga falta.

– No te has planteado ¿Qué sois completamente diferentes?

Ada bufó, pero, Pablo se sentó a su lado y le cogió las manos. Ella intentó retirarlas, sin embargo, él las cogió con fuerza.

– Nosotros somos iguales, Ada -la miró a los ojos- no me juzgues por mi familia, estoy enamorado de ti desde el momento que te vi entrar en el hospital, sé que juntos podemos hacer un gran equipo y que nos querríamos infinitamente.

– Suéltame, me haces daño -él retiró sus manos y ella se levantó- Siempre le he querido a él y en ningún momento te he alentado a que lo nuestro sería posible. Te quiero como amigo y compañero de armas, pero, no puedo estar contigo, no podría darte lo que mereces y me acabarías odiando.

Sonaron las sirenas y Ada fue corriendo al patio de la entrada sin mirarle.

Mientras examinaba a dos heridos, oyó a Susana chillando. Se giró y vio que entre sus brazos tenía el cuerpo inerte de un soldado.

Se acercó a ella e intentó tomarle el pulso al hombre mientras Pablo lo examinaba. No sintió nada con los dedos.

Miró a Pablo y él con la mirada le dijo que no se podía hacer nada.

Susana continuó abrazando el cadáver.

– Es mi hermano, Ada. Debemos salvarlo.

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