Sin decir nada VIII

– Estira otra vez.

Al extender la pierna, el dolor le partió.Pero, aún así, continuó con las indicaciones del fisioterapeuta.

– Muy bien Emma, sigue así.

A la salida, David la esperaba con el coche. Entró en el vehículo y dejó la muleta sobre los asientos traseros.

-¿Qué tal te ha ido hoy?- le dio dos besos y arrancó.

– Bien, con dolor como siempre.

Hacía ya tres meses que no sabía nada de Adrián. Le había enviado flores a la habitación del hospital con una nota de disculpa y diciéndole que si quería algo, ya sabía dónde encontrarle. Pero, que esta vez tenía que ser ella.

No le había dicho nada. Se había dedicado a recuperarse, a su familia y a ver cómo él se conectaba y desconectaba de las redes sociales. Estaba muy deprimida.

David la había visitado cada día en el hospital y la acompañaba a sus sesiones de fisioterapia dos veces por semana. Le dijo que había exagerado debido a la condición del momento. Cierto era que no tenían ningún tipo de compromiso y que aunque él la quería y se había hecho muchas ilusiones, ante todo, eran amigos y no quería perderle.

Según David, en cuanto ella salió por la puerta, Adrián fue detrás, pero, no pudo pararla y cogió su coche desapareciendo del mapa. Había mandado a un mensajero a por sus maletas y había podido ver en la nota del chico una dirección francesa.

Seguro que había vuelto a los brazos de Monique. Los celos la atravesaron como un chorro de agua fría.

– ¿Sigues pensando en Adrián, verdad?

– Sí.

– Pues llámale. Mueve ficha.

– No, la semana que viene vuelvo a trabajar y a mi vida habitual, continuaré sobreviviendo.

– No lo entiendo, sois como dos niños que juegan al escondite.

– A ver ¿Crees que si volviéramos podríamos tener un compromiso pleno? Es una quimera, no confiaríamos el uno en el otro y todo se acabaría desmoronando. Es mejor así.

– Sí, claro- dijo con ironía- es mejor vivir siempre con la melancolía y el no saber que siente el otro- la miró mientras llegaban a su calle- Es tu decisión, prometí no meterme y lo cumpliré. Hoy tengo una cita con Miriam.

– ¿Miriam la que trabaja contigo?- replicó sorprendida-.

– Esa misma- bajó un poco las gafas de sol para que le viera los ojos- Cómo tú no me paras bola y ella está interesada, no vi porqué no podía probarlo.

– Ya te dije que siempre seremos amigos y no creo que después de todo debamos intentar nada. No podría darte lo que mereces.

– Tranquila capitana, mensaje captado. ¿Vengo el jueves a la misma hora?

– Puedo ir en autobús, no te preocupes. Muchas gracias por todo estos meses.

Salieron del coche y fueron hasta el portal.

– Ya me cuentas mañana como te ha ido la cita. Parece una chica maja.

– Seguro que neurótica como todas, aunque tengo esperanza que no sea amante de los gatos.

Ella rió y se abrazaron. Sacó las llaves y miró el reloj, aún quedaban un par de horas para que Nino volviera del colegio, podría mirar trabajo pendiente y organizarse para su vuelta a la oficina

David arrancó el coche y oyó como se iba mientras ella abría la puerta.

– Así que es cierto que no piensas decirme nada nunca más.

No se giró. Sabía quién era.

-¿Qué haces aquí? Tendrías que estar con Monique.

– Te dije que todo había acabado con ella.

Acabó de abrir la puerta y se apoyó en el escalón mientras le miraba. Estaba mejor que en su sueño. No podía pensar.

-¿No me vas a invitar a un café? Hoy he tenido doce horas de avión antes de venir aquí.

Ella suspiró y le dejó entrar. Subieron en silencio por el ascensor.

Cuando llegaron a su piso, fue a la cocina y encendió la cafetera.

– Creía que no te gustaba el café. ¿Lo quieres con leche y azúcar?

– Los gustos cambian con el tiempo. Sí, por favor- miró alrededor- es muy bonito tu piso.

– Para Nino y para mí es suficiente.

Cuando hizo los cafés se sentaron en el sofá a cierta distancia uno del otro.

Ella temblaba pensando en el tacto de sus manos. Estaba muy guapo con el polo medio desabrochado y los vaqueros ajustados. En cambio, ella sentía vergüenza, llevaba el pelo recogido y jersey ancho con mallas. Su atuendo de terapia.

-¿Cómo te encuentras?- dijo rompiendo el hielo-.

– Mejor ¿Qué haces aquí?- le gustaba ir al grano-.

– Sabía que no vendrías a verme, por eso, he venido yo.

– Adrián, sabes que no podemos estar juntos.

– Nadie ha dicho que volvamos a empezar la casa por el tejado.

– ¿Qué quieres decir?

– He aceptado un puesto de trabajo estable en esta zona y he comprado un piso al final de esta calle- ella abrió mucho los ojos- Quiero estar cerca de ti seamos lo que seamos- fue a intentar decir algo, pero, él la interrumpió- no pienso pedirte nada, simplemente, quiero que volvamos a ir quedando y bueno, si pasa algo que pase. Aunque es un puesto estable, tengo que viajar, así que no estaré molestándote mucho.

Se la quedó mirando esperando su respuesta.

– No sé qué decirte…no quiero que nos prometamos nada. Acepto retomar el contacto, pero, podrías haber elegido otra calle.

– Tenía que residir por aquí y es buena zona. Como te he dicho, no pienso acosarte ni molestarte.

Se levantó y dejó la taza en el fregadero de la cocina, cuando volvió al salón se quedó de pie enfrente de ella.

– Me voy- se tocó el cuello con las manos- estoy muerto y quiero dormir. ¿Te parece bien si el sábado cenamos? Ya te consigo canguro conocido, no te preocupes- fue hacía la puerta antes que pudiera decirle nada- te recojo a las ocho.

Sólo cuando le oyó bajando la escalera, respiró. Tenía una cita, él vivía a veinte metros y no se lo creía.

Llegó el sábado, con la pierna mal no podía ponerse tacones por lo que eligió un sencillo vestido negro y unas manoletinas. Estaba acabando de maquillarse cuando sonó el timbre.

– Ya voy mami- dijo Nino desde el salón-.

– Tio David ¿Y éste quien es?

Fue cojeando al salón, estaban David, Miriam y Adrián.

– Soy Adrián, un amigo de tu madre – la miró- estás muy guapa.

– Tiene razón mami. ¿Tio David te quedas y jugamos a la play?

– Sí y pediremos pizza.

Ella se quedó mirando a David. Todo estaba planeado por lo que veía.

– Que no se atiborre ni se acueste tarde, por favor.

Él le puso las manos en la cintura y empezó a empujarla mientras le seguía Adrián.

– No te preocupes por nada. Pasadlo bien.

– Te llamo en dos horas a ver qué tal va.

– Emma, desconecta.

Le pasó el bolso y cerró la puerta del piso. Ella miró a Adrián.

– Vayámonos, anda. Lo tiene todo controlado.

No dijeron nada hasta que llegaron al coche y él empezó a conducir.

– ¿A dónde vamos?

– Vamos al restaurante de un amigo mío, está ambientado en los sesenta y tiene orquesta en directo. La cantante es increíble, ya lo verás.

– ¿Increíble de qué la conoces y habéis tenido algo?- dijo ella insegura-.

– No, por como canta. Versiona muy bien a Aretha. No me he acostado con todo el mundo que conozco ¿eh?

Ella no contestó, miró por la ventanilla y dejó que su mente volara. Se dijo a si misma, que esta noche dejaría todo claro. Estaba harta de esconderse.

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