La barricada invisible V

Llevaba días evadiendo a Mario.

Desde que le entregó los cuadernos, tenía miedo de lo que iba a pensar cuando leyera las cartas, su corazón estaba volcado en ellas y cada palabra expresada era sincera.

Empezó a llorar con fuerza. Maldecía a su familia y los malentendidos y se odiaba a si misma por no haber tenido el coraje de enfrentar lo que realmente sentía, debería haber cogido la maleta y haberse ido a París.

Se levantó de la cama y encendió la lámpara del techo, vio como la luz parpadeaba, por lo que, volvió a apagar el interruptor, se subió a la silla y enroscó la bombilla que estaba un poco floja.

De pronto, sintió unas manos por sus piernas que subían hasta su entrepierna ¿Estaba soñando?

Bajó la mirada y vio los ojos llorosos de Mario, saltó de la silla y le besó. Ninguno de los dos se movió ni un centímetro.

– No puedes estar aquí ¿Cómo has subido las escaleras? Debes descansar la pierna -le acarició el rostro con el dorso de la mano-.

– Pues, cojeando -río él- intentaremos no hacer ruido, pero, no me pienso separar de ti nunca más.

– ¿Has leído las cartas? -preguntó con miedo- Ya sé que son un poco ñoñas, pero, era lo que sentía entonces.

Enterró la cabeza en el pecho de él, sin embargo, Mario le levantó el mentón y la besó dulcemente mirándola a los ojos.

– ¿Aún lo sientes?

– Siempre -claudicó ella- te he echado de menos cada minuto de estos últimos cinco años.

– Tú también has estado continuamente en mi cabeza.

Él le pasó el camisón por encima de los brazos y Ada le desabrochó la camisa. Luego, le bajó los pantalones y lo tiró sobre la cama. Acto seguido, se montó encima de él. No quería preámbulos, necesitaba que estuviera dentro de ella.

Reprimió los gritos, pero, la cama empezó a chirriar como una loca. Ella paró en seco y se lo quedó mirando. Ambos rieron, Mario se arrastró al suelo y la volvió a sentar encima de él.

Ella fue montándolo a su ritmo. Entre tanto, él le succionaba los pezones y le lamía los pechos. Ada fue sintiendo que llegaba a la cresta del clímax y tuvo que ahogar el grito en los labios de él. Acto seguido, se derrumbó sobre Mario y le miró. Obviamente, faltaba él.

Se tumbó sobre el frío suelo y le dijo que viniera.

Él no lo dudó, la cubrió con su cuerpo y volvió a entrar dentro de ella. Pensaba que estaba satisfecha, pero, su cuerpo le enseñó que se equivocaba, nunca tendría bastante de Mario.

Fue acoplándose al ritmo de sus embestidas; no podía no moverse debajo suyo, profirió pequeños chillidos de placer al lado de su oido. Nunca pensaba que volverían a esto y mientras lo pensaba, lágrimas de felicidad rodaron por sus mejillas.

Oyó como él soltaba un gruñido y juntos llegaron al final. Mario paró los movimientos de Ada colocando una de sus mano en la cadera de ella y eyaculó en su interior.

No se movieron, ella no quería que saliese de su interior, pero, él se retiró. Ada se sentó y lo besó mientras le cogía las manos.

– Me encantaría dormir contigo, pero, mientras esté aquí, debemos mantener las formas. Vuelve a tu cama antes que te vean. Te vendré a ver en mi turno, te lo prometo.

– Mantener las formas después de esto….-él río y le acarició el brazo- será complicado no estar al lado tuyo, pero, entiendo que amas este trabajo.

– Cuando te fuiste, no creí que quisiera nada. Pero, un día vi a una enfermera salvándole la vida a un hombre en un restaurante y por fin, supe lo que quería hacer con mi vida.

Mario la abrazó y la besó.

– Si me prometes que estaremos juntos sin más tonterías, por mi siempre estará bien a lo que te quieras dedicar.

Ella asintió y él se puso en pie apoyándose con el bastón. Se volvió a poner el pijama.

– Ahora me voy antes que te pille la jefa -la miró a los ojos- pero, te aviso que no será la última vez que irrumpa en tu habitación, sobre todo, si la recompensa es ésta.

Se despidieron con un beso e intentó dormir.

Por primera vez, se sumió en un sueño profundo, tranquilo y feliz.

A las seis de la mañana, fue a verle a su cama, pero, Mario dormía profundamente. Sonrió mientras le acariciaba la cara y se fue al puesto de enfermería. Judith estaba revisando el último inventario.

– Me parece que la desganada ha echado un polvo -la miró- estás radiante.

– ¿Tanto se nota? -mejor no negarlo-.

– ¿Quién ha sido Pablo o Mario? -dijo sorprendida-.

– Entre Pablo y yo no hay nada.

– Veo que Mario está mejor de la pierna, entonces. Me alegro por ti -sonrió- y mañana es la fiesta, por lo cual, igual me toca a mi. Me llevará Rubén.

– ¿Rubén el camillero? ¿El que parece un oso Ruso?

– No todas podemos tener al adonis griego, además, Rubén es muy guapo.


El espejo reflejaba una mujer sin preocupaciones.

No sabía si había hecho bien en ponerse el vestido que le había regalado su madre. Se acabó de pintar los labios y miró su pelo que había sujetado por un lado con un racimo de buganvilia, nunca se había visto a si misma tan feliz.

