La barricada invisible I

27 de junio de 1937

<< Querida madre,

No he tenido ni un minuto para escribirle. Esta guerra se ha convertido en una matanza entre hermanos de la que no veo el final. Sólo hay heridos y muertos allá por dónde voy.

Respecto a su última carta, no pienso volver a casa y tampoco quiero casarme con Damián…>>

Quizás era muy dura con esas palabras.

El sonido de las sirenas.

Esto significaba que nuevos heridos inundarían el pequeño hospital dónde hacía de voluntaria y más tragedias sucederían frente sus ojos.

Oyó unas pisadas fuertes por el pasillo de madera.

De pronto, la puerta de su habitación se abrió y entró Susana corriendo.

– Ada, debes venir -dijo entre jadeos- ya están empezando a llegar.

Se atavió con la cofia, el delantal y los zapatos blancos. Al llegar al pabellón, empezó a oír los gritos de dolor que no la dejaban dormir por las noches.

Fue hacía Esperanza, la enfermera jefe, estaba junto al doctor Idelfonso que examinaba un chico joven con heridas de metralla en todo su cuerpo.

Esperanza se giró hacía ella y la miró con dureza.

– Señorita Martinez, haga el favor de ir ahora mismo al patio de entrada y vaya seleccionando a los que lleguen junto a la señorita Ruiz y González. En un par de minutos, irá el doctor Hernández para asistirlas.

Cogió una caja de tablillas que habían confeccionado para seleccionar la gravedad de los heridos y se dirigió a la puerta de entrada; el sol la cegó al cruzar el umbral.

Los gritos de dolor volvieron a inundaron sus oídos. Habían llegado dos camiones con al menos veinte heridos.

– Susana -la cogió del codo- tú con Judith al primer camión. Yo me ocupo del segundo.

Todos eran tan jóvenes, que marcarlos sin remedio, le revolvía el alma aunque fuera su deber.

Fue haciendo el triaje de los soldados a medida que los descargaban del camión, pero, debajo de dos cuerpos sin vida le pareció ver a alguien conocido.

Mario.

Le tocó la cara llena de suciedad y sangre, vio que tenía una herida en el cuello justo debajo de la carótida, por milímetros no se la habían seccionado. Miró de estabilizarle el cuello para que el trozo de metralla no se moviera y el doctor pudiera extraerlo.

Al bajar la vista, se percató de una herida profunda en la pierna con más trozos de bala. Aunque, había perdido mucha sangre, esperaba que no le tuvieran que amputar la pierna.

– ¿Le conoces? -preguntó el doctor Hernández, ella siempre le llamaba por su nombre de pila: Pablo-.

– Sí, es un viejo amigo – Pablo empezó a examinarlo, mientras ella iba cortando la tela del uniforme para dejarle más campo de visión.

– Está complicado, Ada -miró el cuello, pero, se fijó en la pierna- La herida del cuello podremos curarla con un poco de suerte, pero, la de la pierna, no sé si podremos hacerlo sin amputar.

Ella asió al doctor del brazo.

– Pablo, dime qué necesitas.

– Debemos llevarlo ahora mismo al quirófano, el problema es que está ocupado. De mientras, ves aseándolo e intenta desinfectar lo que puedas.

Ella dirigió la mirada a dos camilleros para que lo llevaran al pabellón de preoperatorio. Fue hacía Susana y Judith.

– Debo ir a preoperatorio -por primera vez, se iba a saltar las ordenes de Esperanza. No pensaba separarse de él- por favor, acabad vosotras.

Ellas asintieron y continuaron.

Llegó al lado de la cama de Mario y abrió las ventanas con el anhelo que entrara un poco de aire, el calor era asfixiante.

Estaba desmayado, así que acabó de rajarle toda la vestimenta y empezó a lavarlo. Seguía tan tonificado como siempre, aunque, más delgado.

Pensaba que estaría en Francia, no sabía cómo había acabado en el frente de Aragón.

Notó la mano de Mario en su pierna.

– ¿Ada eres tú? -dijo sin abrir los ojos- huelo tu perfume.

Ella le cogió la mano con las suyas.

– Sí, soy yo, descansa -le acarició el rostro- debemos operarte, todo irá bien.

– ¿Me perdonas?

En realidad, debía perdonarla a ella.

Antes que Ada pudiera responderle, volvió a caer desmayado.

 

 

 

 

 

 

 

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