Sin decir nada XI (El final)

– ¿Qué?-Adrián enfureció- ¿Cuándo? -Se acercó a ella y la zarandeó de los brazos-.

– Lo descubrí la última mañana que nos peleamos.

Empezó a llorar y confesó:

– Siempre hablamos que no querías hijos y éste había pasado por accidente -fijó su mirada en él- Lo siento, pero, desde el minuto cero supe que debía tenerlo -se limpió las lágrimas con la manga-.

Él se mantuvo en silencio.

-No parábamos de discutir y aunque, te quería con toda mi alma, no podía estar contigo en esos momentos. Sentía que todo estaba roto.

Se apoyó en la baranda y prosiguió:

– En esos instantes, apareció Rubén. Me vio llorando y me invitó a desayunar. Tú te habías ido muy enfadado al coloquio de agentes diciéndome que debíamos separarnos un tiempo -Adrián pateó una maceta- necesitaba hablar con alguien y él se ofreció a escucharme. Cuando le expliqué la sarta de tonterías por las que nos habíamos discutido, me dijo que hacía poco le habían detectado cáncer en los testículos y que estaba diseminado en otros órganos -puso la cara entre sus manos- no podía tener hijos y su vida no iba a durar más de un año y medio. Así que, cuando le conté que estaba embarazada, se le iluminó la cara.

Empezó a pasearse hasta que se paró junto al muro y se quedó mirando el océano. Él no podía apartar los ojos de ella.

– Me ofreció que me fuera con él, que nos casáramos y que Nino y yo heredáramos todo lo que tenía. A cambio, le haríamos compañía hasta el final -una lágrima volvió a caer por su rostro- Le dije que no quería dinero. Pero, insistió -se giró hacía Adrián- Era huérfano, no sabía lo que era una familia y aunque nunca me tocó ni hicimos el amor, fue un verdadero compañero -sollozó- murió en mis brazos, Nino tenía cuatro meses.

Adrián no decía nada, solamente la miraba.

– Ahora ya lo sabes todo.

Le cogió las manos, sin embargo, él se apartó y le dio la espalda. Parecía a punto de estallar.

– Pensaba que atarías cabos cuando te dijeran que había tenido a Nino sólo siete meses después de que lo dejáramos.

Sin embargo, fue Emma, la que de pronto, lo comprendió todo.

– No puede ser…pensaste que te había estado engañando con Rubén y que el niño era suyo.

Él empezó a dar vueltas por la terraza y golpeó otra vez la maceta con el pié. Luego, se sentó en uno de los bancos de madera y la miró con ojos llorosos.

– Sí -se pasó la mano por el cabello- cuando mi hermana me dijo que habías tenido un niño, creí que te habías estado acostando con los dos y que el padre era él. Por eso, le habías elegido y a mi me habías tirado al cubo de la basura.

Todo se había convertido en un gran nudo enmarañado que no sabía cómo terminaría, lo único que importaba era como debía decírselo a Nino. Había llegado el momento.

– ¿Sabes?- dijo él- ahora mismo, no puedo ni mirarte- se apartó de ella- tampoco me puedo creer que me dejaras estando embarazada de mí y que en todos estos años, no me hayas dado la oportunidad de conocer a mi hijo.

Emma se enfrentó a él.

– Fui a buscarte con Nino a París cuando murió Rubén -suspiró- llegué a tu dirección y te vi salir con tres mujeres preciosas. Estabas riendo y disfrutando con ellas. Pensé que eras feliz y no quería complicarlo más, así que me volví.

– Tu silencio nos ha matado, cariño -se la quedó mirando- no sé si puedo perdonarte.

Ella cojeó hasta la habitación y cogió el bolso, luego, subió al ascensor y se fue.

Montó en el primer taxi que pasó por la calle. En cuanto se sentó en el asiento trasero, el taxista la miró de arriba a abajo.

– ¿Señora, qué le han robado? -dijo extrañado- ¿Quiere que la lleve a denunciarlo a la policía?

– Me han robado el corazón y aunque me lo merezco, eso es algo, que no se puede denunciar -el taxista la miró como si estuviera loca- Por favor, llévame a la calle de las Flores 30.

Entró sin hacer ruido, eran las tres de la mañana y David dormía abrazado a Miriam en el sofá. Se alegró por ellos.

Fue al cuarto de Nino y le tocó el pelo.

Ahora que Adrián lo sabía, era imposible que no viniera a conocer a su hijo, sabía que entre ellos era imposible tener nada y volvió a llorar. Mañana sería un día duro.

– ¿Mami, estás llorando? -dijo Nino adormilado-.

– No. He tenido un poco de alergia, pero, estoy bien -le besó la frente- vuelve a dormirte.

El niño se giró en la cama y volvió a roncar suavemente.

Emma se dirigió a su dormitorio, se sentó en el escritorio y sacó una vieja caja de metal que guardaba en el último cajón.

