La barricada invisible II

– Ada, ya tenemos listo el quirófano -dijo Pablo a su espalda- es mejor que vayas al patio antes que te vea Esperanza.

– No me importa que me encuentre aquí -se giró para mirarle- entraré con vosotros.

– No. Tu relación con él, no te dejaría pensar con claridad – la abrazó- confía en mi, haré todo lo que esté en mi mano para salvarle la pierna.

Dicho esto, dio ordenes a dos camilleros para que llevaran a Mario al quirófano.

Ella se quedó mirando cómo se lo llevaban, pero, poco podía hacer.

Hizo caso a Pablo y volvió al patio de la entrada.

Después de dos horas de arduo trabajo, pareció que de momento, no llegarían más camiones y entró a la sala principal.

Pablo seguía en quirófano; oyó a Esperanza organizando el trabajo y resistió la tentación de irrumpir en la operación.

– Hoy el turno de noche en el pabellón uno lo harán la Señorita Martínez y la señorita Ruiz. Les relevarán a las seis de la mañana, la Señorita González y la señorita Jiménez. En cuanto a los turnos de médicos, ahora les informa el doctor Idelfonso.

Dejó de escuchar, le había tocado el turno de noche y al menos, podría estar con él cuando saliera de cirugía. Se dirigió hacía la puerta del quirófano, pero, la interrumpieron.

– Señorita Martínez -se giró hacía Esperanza- ¿Qué hacía en preoperatorio cuando le ordené que estuviera en el patio?

– Disculpe, señora Ceballos -dijo bajando la vista- ha venido un conocido de mi familia en uno los camiones y necesitaba asistirle.

– El deber está por encima de sus asuntos personales. Si vuelve a ocurrir, me veré con la obligación de enviarla de vuelta a casa -la miró con indulgencia- ahora vaya a descansar, esta noche le toca guardia.

Vio como Esperanza desaparecía hacía la sala de quemados y ella fue a cirugía.

Asomó la cabeza por una de las ventanas de la puerta, observó como Mario aún tenía las dos piernas y respiró tranquila.

Pablo salió del quirófano y la miró con preocupación.

– No sé si he hecho bien -se limpió las manos de sangre con un paño- Creo que he podido quitarle todos los trozos de metralla y espero que las heridas de la pierna cicatricen. Pero, si se infectan y gangrenan, tendré que amputarle la pierna. Las próximas horas son críticas y necesita desinfección constante en la zona.

Ella lo cogió por la manga de la camisa.

– Muchas gracias Pablo. Sé que te has extralimitado y si Mario no fuera amigo mío, ya se la habrías amputado.

Él encogió los hombros.

– ¿Vendrías mañana conmigo a tomar una sidra? -preguntó mientras se enjabonaba las manos y empezaba a lavárselas en un balde de agua- Así nos distraemos un poco.

– Te lo agradezco, pero, tengo que estar con Mario, es muy importante para mi familia.

– ¿O lo es para ti?

Antes de responderle, vio como sacaban a Mario y lo llevaban al pabellón. Siguió a los camilleros y ayudó a depositarlo encima la cama.

Estaba dormido y su cara relejaba tranquilidad, parecía que aún no le dolía.

Miró el reloj de la pared, eran las seis de la tarde, no entraba a su turno hasta las diez.

– ¿Ada, qué haces aquí? -se giró y vio a Azucena- aún no es tu turno.

– Es un conocido de mi familia, estaba asegurándome que estuviera bien -tapó a Mario con la sábana- el doctor ha indicado que le irriguen las heridas cada hora.

– Vete tranquila, yo me encargo -la miró con preocupación- como te pille aquí Esperanza no va a dudar en devolverte a casa y entonces, poco vas a poder hacer por él.

Tenía razón, no podía estar por el pabellón a menos que estuviera de guardia o la requiriesen por alguna urgencia.

Volvió a su cuarto e intentó seguir con la carta para su madre, pero, los párpados empezaron a pesarle y sus ojos se cerraron.

– ¿Ada? -alguien le zarandeaba el brazo- que nos toca turno, despierta.

Levantó la cabeza y le dolió el cuello, se había dormido encima del escritorio. Vio que eran las diez menos cinco.

– Susana, ves primero -se levantó de golpe- me cambio y ahora voy.

Susana desapareció por la puerta y se puso un vestido y delantal limpio.