Mario se la quedó mirando como si fuera una aparición mientras bajaba la escalera. Él se había puesto una simple camisa, así que contrastaban como el agua y el aceite.

– No he podido encontrar nada mejor -se acercó para susurrarle al oído- no sé si podré aguantar al final de la velada para sacarte ese vestido.

– Me da igual lo que lleves puesto -le tocó la cara con la mano- para mi siempre serás el más guapo.

Ella cogió el brazo que él le ofreció y salieron al jardín.

Los farolillos encendidos, el gramófono sonando y la suave brisa veraniega, conferían una atmósfera romántica de preguerra. Parecía que nadie se estaba matando a unos kilómetros de allí y eso, la hirió de sobremanera. No podía creer que nadie pensara en ello.

– Si te sirve, yo tampoco hubiera hecho una fiesta.

Miró a Mario, era el único que la entendía.

– Señorita Martínez, qué bien la veo – dijo Esperanza-.

Estaba junto a dos mujeres más: una alta rubia y otra morena bajita, ambas sostenían una copa de jerez en la mano. La rubia le sonaba, aunque, no podía ubicarla.

– Les presento a Ada Martínez, una de mis mejores enfermeras. Si sus vidas corren peligro, no duden en contar con ella.

– ¿Es hija de Milagros y Antonio Martínez? -dijo la mujer rubia, Ada asintió con la cabeza- Soy Pilar de Miravén, alguna vez he estado con su madre en otras obras benéficas. Habla maravillas de usted. No sabía que era enfermera voluntaria, muy honorable de su parte. ¿Ya tiene fecha para su boda con Damián Fuertes?

Sintió que Mario se tensaba a su lado.

– Hemos cancelado nuestro compromiso -se giró con Mario para ir al bufé- ruego nos disculpen, queremos probar esos suculentos canapés.

Se sirvieron un par de platos sin decir nada y se sentaron en una de las mesas que estaban dispuestas por la terraza.

– Hacía tiempo que no estaba en un evento social -le sonrió- parece a las fiestas que íbamos con tus padres antes de la guerra.

– Odiaba esas fiestas, prefería escaparme contigo.

– Hasta que nos pillaron -dijo él- me acuerdo la cara de tu madre, si hubiera tenido un cuchillo, me hubiera apuñalado allí mismo.

– Ya sabes cómo es -bajó la cabeza- no creo que la perdone nunca.

– No seas tan dura con ella. Es tu madre.

– Eso no le da derecho a pisotear y manipular mi vida.

– Ella es muy chapada a la antigua y tú has ido contracorriente en todo: siendo enfermera y encima, enamorándote de alguien que no es de tu clase.

– Oye que a ti también te ha hecho daño, no entiendo cómo puedes defenderla -bebió un sorbo de vino- dejemos el tema y disfrutemos de la noche.

– ¿Quieres bailar conmigo? – dijo él-.

– Sí, pero con la pierna así, no sé cómo bailaremos.

– Daremos vueltas -se apoyó sobre el bastón y le ofreció la mano- venga, vamos.

Llegaron a la pista y ella lo apoyó contra su pecho mientras todos miraban.

En ese momento, empezaron a sonar las sirenas.

Todo se volvió en un caos de gente huyendo del hospital.

Ada fue corriendo a cambiarse, pero, no le dio tiempo de subir al segundo piso. Cuando pasó frente al vestíbulo, estaban entrando los camiones al patio.

Consiguió quitarse las sandalias de tacón y ponerse unos zuecos que encontró en la puerta de la entrada. Empezó a ayudar a los camilleros, pero, como el vestido no le dejaba libertad de movimiento, lo rajó con las tijeras por una parte de la falda.

Los gritos inundaron su mente y sólo pudo pensar en atender a los heridos, ni siquiera contestó a Mario cuando se cruzaron una de las veces que tuvo que entrar en el pabellón.

Pasó la tarde entre vendajes, torniquetes, tapones y muerte. Cuando, por fin, pudo respirar, se vio frente a un espejo llena de sangre.

– Señorita Martínez -dijo Esperanza a su espalda- por favor, vaya a limpiarse y descansar. Le toca el turno de las seis de la mañana.

– Puedo hacer el turno de noche.

– Ya ha hecho suficiente ¿no se ve? -carraspeó- como le indico: vaya a su habitación y descanse.

Ada subió a su habitación, pero, aún tenía adrenalina por todo su cuerpo, así que, cogió una toalla y se fue directa al río.

Esta vez, ni siquiera miró si había alguien, se quitó el vestido roto y nadó con ropa interior y medias. Tras unos largos, se quedó flotando.

Notó como unos brazos la rodearon y sintió un pecho duro sosteniéndola. Cuando abrió los ojos, se encontró con Mario.

– Mario, quiero estar sola por favor, no tengo ganas de nada ahora mismo.

– Tranquila, piensa que estás sola y que yo estoy ejercitando la pierna.

Ella empezó a llorar.

– Ojalá pudiera salvar a todos los que llegan por la puerta. Es muy duro aceptar que no puedo hacer más.

– A mi me salvaste y a la mitad del pabellón, también. Debes centrarte en el bien que has hecho, el resto no depende sólo de ti.

Abrazó a Mario y se quedaron flotando en el agua.

– Ada, el doctor Idelfonso me ha dicho que unos días me da el alta y vuelvo al frente.

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