La barricada invisible III

Bajó al vestíbulo y Esperanza la envió nuevamente a hacer triaje.

Vio que Pablo la miraba con resentimiento. Le debía una por Mario, así que, en un momento que tuvo, se acercó a él y le dijo:

– Está bien, acepto esa sidra -él la miró con ojos esperanzadores- sólo que no sé cuando podremos ir.

– A ver si esta noche mantienen tregua un rato y nos escapamos. Están combatiendo cerca de Teruel y por eso, están llegando tantos.

En toda la tarde no pudo ni asomarse por la cama de Mario, Judith le había dicho que estaba despierto y que había preguntado por ella.

Cuando cayó el sol, estaba cubierta de sangre, por lo que, decidió acercarse al río a bañarse con algunas compañeras.

– Hoy ha sido uno de los peores días -dijo Azucena- ¿Habéis visto cuantos muertos? Casi no se podía andar por el patio. No voy a olvidar sus caras en toda mi vida, ojalá pudiéramos hacer más.

– Esperanza ha dicho que esta noche se queden tres enfermeras de guardia por si llegan más. ¿Te ha tocado Ada? -preguntó Judith-.

– No me ha dicho nada de la guardia de hoy -suspiró y recordó que había quedado con Pablo- Igualmente, si queréis que os lo cambie a alguna, no me importa quedarme.

– ¡Qué va! -dijo Susana- Como te cambiemos el turno, Pablo nos mata. Le ha dicho a todo el mundo que hoy te sacaba a la plaza para tomar una sidra.

– ¡Madre mía! -exclamó Ada- Qué discreto es.

– Mira, no te quejes -rió Azucena- tienes a dos hombres que beben los vientos por ti.

– ¡Qué va! Pablo y yo sólo somos amigos y Mario está comprometido con otra.

– Cariño -dijo Susana- Pablo quiere algo más que una bonita amistad y es muy buen partido, su familia es de las más importantes de Madrid. Si te casas con él, tendrás muy buena posición.

– No me interesa en ese sentido -dijo Ada apoyándose con los codos en la orilla- no siento nada por él, es un buen amigo, pero ya está.

– ¡Qué decepción se va a llevar esta noche! -dijo Azucena-.

Ada se levantó y se puso el vestido estando mojada. Se le transparentó todo, pero, no se fijó.

– Me voy a ir a cambiar -dijo peinándose la maraña de pelo moreno que caía por su cara- portaos bien.

– Eso tú -Judith la miró de arriba a abajo- aunque si vas así, no creo que le importe.

Todas rieron y ella se fue hacía el hospital. Al llegar a la planta baja, no pudo resistir ir a verle.

Estaba dormitando en su cama mientras leía un periódico.

El sol del ocaso le confería un aspecto aún más varonil. Ella se acercó sin que la oyera y se sentó en una silla cerca de su cama.

– ¿Cómo estás? -no tenía por qué ser borde, después de todo, había pasado bastante tiempo y los dos habían hecho sus respectivas vidas-.

Él la miró y se fijó en sus pechos, ella enrojeció y se tapo con la toalla que había traído para el baño.

– No tan bien como tú -le tocó el pelo ondulado por el agua- estás más guapa que hace cinco años.

Ella se agachó y examinó las heridas.

De momento, iban cerrando y no parecía que estuvieran infectadas. Revisó el historial y vio que Sandra le había hecho las últimas curas hacía una hora, por lo que, preparó el líquido y empezó a irrigarle las heridas. Él aulló de dolor.

Como Esperanza la pillara haciendo curas medio mojada, con el pelo suelto y sin uniforme, la enviaba a Barcelona en el primer camión. Pero, estaba tranquila ya que la enfermera jefe había ido a comandancia.

– ¿Ada? -Pablo estaba detrás de ella- pensaba que habíamos quedado.

Ella se giró y le miró, se había olvidado completamente de él.

– Sí, disculpa -se levantó de la silla- es que había visto algo raro en la pierna y he preferido curarlo por prevención. Ahora me cambio y nos vamos.

Él se acercó a la pierna de Mario y la miró.

– No veo infección, de hecho está mucho mejor que ayer.

– Será que estoy cansada, discúlpame -le sonrió y vio de reojo la cara rabiosa de Mario- ahora vengo.

Se fue corriendo hacía su habitación y se puso el vestido verde que realzaba su cintura y le hacía brillar sus ojos turquesa. Después, peinó su larga cabellera e incorporó una cinta como diadema. Aún le quedaba algo de pintalabios rojo, así que lo pasó sobre sus labios.

