Sin decir nada VI

– Siempre te comenté, que con lo distraída que eres, terminarías aquí.

No le dolía nada, se resistía a abrir los ojos…esa voz.

– Te dije que te llevaba yo y ni caso- empezó a abrir los ojos y se vio rodeada de arena, sentía la humedad del agua- Tantos años esperando volver a verte, para perderte así después de esta noche maravillosa.

Notaba que flotaba, acabó de abrir los párpados y se vio en medio de una playa desierta. Ahí estaba Adrián, sentado a sus pies.

Se incorporó, llevaba un vestido blanco que ondeaba al viento, se tocó la cabeza y su pelo había crecido, estaba perfectamente liso y llevaba una rosa encima de su oreja.

– No entiendo nada, estaba en la carretera y ahora…- tembló- ¿Estoy muerta?

– ¿Yo lo estaba antes que te fueras?

– Entonces, estoy en un sueño.

– Puede ser ¿Por qué no lo disfrutamos? – le tendió la mano para levantarla de la arena-.

Ella negó con la cabeza.

– Tengo que salir de aquí, Nino me está esperando.

– ¿ Y cómo piensas hacerlo?

Volvió a tumbarse en la arena.

– Pensaré en dolor, en volver; a menos…

– A menos- inquirió él- que estés en medio de dos mundos ¿No crees?

Volvió a levantarse, tenía razón. Él le rodeo con los brazos por detrás.

El sol daba sus últimos rayos por encima las olas, la luz iba disminuyendo en ese cielo de fuego, se oían las gaviotas y otros pájaros mientras bajaban buscando alimento en el profundo océano turquesa.

– Nunca he estado aquí, no sé cómo lo ha podido idear mi mente. Me faltaría Nino y no sé porqué te ha puesto a ti, estaba decidida a no volver a verte.

– Siempre tan dramática, creo que notas que estás en un sitio de paso y que en el fondo querías estar conmigo, por eso, estoy aquí- la giró hacía él y la besó- como de momento, no podemos salir de aquí ¿Qué te parece si pasamos estos momentos que siempre deseamos y nunca tuvimos?

– No lo tuvimos porque siempre acabábamos discutiendo. Somos como el agua y el aceite, nunca te conformabas con lo que tenías ni te dejabas llevar disfrutando. Me ponías de los nervios.

– Con el tiempo y echándote de menos, entendí lo equivocado que estaba- la levantó en brazos- vamos a nadar.

– Estás lo..- el agua fría interrumpió sus palabras. En ese preciso instante, no sintió nada, sólo el silencio y la felicidad la inundó. De pronto, sintió las manos de él en su cuerpo y sus labios, besándole el cuello y la boca. Salieron a la superficie riendo- Esto me recuerda a ese verano que nos pilló un submarinista.

Él miró a ambos lados.

– Aquí no hay nadie más que nosotros.

Ella sonrió y se fundieron uno en el otro. Tenía miedo, miedo de volver a sentir, miedo a decepcionarse, miedo a que desapareciera como lo hizo ella cuando no pudo más. Se estaba volviendo a enamorar o quizás, no lo había dejado de estar a pesar del tiempo transcurrido.

Se sentaron encima de las rocas. Recogió el vestido del agua, lo estrujó quitándole la humedad y lo estiró sobre las rocas. Estaba desnuda y él también. El sol aún doraba su piel sin llegar a quemarla. Si hubiera habido momentos así, quizás habrían sopesado más que los malos.

– Adrián- él se giró- ¿Por qué no tuvimos momentos así?

– Porque siempre teníamos algo que decir que destruía el momento- se sentó junto a ella y le pasó el brazo por encima los hombros- ¿Qué sientes ahora?

– Siento que aunque sea un sueño, tengo miedo- lo miró a los ojos- miedo a que aunque llevo años enamorada de ti y no te he podido olvidar ni un segundo, volvamos a cometer cada error; miedo que me dejes como lo hice yo; por venganza conseguida, miedo que esto no signifique nada.

– Yo también tengo miedo. Pero, si frenamos ahora, no descubriremos lo que de verdad nos quiere decir la vida con este reencuentro.

Oyeron tambores y un violín, de donde provenía la música, se vislumbraba una pequeña estructura de madera.

Se puso el vestido que estaba casi seco, su pelo se había ondulado con el agua del mar y volvía a su estado habitual. Fueron hacía la música y apareció un pequeño chiringuito. La gente reía mientras comía, otros bailaban cerca de la banda. Los sentaron en una mesa al lado del agua, pidieron el vino y la comida. No podían dejar de mirarse.

– Me vas a gastar, preciosa- ella rió-.

– Qué exagerado eres – miró todo a su alrededor- este sueño es perfecto, es nuestra luna de miel ¿sabes?

– ¿La habías ideado así?- dijo él con ironía-.

– Sí – él hizo cara de decepcionado- sabía que no te casarías conmigo, me lo dejaste muy claro. Pero, mil veces pensé en planear un viaje así para los dos. Ser libres unos días, sin obligaciones y disfrutar de la vida siendo nosotros mismos.

– Eso que nunca me casaría…para mí eramos los dos y con eso bastaba. Tenías todo mi compromiso, no fui con ninguna mientras estuve contigo.

– Lo sé.

Él le cogió la mano y miraron el horizonte hasta que le trajeron los platos. Mientras comían, hablaron del pasado; de las anécdotas de días buenos y de otras cosas triviales.

Cuando acabaron de cenar y se levantaron, la llevó a la pista de baile. Mientras bailaban al son de la música pegados uno con el otro, ella empezó a llorar en su hombro.

– ¿Qué te pasa Emma?- él le beso la mejilla-.

– Hace años lo hubiera dado todo por estar así los dos. No sé porqué lo complicamos tanto.

– Mentiras, orgullo, prejuicio y no nos preguntamos directamente los problemas.

– Tienes razón, cada día me he sentido culpable desde que lo dejamos.

Él tiró de su mano y la llevó por un camino empedrado que acababa en un faro. Empezaba a refrescar y la acercó a él, pasearon sin decir nada hasta llegar al final del camino. El faro estaba funcionando y repartía su luz sobre el mar.

– Tú eras todo lo que yo tenía- ella le miró, ahora lloraba él- eras lo único bueno que me había pasado y te fuiste, ni miraste atrás, ni querías que yo existiera, todo lo que sentía era dolor. Me fui lejos para olvidarte y como puedes ver, no lo he conseguido.

– Yo no me fui, pero, no he podido olvidarte- le limpió las lágrimas con la mano- Lo siento. Sé que debería haber hecho las cosas diferente, pero, entonces no podía más con nuestras discusiones, ni con los malos entendidos.

– Podrías haberme dado una oportunidad, en vez de huir con otro.

Ella se deshizo de sus brazos, había dicho la realidad de todo. Se acercó al borde del acantilado y miró las olas.

– Huir, huí de ti, algún día quiero que también admitas tus errores y yo debo ver la realidad, que nuestra relación no funcionó y ahora tampoco funcionaría. Si esto es un sueño, prefiero despertar antes que se convierta en pesadilla.

Se lanzó al vacío.

Dolor, dolor en todo el cuerpo.

– Emma ¿Me oye?.

Un comentario sobre “Sin decir nada VI

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  1. ¡Maravilloso relato! Las pulsaciones de la realidad en el inconsciente que no manejamos, nos permiten dejar fluir preciosos y únicos momentos de felicidad que hubiéramos deseado. Un cálido saludo.

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