Sin decir nada V

– Te has olvidado el…- Adrián paró de hablar y le pasó el móvil a Emma- no sabía que teníamos visita.

– Fuera de mi casa los dos- David se encendió un cigarro nervioso y se giró hacía Adrián- creía que eras como mi hermano, tú sabías que es la única mujer por la que he sentido algo desde Esther y no puedes ni respetar eso.

Adrián abrió la boca, pero, Emma lo paró.

– No. La culpa es mía. Sabía que no me podía enamorar de ti y aún así insistí. Me voy a disculpar porque estamos en tu casa, pero, también sabes que tú y yo no tenemos nada más allá de los coqueteos en estos últimos meses -le miró a los ojos- un día, entenderás que el amor es de dos y tampoco puedes forzarme a quererte.

Le dio igual que la estuvieran mirando, se quitó la toalla y empezó a vestirse.

– Me voy y no quiero veros a ninguno- se puso la camiseta- en bastante lío me he metido cuando tengo a Nino, quien me importa de verdad, esperándome- se puso los pantalones y los zapatos, se giró hacía David- lo único que me arrepiento es que haya pasado aquí, del resto tú y yo no éramos nada más que amigos y lo sabes.

Adrián intentó pararla cuando pasó a su lado.

– No. Te quiero con mi vida, pero, no puedo permitirme estos dramas y tampoco pienso estar en medio de vosotros dos.

Cogió el bolso y salió dando un portazo.

Mientras conducía, sólo pensaba en lo idiota que había sido. Tendría que haber tenido la mente clara y en vez de eso, se dejó llevar por todo lo que había reprimido y no dicho ni sentido durante tantos años. Era verle y volver atrás en el tiempo.

Aún olía el desinfectante de las aulas en su primer año de universidad, sentía la emoción del inicio de su edad adulta y recordaba acomodarse en clase rodeada de gente a la que no conocía.

– Disculpa ¿Esperas a alguien? ¿Me puedo sentar?

Levantó la cabeza y le vio.

La inundaron sus grandes ojos verdes enmarcados en unas gafas de pasta y su amplía sonrisa que le hizo olvidar donde estaba.

– No, no espero a nadie – quitó el bolso y la chaqueta de la silla- sí, claro.

– Gracias, es que está todo lleno.

Llegó el profesor y empezó a hablar de teoría económica. Ella apuntaba como una loca. Él movía el bolígrafo y la observaba, anotando de vez en cuando, alguna frase suelta.

Notaba su mirada y se enrojecía sin querer, tiró su larga melena castaña adelante para que hiciera de muro infranqueable, pero, aún así, continuaba sintiendo sus ojos y pasó toda la clase entre la incomodidad y el estremecimiento. Sólo podía pensar en la suavidad de las manos de ese extraño y las ganas incoherentes que tenía de sentirlas entre las suyas.

– Adrián- dijo una bonita rubia dirigiéndose hacía él cuando terminó la lección- ¿Vamos a la cafetería, vienes?

Querría haberle preguntado algo a él a modo de excusa para entablar una conversación, sin embargo, calló.

Adrián asintió sonriendo a la chica y los dos se fueron de clase.

Ella acabó de recoger sus cosas avergonzada y sola en el aula.

Emma salió de la ensoñación. Tenía que pisar el mundo real. Ahora, ya no podía pasar nada serio entre los dos. Debía volver a olvidar a Adrián. Esa puerta estaba cerrada y hundida bajo todo lo que había sucedido entre ellos.

Llegaría a casa de sus padres, vería a Nino…

De pronto, unas luces la cegaron, oyó la bocina de un camión y sintió un golpe seco, palpó el frío metal y padeció dolor.

Todo se diluyó en una profunda oscuridad.

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