Bajó por la escalera y observó como Pablo se la quedaba mirando fijamente.

– Siempre estás preciosa -le ofreció el brazo- pero, ahora más.¿Vamos?

Ella asintió, sin embargo, con la mirada buscó a Mario, él también la estaba observando y estaba muy enfadado.

Fueron camino abajo y llegaron a la taberna, se sentaron en una mesa fuera y Ada observó los arcos con pórticos que envolvían la plaza. Era precioso.

– Es una bonita arquitectura -dijo Pablo rompiendo el hielo- lástima que no podamos disfrutar nada con esta maldita guerra.

– Estamos aquí para ayudar lo que podamos- explicó ella- incluso, me siento mal por haber aceptado tu sidra, pero, ninguna compañera me quería dar su turno, me dijeron que las habías amenazado.

Él rió e indicó al camarero que les trajera una botella para los dos.

– Si fueran otros tiempos, te habría llevado a uno de los mejores restaurantes de Madrid y estaríamos bebiendo champan. Luego, pasearíamos por el Retiro.

– Si no hubiera guerra, no nos habríamos conocido. Recuerda que soy de Barcelona.

– Eso nunca se sabe -le sirvió la sidra en el vaso- quizás tu amor por la enfermería te hubiera llevado a Madrid.

Él sacó la pitillera, ella cogió un cigarro y él se lo encendió.

– Puedo preguntarte -dijo Pablo- ¿Qué hay entre tú y Mario? No quisiera entorpecer nada.

– No entorpeces nada -ella sacó el humo del cigarro lentamente- Estuvimos juntos hace cinco años, él se fue a trabajar a París y se prometió con otra.

– Vaya, debió ser un palo para ti.

– Bueno, todo era muy complicado -bebió un poco- mis padres tampoco querían que estuviéramos juntos. De hecho, ya me habían prometido con quince años a Damián Fuertes.

– ¿Damián Fuertes? -repitió él- Le conocí en un casino de Madrid, no es que tenga muy buena fama, aunque, su familia tiene mucho dinero y está relacionada con la corona.

– Tranquilo, sé perfectamente que no es un santo -le miró divertida- ahora está en Montecarlo jugando y evadiendo la guerra. No me pienso casar con él por mucho que mis padres insistan.

– Entonces ¿Estás soltera y disponible?

Ella pensó en Mario, debía de estar casado aunque no había visto ninguna alianza en su dedo. Recordó a su hermano, había muerto en los primeros meses de contienda y no sabía si él lo sabía.

– Se podría decir que sí -dijo Ada- pero ahora mismo no tengo tiempo para el amor.

– Tonterías, siempre hay tiempo para eso.

Él puso la mano en la suya, pero, ella la retiró.

– Pablo, ahora mismo no busco pareja -debía dejárselo claro- además, no pienso en ti de esta manera.

Él mostró decepción en su rostro.

El reloj dio las diez de la noche y ella se levantó.

– Mañana tengo turno a las seis, he de irme a dormir.

Él también se levantó.

– Te acompaño al hospital.

Caminaron en silencio, cuando llegaron al vestíbulo, él le dio un beso en la mejilla y se fue.

Iba a subir a su habitación, sin embargo, Judith salió del baño con la cara blanca.

Se acercó a ella.

– ¿Estás bien?

– No -dijo ella- creo que he cogido algún virus estomacal, no sé si podré acabar el turno.

– Vete a dormir -dijo Ava- ya hago yo el turno de noche.

– Pero, mañana tienes otro a las seis.

– No pasa nada, no es la primera vez que hago doble turno.

Se cambió rápidamente en su cuarto y se puso el uniforme. Bajó al puesto de enfermería y se encontró con Susana.

– Lo tuyo no tiene nombre -dijo ella- no paras de trabajar. Hablaré con Esperanza para que envíe a otra a las seis.

– No hace falta, es nuestro trabajo.

Hizo la ronda y cuando pasó al lado de la cama de Mario, vio que dormía profundamente. Chequeó el historial y se dio cuenta que le tocaban sus curas, así que preparó el instrumental e intentando no despertarlo, bajó la sábana.

Él se despertó de golpe y la cogió del cuello.

– Soy Ada -dijo tragando con dificultad- suéltame, tengo que curarte.

Mario aflojó los brazos y volvió a tumbarse.

Ella puso una toalla debajo su pierna y empezó a irrigar la zona.

– Disculpa, soñaba que estaba en una trinchera y me atacaban.

– No hace falta que te disculpes, he visto centenares de hombres con tus pesadillas por la guerra.

Él cambió de tema.

