La barricada invisible IV

En los días posteriores al anuncio del baile, todas las enfermeras, excepto Ada, estaban en un frenesí continuo.

Ella arqueaba las cejas con frecuencia ante los comentarios frívolos de sus compañeras y las suplía en más de un turno para que pudieran ultimar detalles como el vestido o los adornos de la fiesta.

Parecía que la guerra se había detenido para ellas y volvían a ser las chicas que iban a la verbena del barrio y reían sin preocupaciones.

Mario había empezado a usar el bastón en intervalos cortos de tiempo. Pablo había hecho un buen trabajo con él, aunque, siguiera sin dirigirle la palabra .

– Ada, ven.

Fue y se encontró a Susana subida en un taburete colocando las guirnaldas con fanalillos de colores por los extremos de la pista de baile.

– Cógelo de ese lado, que se me ha caído.

Ella recogió la cuerda del suelo y subió al muro del patio para colgarla.

– Susi, estoy de guardia. No puedo estar ayudándote con estas cosas -ató la cuerda a un árbol y bajó de un salto-.

– Más desganada no puedes ser -bajó del taburete- ¿Ya tienes el vestido?

– Me pondré lo primero que coja -se miró el traje de enfermera- preferiría ir de uniforme.

– Definitivamente no tienes remedio.

Ada volvió a entrar al pabellón y siguió con su ronda.

Estaba curando las heridas de la cabeza a un paciente, cuando alguien le puso una mano en el hombro. Se giró y vio a Mario con el bastón.

– Cada vez se te da mejor -rió- me recuerdas a Chaplin.

Él hizo girar el bastón al estilo de Chaplin, pero, perdió el equilibrio. Ella lo cogió justo antes que cayera al suelo.

– Aún no estás bien para hacer tonterías -le sentó en una silla- déjame acabar de curar a este chico. No puedo con los dos a la vez.

Acabó de vendarle la cabeza al soldado y se fue a limpiar el material. En ese momento, apareció Azucena para hacer el cambio de turno.

Necesitaba estar sola, tener a Mario cerca, la estaba matando.

Fue al río y se desvistió debajo de un pino. Miró a ambos lados y no vio a nadie, así que dejó caer la ropa interior y el uniforme.

El agua fría sobre su piel caliente le confirió la paz y el placer que necesitaba. Se dejó mecer con el suave vaivén de la corriente mientras recordaba los años pasados con Mario.

– Casi nos cogen, preciosa -le dijo entrando en el invernadero-.

El invernadero de casa sus padres se había convertido en el escondite perfecto para los encuentros a deshora.

– Sí, suerte que le he dado un trozo de salami al perro.

Cogió a Ada entre sus brazos y la besó apasionadamente, sentía como la lengua de Mario la saboreaba mientras se acariciaban. Él fue descendiendo las manos por su silueta y le quitó el abrigo.

Ada lo miró seriamente; llevaban meses quedando, pero, no sabía si estaba preparada para continuar más allá de los besos y caricias que habían compartido.

– No hace falta que hagamos el amor, te quiero y te querré siempre. Si quieres esperar, lo entiendo.

Pero, el corazón de Ada estaba desbocado y no atendía a razones. Lo quería para ella y ya había esperado suficiente.

Se abalanzó sobre él y lo volvió a besar. Él la cogió en brazos y la depositó sobre un diván.

Se apartó un poco y se quitó la camisa; ella observó su pecho desnudo y lo recorrió con las manos. Él le apartó el vestido, le quitó el sujetador y se quedó mirando sus hermosos pechos redondos.

No dijo nada, la cubrió con su cuerpo y deslizó la mano entre los dos hasta llegar al sexo de ella.

Ada gritó de placer al notar como los dedos de él la acariciaban y se iban introduciendo poco a poco dentro de ella mientras le succionaba los pezones con la boca. Poco a poco, fue subiendo en la cresta del placer hasta que el clímax la sorprendió como un huracán. Tembló y cayó derrumbada sobre los cojines.

Cuando recuperó el aire, lo recostó encima de ella. La primera embestida le dio unas punzadas de dolor que se desvanecieron con los lentos movimientos de él.

Pronto, volvió a sentir que la ola de placer se acercaba de nuevo y cuando profirió un grito, Mario le tapó la boca con la suya para amortiguar el sonido. Notó dentro el líquido caliente de él y se sintió completa.

– Ada, alguien puede verte.

Volvió al presente y vio a Pablo observándola desde la orilla del río. Ella dejó de flotar inmediatamente y se tapó con unos juncos que tenía cerca.

– Gírate. Quiero salir a vestirme.

Él río mientras se daba la vuelta.

– Te he visto entera, no te preocupes -carraspeó- Por cierto ¿Qué soñabas? Tenías cara de estar pasándolo bien.

Ella fue hacía la toalla, se secó un poco y se puso el vestido.

– Es privado -él se volvió para mirarla- ¿Qué haces aquí, Pablo?

– Te buscaba porque ha llegado un paquete para ti. Lo ha traído un mayordomo muy estirado que no ha querido ni agua y en cuanto lo ha entregado, se ha vuelto a ir.