Las fotos con Adrián le resbalaban de las manos entre lágrimas, se veían tan jóvenes en esas imágenes de cumpleaños, fiestas, escapadas y noches de diversión que no podía creer todo el tiempo que había pasado hasta ahora.

Volvió a guardar la caja y se tumbó para intentar dormir.

– ¿Emma? -David le tocó el hombro- ¿Qué haces aquí? ¿Y ese albornoz? ¿Dónde está Adrián?- ella se incorporó de la cama, tenía los ojos hinchados.

– ¿Qué hora es? -miró a David-.

– Son las nueve -dijo suavemente- Nino está desayunando con Miriam en la cocina -se sentó en el borde de la cama- ¿Me puedes explicar qué ha pasado?

En ese preciso instante, sonó el timbre de la puerta y oyó como Miriam la abría.

– ¿Dónde está el niño de la yaya? ¿Y tú quién eres?

No se había acordado que su madre recogía a Nino para su paseo con churros del domingo, como un huracán se presentó en el cuarto.

– Hija, coges una nueva canguro y ni me lo cuentas -miró a David- perdona, pensaba que estabas sola.

– Mamá, tengo mal el estomágo, he pasado muy mala noche y han venido a ayudarme para que pudiera ir a urgencias -se levantó de la cama, esperaba que la excusa fuera creíble- vete con Nino a vuestro paseo, así podré ducharme tranquila.

Su madre le puso la mano en la frente.

– Sí que estás un poco caliente…deberías haberme llamado y hubiéramos venido corriendo.

Empujó a su madre fuera del dormitorio y la llevó al recibidor.

– Ha sido una tontería, algo que me sentó mal. Ya estoy mejor- observó que Nino se había puesto el chándal y que llevaba su mochila con los juguetes para el parque- Mamá, te está esperando -le dio un beso a los dos- pasadlo bien, nos vemos luego.

En cuanto salieron por la puerta, respiró tranquila.

Se sentó con David y Miriam en la cocina y empezó a dar vueltas a la cuchara del café.

– ¿Me lo vas a explicar o debo ponerte bajo el grifo con agua fría para que confieses? -dijo David con tono de preocupación y broma-.

– Nino es hijo de Adrián, se lo dije ayer -se hubieran enterado de todos modos, era mejor decir la verdad de una vez-.

– ¿Estás segura? -ella le miró con los ojos abiertos- siempre me has dicho que era de tu marido.

– Mentí -puso la cabeza entre sus manos- ya estaba embarazada de dos meses cuando acabamos la relación.

Procedió a contarles la historia mientras ellos no decían nada.

– No sé cómo pudiste soltarle la bomba ayer- dijo desilusionado- tú no sabes cómo se esforzó en vuestra cita -la miró mientras se encendía un cigarrillo- dime una cosa ¿Se lo dijiste antes o después de la propuesta de matrimonio?

– ¿Qué propuesta? -ella se sorprendió mucho- No me pidió que me casara con él.

– Abre el camafeo, anda.

Ella se sacó el collar y lo abrió. Sólo vio la foto de los dos.

– Levanta la foto -dijo Miriam que no había dicho ni una palabra hasta entonces-.

Al levantar la fotografía, apareció una sortija con las iniciales talladas y un pequeño cristal incrustado en el centro. Emma lo soltó todo de golpe.

– No me dijo nada cuando lo abrí -los miró extrañada-.

– Creo -intervino David- que quería que lo encontraras tú.

Se incorporó de la silla y apartó violentamente el collar.

– Ya da igual -lloraba desconsoladamente- me dijo que no sabía si podría perdonarme, por eso, me fui sin ni siquiera vestirme.

David la abrazó y ella lloró más fuerte.

– ¿Qué vas a hacer? -le dijo él-.

– Primero de todo, sentarme con Nino y decirle la verdad, aunque, no sé ni por dónde empezar -se separó de David- supongo que es cuestión de tiempo que Adrián aparezca por la puerta queriendo ver al niño y debo explicárselo antes.

– Pienso que cuando se le pase el enfado, vendrá a verte a ti también -Emma puso los ojos en blanco- mira, sabes que yo estaba pillado por ti; vamos a decirlo así. Pero, él te quiere con todo su ser.

– Después de lo de ayer deja que lo dude bastante.

– Emma, no te precipites -le cogió la mano- verás como el tiempo me da la razón.

David y Miriam salieron por la puerta y ella se fue a duchar.

No tenía ganas de nada, así que, se puso una camiseta ancha con shorts y se recostó en el sofá a esperar que su madre y Nino volvieran.

De pronto, sonó el timbre de la puerta y creyendo que era su madre, fue a abrir sin hojear la mirilla antes.

Era Adrián. Llevaba puesto unos tejanos y una camiseta sin planchar, traía consigo una bolsa del hotel.

– Ayer te dejaste la ropa -ni la saludó y entró directamente al salón- ¿Ya se lo has dicho?

– No – él la miró con rabia contenida- esta mañana lo ha recogido mi madre y se lo ha llevado a pasear, no tardarán en volver -le cogió la bolsa y fue hacía la cocina para dejarla en el cesto de la colada- en cuanto esté a solas con él, se lo diré.

– Entonces, me quedo -ella soltó un alarido- es mejor que se lo digamos los dos juntos.

– No sé si es una buena idea.

– Emma, no me voy a ir -se sentó en el sillón a modo protesta-.

Ella se fue a la cocina ignorándolo.

Puso la lavadora y empezó a cortar verduras para hacer boloñesa; estaba tan distraída, que no notó que Adrián estaba a escasos centímetros detrás de ella.

– Tiene buena pinta -ella saltó del susto- igual es mejor que comamos juntos y luego se lo contamos.

– Me parece bien -convino ella-.

– Dime cómo es mi hijo, quiero hacerme una idea de lo que me he perdido este tiempo que no me has dejado ejercer de padre -primer golpe-.

– Nino como te dije, es muy inteligente -sonrió- me sorprende cada día su nivel de comprensión -ríe- muchas veces, me explica las cosas a mi como si yo no lo supiera.

Vio que Adrián estaba mirando una foto del niño jugando a fútbol

– Le encanta el deporte y es bueno en mates, pero, no se le da bien la lengua, siempre tengo que estar detrás de él para las redacciones del colegio y la ortografía.

Se limpió las manos y llevó a Adrián al salón otra vez. Le dió un álbum de fotos del estante y él lo abrió. Pasó varias páginas de fotos de bebé y se quedó mirando una donde Nino estaba en un Kayak sonriendo.

– Ésta es de este verano pasado -dijo señalándola Emma- los primos de mi padre nos invitaron unos días a su casa de la costa y cuando vio que tenían el kayak, no paró de insistir hasta que le dejaron montar -suspiró- se pasó todo el día de lado a lado de la playa y por la noche durmió como un lirón -sonrió- eso sí, a las ocho de la mañana del día siguiente, volvía a estar en pie para remar otra vez.

En ese momento, tocaron de nuevo el timbre.

Ella abrió. Esperaba el inevitable encuentro de Adrián con su madre, pero, ésta se despidió porque su padre la esperaba abajo en doble fila. Nino tenía la cara cubierta de chocolate. Se lo llevó al baño y mojó una toalla con agua.

– ¿Te lo has pasado bien con la abuela? -dijo limpiándole-.

– Sí mama, ha sido guay -sonrió- hoy hemos ido al parque ese grande al lado del lago y no he parado de bajar por el tobogán -su estomago rugió- tengo mucha hambre.

– Estoy haciendo macarrones.

– Genial, me encantan.

Adrián se acercó al baño y miró a Nino atentamente.

Emma sintió que el corazón se le iba a parar en cualquier momento, temió que le dijera que no era su hijo, pero, vio como observaba los ojos verdes y el pelo oscuro del niño, que aclaraban cualquier duda.

– Es el amigo de tío David -dijo tranquilamente- ¿Come con nosotros, mami?

– Sí, cariño comerá con nosotros -ella le acarició la cara y pensó que era mejor dejarlos un rato solos- Acuérdate que se llama Adrián ¿Por qué no le enseñas tu balón firmado y subís a la terraza a pegar unos chutes mientras mamá acaba la comida?

– Vale -Nino cogió a Adrián de la mano y se lo llevó a su habitación-.

Mientras cocinaba, les oía chutando el balón y riendo, así que pudo relajarse un poco.

Cuando tuvo todo listo, les llamo para comer. El niño no paró de parlotear de fútbol, así que, la velada transcurrió en una laxa calma.

Después del postre, Emma miró fijamente a Nino y dijo:

– Cariño, tenemos que decirte algo.

El niño se la quedó mirando.

– Verás -ella suspiró- ¿Te acuerdas que mamá siempre te ha dicho que papá se había ido al cielo cuando eras pequeño y que, por eso, no le habías podido conocer?

Nino asintió y Adrián tensó el rostro.

– Pues es que el que fue al cielo no era tu verdadero papá.

El niño la miró extrañada.

– Mami ¿Entonces quién es mi verdadero papi?

– Soy yo -dijo Adrián-.

Nino se quedó parado

– No he podido venir antes a conocerte porque he estado trabajando fuera -cogió la mano del niño- espero que puedas perdonarme algún día.

Adrián empezó a llorar y Nino lo abrazó.

– No llores papi. Mami y la abu me cuidan mucho ¿Volverás a irte?

Emma empezó a lagrimear, le había llamado papá sin casi conocerle.

Adrián se serenó, cogió la mano de Emma y miró los ojos del niño.

– No, ya nunca nos separaremos.

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