– ¿Te lo has pasado bien en la cita? -ella no levantó la cabeza- ¿Es tu nuevo novio?

– Me lo he pasado bien. Y no, no es mi pareja.

– ¿Como está Damián? -ella le echó más líquido y él chilló de dolor-.

– Pues no lo sé, hace meses que no hablo con él. Está en Montecarlo.

Ahora era su turno de preguntar:

– Mario ¿Qué haces aquí?

– Dejé el trabajo con tu padre y me alisté a las milicias republicanas en cuanto se alargó el golpe.

– Mi padre no me dijo nada -dijo ella apartando la bandeja con el instrumental-.

– No creo que quiera que lo sepas, este último año trabajando para él y su socio ha sido una pesadilla.

– Y ¿Ya te has casado? -el silencio de él se hizo eterno-.

– No, rompí con ella cuando dejé el trabajo -ella se levantó y le ayudó a recostarse en los almohadones- me engañaron, tu padre me dijo que te habías casado con Damián.

Ella le miró sorprendida sin decir nada, él continuó:

– Descubrí que no era cierto siete días antes de la boda, me contaron que te habías hecho enfermera y te habías ido al frente.

– ¿Quién te lo dijo?

– Ignacio.

Ella empezó a llorar, él le cogió las manos y tiró de ella para que quedara encima de su pecho.

– ¿Qué pasa Ada? -dijo él extrañado-.

Se secó las lágrimas y lo miró.

– Ignacio murió hace tres meses, le enterramos justo antes que me destinaran aquí -ella se abrazó más a él y sintió el latir de su corazón-.

– No lo sabía Ada -le acarició el pelo- siempre fue un poco insensato, creía que estaría en Barcelona. Ahora entiendo que no me contestase a la última carta que le mandé, le dije que venía al frente de Aragón.

Ella se deshizo de sus brazos y se limpió la cara con el delantal.

– Debo ir al puesto de enfermería.

Le puso bien la sábana y lo tumbó completamente.

Él no dijo nada, estaba muy impactado con la noticia.

El resto de la noche le estuvo evitando, incluso dejó que Susana le hiciera las curas. No quería volver a caer en sus brazos.

Por la mañana, el doctor Idelfonso indicó que Mario debía empezar a moverse con la silla de ruedas para que no hubiera problemas de coágulos en la sangre. También, le dijo que poco a poco debía ir empezando a cojear con el vendaje y el bastón.

Ella se retiró a dormir al mediodía, no quiso ni comer. Cuando se levantó de una larga siesta a las cuatro de la tarde, se encontró a Esperanza en el pasillo.

– Ya me han dicho que ha doblado turno para ayudar a una compañera, por lo que ahora, tendrá libre hasta la noche- empezó a bajar la escalera- por favor, venga conmigo, tengo novedades que compartir con usted y las demás.

Ella le siguió y se quedó detrás de ella en la escalera. Sonrió al ver a Mario en silla de ruedas.

– Señoras -dijo Esperanza- el comité del hospital ha decidido dar un pequeño baile para recaudar fondos -carraspeó- lo realizaremos el sábado de la semana que viene en el jardín trasero del hospital -se oyó un murmullo general- pese a mi insistencia en que no es momento y que estamos centradas en los pacientes, las damas del comité quieren que así sea. Por lo cual, esta semana que viene trabajaremos el doble para adecuar el espacio al evento y espero la contribución de todas.

La enfermera jefe salió por la puerta.

Susana, Judith y Azucena estaban entusiasmadas.

– Pero, si es un baile ¿Deberemos ir con una pareja, no? -dijo Susana-.

– Eso creo -le indicó Judith-.

– Yo no tengo ningún vestido de noche- intervino Azucena-.

Ada se alejó de ellas y salió con un libro al jardín.

Sentía que no era momento de celebraciones, estaban allí para cuidar de los soldados heridos, no para preocuparse de cosas tan mundanas. El mundo de las fiestas y las alegrías había acabado hace mucho.

Se sentó en una silla de caña y abrió el libro, eligió el capítulo sobre curas de úlceras en pacientes encamados y empezó a leer con calma.

– ¿Querrás venir al baile conmigo? -levantó la vista y vio a Mario-.

– No creo que vaya, ya no me gustan estos eventos.

– ¿Cómo no vas a ir si vives y trabajas aquí?- él le cogió la mano- por favor, di que sí. Aunque sólo sea para hacerle compañía a tu viejo amigo.

– Está bien, iré contigo, pero, como lleguen camiones o me requieran en el hospital, la velada ha terminado.

3 comentarios sobre “La barricada invisible III

Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: