Sin decir nada III

Dentro de la carpa, la luz descendía como una cascada de colores a través de los diferentes fanalillos, las rosas rojas dispuestas en los centros contrastaban con el tono blanco de los manteles y las telas beige colgadas desde el techo.

– Voy a ver cómo está mi hermana- le dio un beso en la mejilla- estaba como loca porque el tono de las telas no era el que había pedido. Le he comprado unas similares- miró alrededor- espero que le gusten.

– Si no le gustan, está loca -le acarició con la mano su cara- te ha quedado precioso. Parece un sueño.

Él le devolvió la caricia.

– Viniendo de ti ya es mucho -se acercó para susurrarle a la oreja- te esperaré, cueste lo que cueste.

Se giró y se fue.

No podía respirar, se estaba asfixiando.

Salió a fuera.

Mientras miraba el atardecer pensaba que desde la muerte de su marido no había vuelto a sentir nada. Salvo, cuando veía a Adrián.

Se encendió un cigarro mientras vislumbraba cómo salir de todo esto.

– Vaya, si has vuelto a fumar- su corazón se aceleró como si la hubieran pillado haciendo algo malo- bueno, supongo que nunca lo dejaste.

Se apoyó en la barandilla al lado de ella.

– Ni que fumara constantemente cuando estábamos juntos ni que condicionara nada- le dio una calada- odiabas el olor y yo lo dejé- se giró hacía él; a lo lejos observó como la francesa no paraba de mirarle y sintió celos- ahora no estamos juntos y hago lo que me da la gana. Veo que se están muriendo por estar contigo, así que vete con tu novia y déjame en paz.

– No es mi novia. Desde que estuve contigo no he podido tener nada serio con nadie- la miró profundamente a los ojos- aunque creo que sería hora de superarlo, ahora mismo viéndote con ese cigarro no entiendo qué vi en ti.

– Lo mismo me pregunto yo- apagó y tiró la colilla a un cenicero- sigues siendo el mismo estúpido de siempre.

Fue corriendo hacía la playa y se quitó los tacones hundiendo los pies en la arena.

Debía encontrar una excusa para irse, diría que el niño se había puesto malo. Las lágrimas de tanto recuerdo y dolor enmarcaban su rostro.

– Emma- se dio la vuelta y ahí estaba, la había seguido-.

– ¿Ahora qué quieres? Si no hubieras sido tan tiquismiquis y sí un poco abierto de miras, nunca te hubiera dejado- él abrió la boca para decir algo, pero, ella continuó- pero no, sólo escuchabas tu opinión, yo no te importaba.¿Aún te preguntas por qué me fui?

No dijo nada, se acercó a ella. También estaba llorando.

– Nunca quise que acabáramos así -acarició su cabello y sonrió- te lo has alisado.

Ella no podía ni pensar.

– Ahora siempre lo llevo así. Hay nuevos tratamientos para no estar constantemente alis…- no pudo terminar la frase, la estaba besando. Su mente voló con el suave bálsamo de los labios mojados por las lágrimas.

Despertó un minuto después y lo apartó.

– No, no podemos. Además ¿Qué haces besándome? Debo saber a tabaco y lo odias.

Él la abrazó.

– Después de este momento y tú piensas en eso- le cogió las manos- Sólo te pido una última noche juntos. Te he echado más de menos de lo que te puedes imaginar. Ya me ocupo de Monique- le tapó los labios con sus dedos- iré a tu habitación cuando acabe esta tontería de boda. Te necesito.

Se alejó antes de que ella pudiera decir nada.

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