Faltaba un minuto para las diez cuando entró en el pabellón, sus compañeras respiraron aliviadas.

Irrigó las heridas de Mario, continuaba plácidamente dormido. Le acarició el rostro y le apartó el cabello de la cara.

– Tiene suerte el cabrón -dijo Juan, paciente de la cama contigua- es usted muy guapa.

– Sólo somos amigos, Juan -indicó mientras anotaba las curas en el historial- es un viejo amigo de la familia.

– Sí, claro y yo soy monja.

Ella rió y fue hacía Juan, pronto le darían el alta y tendría que volver al frente. Era un hombre que rozaba la cincuentena con barba blanca y rechoncho, carnicero de profesión, su familia estaba en Gerona. Le miró las heridas de su pecho, ya estaban casi cicatrizadas.

– Veo que ya estás mejor. De aquí poco, te obligarán a irte.

– Bueno, a mi edad, prefiero que me maten en el frente que no después por rojo.

– Hablas como si la república tuviese la guerra perdida.

– Si seguimos perdiendo terreno, así será -miró a la nada- y lo que vendrá después, será peor que esta condenada guerra.

– Bueno Juan, ahora descansa -ella suspiró- el futuro no lo sabemos.

Ada se había mantenido al margen de la política y se había centrado en atender a los heridos. Poco le importaban del bando que fueran, lo que ella quería era salvar el máximo de vidas posibles.

Fue haciendo la ronda y después, se quedó en el puesto de enfermeras. Era mejor que si Esperanza bajaba, la viera en su puesto y no al lado de Mario.

– Es guapo a rabiar -dijo Susana apoyándose en el escritorio y mirando a Mario- ¿Dónde lo conociste? Tendré que ir cuando acabe la guerra a ver si encuentro uno para mi.

– Lo conocí hace seis años -recordó el olor de la navidad y las luces parpadeantes entrando por la ventana de su casa -era amigo de mi hermano.

– Pues llévame a Barcelona cuando finalice todo esto.

– Sabes que siempre serás bienvenida -la miró a los ojos- además, me iría bien una compañera de piso. No creo que vuelva a casa de mis padres.

– Joder, con el dinero que tiene tu familia y tú estás aquí pudiendo estar tranquila en tu piscina tomando el sol.

Contra los deseos de sus padres, se había hecho enfermera con el golpe de estado. No había dudado ni un segundo en ir a clases nocturnas sin decirles nada y luego, se despidió con una carta para dirigirse al destino que le habían asignado.

Hacía dos meses, su madre la había encontrado y se había presentado con su chófer y guardaespaldas en el hospital intentando sin éxito que volviera a casa para casarse con Damián.

Su compromiso había sido acordado desde los quince años, Damián era uno de los más ricos de la provincia y un gran partido según su madre. Sin embargo, a medida que crecieron, ella fue encontrando su presencia de lo más repulsiva: trataba mal a los criados y era déspota con sus amigos menos privilegiados. Además, sus ideas con el tiempo, eran más próximas a Primo de Rivera, por lo que acabaron de alejarla del todo.

En la navidad de 1931, su hermano Ignacio había llegado a casa con un compañero de la universidad para pasar las vacaciones.

Su corazón había dado un vuelco con sólo verle, le cautivaron sus ojos avellana enmarcados en unas gafas de pasta gruesas y su pelo castaño claro. Él tampoco había apartado la mirada de ella en toda la cena y no pudiendo resistirlo, después de comer, había salido sola al jardín a pasear un poco.

El aire frío le fue bien, se sentó en el columpio y se balanceó un poco.

– Soy Mario -ella se lo quedó mirando, la había seguido- no sé si tu hermano te lo ha dicho.

Ella asintió y paró de columpiarse.

– Yo soy Ada -se levantó y le dio dos besos- supongo que sí que te habrá hablado de su fastidiosa hermana mayor.

El sólo roce de sus caras, hizo que se le erizaba toda la piel; Damián nunca le había causado esta sensación a pesar de los besos furtivos que le había robado en más de una ocasión.

Empezaron a pasear por el jardín, se podía ver el vaho saliendo de sus bocas. Llegaron al invernadero sin decir nada, ella entró y cogió las tijeras para arreglar un par de plantas que había visto mal adecuadas.

Una mano se posó en su cintura, pero, ella no se volvió.