Ella empezó a caminar hacía el hospital y él la siguió.

– ¿Cómo sabías que estaba en el río?

– Me lo ha dicho Judith, te ha visto bajando por el sendero -río- no esperaba hallarte desnuda, eso ha sido toda una sorpresa maravillosa.

– Pensaba que estaba sola.

Llegaron a la puerta trasera y ella subió corriendo a la segunda planta. Al llegar a su cuarto, encontró a Susana y Judith mirando la elegante caja que estaba encima de su cama.

Se acercó al paquete, tenía una carta y una nota.

Leyó la nota primero:

Querida hija,

Vuestra fiesta de recaudación ha salido publicada en los periódicos. Como sé que te pondrás un vestido vulgar, te envío éste para que tengas con qué vestirte delante la gente importante.

Su madre siempre tan simpática. ¿En serio, había mandado a Carlos el mayordomo a través de infinidad de caminos peligrosos para que le trajera esto? Estaba claro que su madre no era consciente de lo que estaba pasando en España.

Quitó la cinta y la tapa de la caja, apartó los papeles de seda y cogió el vestido. Las chicas profirieron un grito de admiración.

Lo estiró frente al espejo y lo observó detenidamente: era de gasa con tonos turquesa brillante y caía como una cascada sobre el cuerpo. Su escote en forma de V y las piedras engarzadas en la parte superior, lo hacían único. Su madre se debía haber dejado un dineral en la modista.

– Ada por favor, pruébatelo. Es increíble, serás una visión.

– Mira, aquí están los zapatos a juego- intervino Susana- sacando una sandalia de la caja.

Miró a sus compañeras con mirada triste.

– No creo que me lo ponga, no quiero destacar demasiado.

– ¿Si no te lo pones, puedo llevarlo yo? -le preguntó Judith- aunque creo que a mi me irá pequeño.

Fue detrás del biombo y se lo puso, le quedaba como una segunda piel.

– Ada vas a hacer que todos los soldados de la fiesta se desmayen -dijo Susana-.

Se volvió a poner el uniforme y sus compañeras se fueron.

En la carta, su madre le decía que se iban a la residencia de sus abuelos en Portugal y que fuera con ellos. También, le indicaba que en el extranjero habían muchos hombres de provecho y podía encontrar un buen partido si no quería casarse con Damián.

Definitivamente, su madre no la entendía.

Rompió la carta y echó los trozos por la ventana.

Hacía mucho calor en el turno de noche y todo estaba tranquilo, así que, se apoyó en el marco de la puerta abierta del jardín. Sólo se oían las luciérnagas zumbar en la hierba.

– Hace demasiado calor -se giró sorprendida y vio a Mario sentado en una de las sillas de caña-.

– ¿Qué haces aquí? Debes ir a la cama ahora mismo.

– No puedo dormir. Desde hace días tengo algo que preguntarte.

– ¿Qué es Mario?

– ¿En serio creíste tan rápido a tu padre cuando te dijo que me casaba con otra? – él se encendió un cigarro- cuando me fui a París, te prometí que volvería a por ti.

– Al principio no le creí, pero, cuando no contestaste ninguna de mis cartas, pensé que realmente te habías enamorado de otra.

Él se levantó de golpe y se la quedó mirando.

– ¿Qué cartas? ¿De qué estás hablando? -se aproximó cojeando a ella-.

– Te escribí trescientas sesenta y cinco cartas, una al día durante un año -Ada enfureció- tampoco me llamaste ni respondiste a los dos telegramas que te envié.

– ¿Tiraste las cartas al buzón o se las diste a alguien? Lo de los telegramas no me lo explico -él cerro los ojos- a menos que… ¿Los enviaste a la dirección de la empresa?

– Le di las cartas a Carlos, él es el que llevaba el correo diario de la familia. Todo lo mandé a la dirección de la empresa. Como no me escribiste, no sabía las señas de tu casa.

Mario volvió a sentarse y bufó.

– Vida mía, nos han tendido una trampa. El socio de tu padre debió interceptar los telegramas y Carlos debió romper tus cartas y las mías. Te llamé varias veces, siempre me decían que no estabas o que no querías ponerte. Tampoco respondiste a mis cartas. No sabía qué pensar.

Ella se arrodilló delante de él y le cogió las manos.

– Hemos sido unos tontos, todos han obrado para separarnos -ella le acarició los dedos- Tengo copia de las cartas, antes de enviártelas, las escribía en un cuaderno.

Sin que pudiera decirle nada, Ada corrió a su habitación y sacó seis cuadernos de debajo su cama. Cuando volvió al pabellón, vio que Mario se había tumbado en la cama.

– Eran para ti, te lo dejo aquí por si quieres leerlo -vio la cara triste de él- Déjalo ir, ha pasado mucho tiempo y ya es tarde para recuperar nada.

Se fue al puesto de enfermería y empezó a llorar, todos a los quería la habían traicionado y habían maquinado para separarla de él.

Se secó las lágrimas y hojeó las fichas para la medicación de cada paciente. Ahora, tenía cosas más importantes en las que pensar.

Mañana sería otro día.

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