– Eres un poco atrevido, Mario -dijo intentando parecer serena- no sé si Ignacio te ha dicho que estoy prometida.

– Me lo ha dicho -dijo moviendo la mano por sus caderas- pero, no me contó lo preciosa que eras. No he podido dejar de mirarte en toda la velada.

Ella se giró enfadada.

– Me he dado cuenta -le quitó la mano de su cintura- pero, no me acuesto con el primero que pasa y como te digo, estoy prometida.

Levantó su mano para enseñarle el anillo de diamantes que le había regalado Damián.

– ¿Y cuándo será el magno evento? -dijo él mirando con mala cara el anillo- espero tener tiempo de parar semejante estupidez.

– Aún no tenemos fecha, Damián está en al universidad y yo acabando el liceo. Pero, nuestro compromiso es firme.

Él engarzó su mano con la de ella y la acercó a pocos milímetros de su boca.

– Eso no se lo cree ni Dios.

Antes que pudiera decir nada más, él la besó profundamente. Sintió como su lengua se abría paso en su boca y las manos de él enmarcaron todo su cuerpo, ella palpó su torso tonificado a través del abrigo. Tenía ganas de sentirle más cerca, pero, la sensatez volvió a su cabeza.

Lo apartó y le pegó una bofetada.

– Como te he dicho, estoy prometida.

Ada volvió al momento presente. Tenía que trabajar y volver a limpiarle las heridas.

Se acercó a su cama, bajó la sábana de sus piernas y empezó a irrigarle la pierna.

Notó como una mano le tocaba el culo y se volvió para verle la cara a Mario.

– Hola guapo, bienvenido -le dijo con una sonrisa- ¿Te duele mucho?

Él intentó asentir, pero, sintió las vendas del cuello. Ella se sentó en el borde de la cama.

– Te han herido cerca de la carótida, pero, se curará bien.

Él bajo la mirada en dirección a la pierna.

– Han hecho todo lo posible para no amputarla -dijo Ada- te han sacado todos los restos de metralla que han encontrado. Debemos esperar a que no se infecte ni haya quedado nada dentro para descartar la amputación -ella se levantó de la cama, sin embargo, la paró con el brazo- tranquilo, ahora vuelvo. Voy a buscarte calmantes, están racionados, pero, creo que podré encontrarte algo para que te duela menos.

Él la dejó ir.

Cuando volvió, le dio la pastilla con un poco de agua. Él se recostó más en la almohada y ella le estuvo acariciando el cabello, se había vuelto a quedar dormido.

Dieron las seis de la mañana y apareció Pablo por la puerta.

Le pidió que antes del cambio de turno, mirara las heridas de Mario. Él las examinó y le dijo que no tenían mala pinta, pero, debían continuar con la irrigación.

Habló con Judith para que estuviera pendiente de él y para que si se despertaba, la avisase enseguida.

En su cama no podía dormir ¿Por qué le había tocado en su hospital? Hacía cinco años que no sabía nada de él.

Mario no era rico, pero, se le daban muy bien las finanzas, mejor que a su hermano. Por lo que, cuando acabó la carrera, entró a trabajar con el padre de Ada. Se convirtió en su mano derecha y cuando descubrieron que se habían estado viendo a escondidas, lo enviaron a la delegación de la empresa en París.

Ella había estado ahorrando y mirando de escaparse para ir con él, pero, entonces le dijeron que se había comprometido con Chloe, hija del socio francés de su padre y se hundió en la tristeza. Se veía irremediablemente casada con Damián.

Sin embargo, el destino obró a su favor.

Damián no estaba por la labor de casarse todavía y le dijo que se iba una larga temporada a Montecarlo. Allí, estaba dilapidando la fortuna familiar en juego y mujeres, así como, huir de ir al frente. Ella, de mientras, había encontrado la enfermería como medio para ayudar en la contienda.

Hace un mes, él le había escrito para que fuera a Montecarlo y se casasen allí. Suponía que ya se había gastado todo el dinero y necesitaba el de la família de Ava para saldar sus deudas y continuar jugando.

Ella le había devuelto la carta con el anillo sin decir nada más.

No pensaba casarse con él, ni irse en plena guerra, la necesitaban aquí.

Cerró los ojos y todo se sumió en una plácida oscuridad.

De pronto, las sirenas volvieron a sonar.

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